Miércoles, 14.11.2018 - 17:21 h
Godivaciones
Profesora de Economía de la Universidad CEU-San Pablo

La lamentable falta de propósito de la política y la desconexión ciudadana

Una de mis lecturas más interesantes de esta semana ha sido la del artículo de Alberto González Pascual en El País “El lenguaje de las emociones en la Cuarta Revolución Industrial”. En especial, su reflexión acerca del propósito y su creciente relevancia en el proceso de transformación que la empresa del siglo XXI está padeciendo, ha sido reveladora. Porque las transformaciones en entornos dinámicos no se disfrutan, se padecen. Es cierto que cuando el gusano ya no existe y lo que se ve es la mariposa el sufrimiento se olvida. Pero crecer duele.

Para el autor, el propósito “designa un mensaje emocional, inspirador, trascendente y comprometido en valores con el que una empresa dota de sentido no solamente la aportación material que hace al mundo, sino el hecho mismo de su existir”. Ni más ni menos. Qué cosas. La empresa en busca de propósito como el hombre de Frankl en busca de sentido, resolviendo que más allá de las palabras, el sentido de la vida consiste en las acciones, en la conducta recta de cada cual. El propósito del que nos habla González Pascual es más una imagen inspiradora que un verdadero significado. Y debe, por tanto, servir de motivación a los de dentro y de imagen de referencia a los de fuera. Serán las acciones de la empresa las que realmente revaliden ese propósito, no los slogans o el marketing. Sólo de esa manera se logrará que el funcione bidireccionalmente, es decir, que satisfaga al cliente interno y al externo.

La belleza del artículo, más allá del interés que suscita en recién llegados como yo, que procedo de la filosofía de la economía y de la teoría, reside en la conexión final con la política. En este sentido, el autor se lamenta de la persistente desconexión entre políticos y ciudadanía y de la incredulidad con que éstos reciben los mensajes de aquellos. Pero, además, apuesta por la “transferencia de expectativas hacia el papel renovador que las tecnologías y empresas por nacer supondrán para la transformación del mundo”. Ojalá.

Mientras tanto, creo que los políticos patrios deberían reflexionar acerca de la importancia de su “propósito” esencial. Ese que transmita un mensaje emocional, inspirador, trascendente y comprometido con los valores que dote de sentido la aportación y la existencia misma de los políticos y de los partidos. Un propósito que satisfaga al electorado (el cliente externo) y los cuadros medios y las bases de sus respectivas formaciones (el cliente interno).

Aunque, tal vez, la perspectiva sea otra y el cliente interno de un político no se circunscriba exclusivamente a su partido sino al engranaje general, a los demás políticos. Ese enfoque encaja perfectamente con el sentido del estupendo artículo de Aurora Nacarino-Bravo en Letras Libres, “Un despacho vacío”, en el que reflexiona acerca de la nueva dinámica política y la relevancia de la oposición, tanto en la etapa pretérita del bipartidismo, como ahora, cuando las cuatro formaciones principales juegan al parchís. En ambos tableros los partidos menores son determinantes. Pero, mientras que entonces los acuerdos y “cambios de cromos” se realizaban antes de las elecciones, ahora se realizan a posteriori.

Si tiene razón Pablo Casado, líder del PP, y los empresarios tienen mucho que aportar a la política, tal vez empezar por una reflexión sobre estos temas no estaría de más. Un ejercicio que debe partir de la pregunta “¿Por qué estoy aquí?”, de acuerdo con los expertos. Y que continúa con sucesivos cuestionamientos acerca de las causas de las acciones del empresario (o del político), conducente a descubrir el verdadero propósito de la organización, su autenticidad (si los hechos revalidan los valores) y su eficiencia (si satisface al electorado y a la maquinaria política). Así expresado, se percibe de modo mucho más grosero el contrasentido de aunar ambos “clientes”, interno y externo, en el ámbito político. Trasladar las lecciones del mundo de la empresa al Parlamento es harto complicado por una razón básica desvelada hace mucho tiempo por la Escuela del Public Choice: los políticos tienen intereses particulares que, a menudo, están en conflicto con el interés público. Por el contrario, el interés de los departamentos de la empresa, los proveedores, de los que forman el equipo liderado por el empresario, es la satisfacción del cliente, del soberano consumidor. Se trata de alinear la motivación interna para un mejor funcionamiento del sistema entero. Una mejor atención a este cliente interno reduce costes y mejora la competitividad de la empresa, especialmente en un momento como el presente, en el que la transformación digital es, cada vez más, una realidad palpable. En este entorno, cabe hablar de un propósito que amalgame esfuerzos, canalice expectativas y confiera sentido al valor aportado por la empresa a la sociedad y a la misma existencia de esa empresa.

El paso al ruedo político es dramático. Cada vez menos personas albergan la esperanza de que el mecanismo de partidos funcione para algo más que ganar las siguientes elecciones, rascar algún escaño, proyectar la imagen adecuada, mostrar los símbolos pertinentes, y aparecer como los verdaderos representantes del pueblo español, o de las mujeres, o de los patriotas, o de los socialistas de toda la vida, o de los liberales pata negra, o del futuro venturoso… Pero sin tratar tampoco de representar realmente a nadie. Con aparentarlo basta y sobra para ganar los próximos comicios. Mientras llegan las elecciones andaluzas, europeas o las que toquen, les observo pisarse el callo respectivo, unos a otros, comerse una y contar veinte (como en el auténtico parchís), tensar y aflojar en función de las encuestas de opinión, y entretenerse mientras ahogan al sufrido autónomo español, nuestro Mariano de Forges.

Y es por todo esto que, efectivamente, mis expectativas respecto a lo que vendrá están, cada vez más, depositadas en el papel renovador de la empresa privada, no asociada al político de turno, capaz de liderar la ruta de escape del ciudadano hacia un futuro más libre.

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