Domingo, 18.11.2018 - 16:16 h
Godivaciones
Profesora de Economía de la Universidad CEU-San Pablo

Serena es un fraude

La magnífica tenista Serena Williams está en el ojo del huracán mediático a cuenta de la final del Gran Slam estadounidense en el que fue derrotada por Naomi Osaka. En esa ocasión, Serena fue amonestada y castigada por abuso verbal hacia el árbitro y por romper una raqueta.

En medio del partido, al ser penalizada por el árbitro con un punto debido a que su entrenador estaba tratando de darle indicaciones desde la grada, ella se dirigió al árbitro afirmando que tiene una hija y prefiere perder a mentir. El entrenador ha reconocido que el árbitro tenía razón, aunque no le consta si ella le había visto o no. Tal vez Serena no mentía, pero el árbitro cumplió con su deber. A quien debería haber increpado era al entrenador.

Pero ante el castigo, ella le insultó llamándole ladrón y acusándole de machista. Hasta tres penalizaciones le fueron impuestas. La entrega de trofeos se convirtió en un bochornoso espectáculo en el que el público abucheó cuando Osaka recibía su premio, un comportamiento que no puedo imaginar en otro lugar del mundo. Incluso si Serena hubiera tenido razón, el público debería haber mostrado respeto por el tenis, por la competición que se clausuraba, por la ganadora, una tenista nueva, dieciséis años menor que la norteamericana, hija de japonesa y haitiano, que acababa de cumplir un sueño. Pero ahí no acaba la locura. Mientras que durante la clausura Williams se mantuvo llorando a lágrima viva, incapaz de controlar su enfado, indignación y disgusto, acaparando toda la atención, al hablar a la audiencia expresó su deseo de no destrozar el día de la pobre Osaka. Una afirmación que llegaba muy tarde porque ya lo había arruinado por completo. La condescendencia de la diva casi me pareció más obscena que las malas formas durante el partido.

Así que tenemos a Serena Williams, una fantástica tenista, de abanderada de los derechos de las mujeres y de heroína que denuncia el doble rasero de los jueces hacia las mujeres tenistas. Martina Navratilova, probablemente la mejor tenista que conozco, no está de acuerdo con las formas y parte de las reclamaciones de Serena, pero afirma que hay doble rasero. Y si lo dice Martina, yo no lo voy a negar, desde luego.

Ahora bien, hace nueve años la misma Serena Williams tenía otra trifulca con los jueces que también le costó el juego y el partido. Fue en el Open de Estados Unidos de 2009 cuando se batió contra la belga Clijsters, quien regresaba a la alta competición después de haber tenido una hija el año anterior. ¡Qué coincidencia que este año Serena estuviera en esa misma situación!

La tormenta estalló cuando el juez de línea le marcó falta en el saque y Serena se le acercó blandiendo la raqueta y gritando: “¡Te juro por Dios que voy a agarrar esta j----- pelota y te la voy a meter por tu j----- garganta! ¿me oyes? ¡te lo juro por Dios!”. Es esta ocasión se trataba de una mujer juez de línea. El árbitro del encuentro, la sueca Louise Engzell, que ya la había amonestado por romper una raqueta en el set anterior le dio a la belga el punto que decidió el partido entero. Cuando se le preguntó si se iba a disculpar, Serena respondió que, de ninguna manera, que estos exabruptos suceden en todos los deportes, que no había sido nada y que, en realidad, ella era aún peor. No le quito la razón en este punto.

Por cierto, en 2017 Engzell fue insultada por el italiano Fabio Fognini, quien fue penalizado por ello y por otras dos infracciones del código de conducta más con una multa de 24.000 dólares, la expulsión de la competición y una denuncia al Comité Internacional por llamar puta a la juez. Ese insulto le valió que, días después, la ATP le prohibiera jugar dos Gran Slam y le pusiera una multa de casi 100.000 dólares por una ofensa mayor de comportamiento agravado. Por supuesto que él se disculpó y se reducirá la multa y la prohibición si muestra buen comportamiento hasta 2019.

Me avergüenza que una mujer haga uso de la condición de mujer para excusar un mal comportamiento que es recurrente en ella. Me avergüenza que una mujer violenta y faltona sea la abanderada de las reclamaciones de las tenistas que denuncian doble rasero. Porque la que ha mostrado una multiplicidad de raseros con el único objetivo de encontrar un culpable propicio de su mala conducta es ella, Serena Williams, una estupenda tenista y una malísima deportista.

Me parece bien que las mujeres y los hombres tenistas pongan encima de la mesa el doble rasero y que haya reglas justas e iguales para todos. Pero este caso concreto no es por muchas razones el ejemplo del comportamiento de una mujer en el tenis. Martina Navratilova lo es. Por la misma razón que Fognini no es el ejemplo que un tenista debe seguir. La diferencia con Williams es que el italiano se ha disculpado.

Llamar puta a una juez es una ofensa mayor, pero llamar ladrón y machista no lo es. Si el machismo es la fuente de tantos males, llamar a alguien machista debería ser un insulto muy grave. Probablemente no tanto como llamar puta a una mujer, dado que no hay equivalente masculino, pero, sin duda, muy grave. Sin embargo, estamos en una sociedad en la que lo normal es llamar facha, nazi o machista a cualquiera. Donde por evitar la discriminación nos pasamos de frenada. Y, sobre todo, donde el público jalea al que infringe la norma y se erige como víctima, incluso si la sanción es excesiva, en lugar de celebrar deportivamente con la ganadora su victoria. Y eso es lo que Estados Unidos está sembrando en la juventud. Es fácil imaginar cuál va a ser la cosecha.

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