Miércoles, 17.07.2019 - 05:34 h

La universidad que necesitamos

La transición energética que tenemos que hacer para cumplir con los Acuerdos de París y luchar contra el cambio climático, de manera que lo antes posible los países puedan descarbonizar completamente su economía, es una gran oportunidad de desarrollo económico y, por ende, de creación de empleo.

La agencia europea Eurofound ha presentado un informe en el que calcula que, con la sustitución de combustibles fósiles por energías renovables, se habrán creado en Europa 2,4 millones de empleos en 2030, siendo la economía de España una de las más beneficiadas, con la creación de unos 214.000 empleos. Destaca este informe la importancia que en esta creación de empleo va a tener tanto la energía solar fotovoltaica como la rehabilitación energética de edificios.

Una parte importante de esta creación de empleo va a corresponder a titulados universitarios en estudios de Ingeniería, Arquitectura y Tecnologías de la Información y Comunicación. Sin embargo, no parece que estemos preparándonos para tan gran desafío. Nos va a faltar personal cualificado y la universidad no debería ser ajena a este problema.

Veamos las cifras: en España se van a necesitar anualmente unos 150.000 trabajadores en estos sectores, mientras que el número de alumnos matriculados en estos estudios es sólo del 7% respecto del total de estudiantes en las universidades españolas, lo que corresponde aproximadamente a 100.000 estudiantes.

Estudios recientes del Ministerio de Educación ya alertaban de un desajuste preocupante entre la oferta y las necesidades del mercado laboral, con una caída acumulada en los diez últimos años de estudiantes matriculados en carreras de Ingeniería, Ciencias y Arquitectura del 25% y un descenso del 40%, desde el 2003, de alumnos en las TIC. Mientras que el número de científicos e ingenieros en España está por debajo de la media europea, en el mismo tiempo, las empresas tecnológicas han crecido un 30%. A este panorama hay que unir que muchos, alrededor del 15%, de los estudiantes que terminan estudios tecnológicos se marchan a trabajar al extranjero.

Desde mi punto de vista, son varias las razones que llevan a los alumnos a no querer cursar estos estudios:

- Una adaptación caótica de los planes de estudio al sistema europeo de Bolonia, con una proliferación de títulos con denominaciones diferentes, que hacen que al alumno le cueste entender exactamente lo que está estudiando y, muchas de ellas, sin competencias profesionales posteriores, lo que les obliga a tener que realizar estudios posteriores de Máster para poder ejercer profesionalmente.

- Unos planes de estudio en buena parte obsoletos, diseñados para otra realidad tecnológica diferente, en los que los estudiantes tienen poco contacto con las tecnologías emergentes y en los que la clase magistral sigue siendo el método de enseñanza más utilizado.

- Los estudios de Ingeniería son duros y exigentes y los alumnos encuentran serias dificultades para superar muchas de las materias, en especial las relacionadas con matemáticas y física. En una sociedad en la que la cultura del esfuerzo no se valora suficientemente, los estudiantes de Ingeniería no creen que el esfuerzo que tienen que realizar merezca la pena ni esté acorde con los bajos salarios y la calidad de trabajo que van a encontrar al finalizar sus estudios.

- Por último y no menos importante, la desconexión de las universidades de los problemas sociales y medioambientales actuales, que hace que los alumnos, preocupados por superar materias, no perciben la importancia que va a tener su ejercicio profesional en la solución de los graves problemas a los que se enfrenta la humanidad y su responsabilidad frente a los mismos.

En los albores de lo que ya se conoce como una nueva revolución tecnológica, necesitamos revertir este proceso y conseguir que nuestros jóvenes se interesen más por estas materias.

Urge, por tanto, un importante cambio en algunos planes de estudio y titulaciones de la universidad española si queremos afrontar con garantías los retos de la transición energética. La universidad debe seguir siendo la punta de lanza del desarrollo científico y tecnológico y debe ser la que, con su ejemplo, marque el camino al resto de la sociedad.

Una buena manera de comenzar sería potenciar en los estudios de Arquitectura e Ingeniería asignaturas que incluyan la construcción sostenible, la integración de las energías renovables en todas sus edificaciones, la realización de planes de ahorro energético o la potenciación del reciclaje de residuos. Es decir, se deberían modificar los planes de estudio de las ingenierías, para que los alumnos se formen de manera adecuada en las tecnologías que van a marcar el desarrollo económico en las próximas décadas y en las que podrán encontrar un futuro profesional.

También sería importante que las universidades, como centros de innovación, establecieran planes de movilidad sostenible para estudiantes y profesores, con convenios con los ayuntamientos de las ciudades, de manera que estos puedan acudir a la universidad mayoritariamente en transporte público, que se diseñaran campus universitarios en los que la sostenibilidad sea algo más que una forma de mejorar la imagen corporativa y, por supuesto, difundir estas experiencias y sus resultados al resto de la sociedad.

Tenemos que cambiar la forma de enseñar. La lección magistral no puede seguir siendo el método principal de enseñanza. Los alumnos deberían pasar muchas menos horas sentados de forma pasiva escuchando a los profesores y dedicar muchas más al trabajo personal, al análisis crítico y al desarrollo práctico, lo que exige también un profundo cambio de mentalidad en el profesorado y en la organización docente de las universidades. El profesor ya no es la única fuente de información y, a veces, tampoco las más fiable. Debemos pasar del profesor transmisor de conocimientos al profesor que estructura, orienta y corrige al alumno en el desarrollo de sus capacidades personales.

Debemos buscar más y mejores relaciones con el mundo empresarial para que los alumnos puedan, desde el comienzo de sus estudios, compaginar los estudios teóricos con los prácticos, como la mejor manera de incorporarse en condiciones óptimas al mercado laboral.

Necesitamos, en resumen, una universidad proactiva e implicada con los nuevos retos tecnológicos para formar a generaciones de alumnos que van a tener que enfrentarse a cómo solucionar el cambio climático. En la universidad debemos estar convencidos de la importancia del reto al que nos enfrentamos y poner la lucha contra el cambio climático como un eje fundamental de las políticas universitarias. Si cada vez tenemos menos estudiantes, si no los formamos adecuadamente en las tecnologías con más futuro y si, además, tenemos un mercado laboral que, lejos de valorar su formación, no les ofrece salarios dignos, difícilmente vamos a poder realizar con garantías y a tiempo esta inmensa tarea.

Temas relacionados

Ahora en Portada 

Comentarios