Martes, 07.04.2020 - 20:00 h
En la frontera

Villarejo: un volcán de lodo sobre el Ibex

El presidente de Iberdrola desde hace 14 años, Ignacio Sánchez Galán, ha encargado un “forensic” en la empresa para saber qué hay de cierto en las informaciones que apuntan a que un expolicía -además de abogado, empresario, editor y preso preventivo- apellidado Villarejo fue contratado por alguien de la eléctrica para espiar a Florentino Pérez cuando el presidente de ACS quiso entrar a las bravas en el capital de la compañía. Un “forensic” es el término más actual y “chic” del castizo “qué coño ha pasado aquí”.

Técnicamente, el “forensic” es una investigación interna para esclarecer determinados asuntos a petición de la propia empresa o de un tercero que puede ser un accionista o un miembro del consejo. Puede ser también una buena herramienta para ajustar cuentas internas y es un capote indispensable si lo que se pretende es escurrir el bulto y no asumir responsabilidades.

La investigación interna de Galán en Iberdrola es una medida obligada para sostener ante la opinión pública que no encargó el espionaje al rival que le movió la silla. El “forensic” lo respaldará. Como ha manifestado públicamente y ante el juez otro empresario clave en el escándalo Villarejo, el expresidente del BBVA Francisco González, los comportamientos irregulares en torno a los contratos del expolicía con el banco, si los hubo, fueron individuales y ajenos a la dirección de la entidad. Faltaría más.

Juego de espías

El ruido en torno al policía Villarejo y los trabajos que afirma haber realizado para grandes empresas y bancos como Repsol, Indra, Caixabank, Iberdrola, Santander, Telefónica, la Mutua Madrileña o Planeta es lógico dada la altura de los objetivos. La polémica no tiene mucho de sorprendente. Simplemente, revela cómo funciona parte de la tramoya empresarial. Como siempre ha funcionado. El de Villarejo es un escándalo más de los que se han registrado en la España de la democracia por los juegos de espías en torno al dinero y el poder.

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El excomisario Villarejo trabajó para Iberdrola en la guerra por el control de la compañía que preside Ignacio Sánchez Galán. / EP

Los intentos de obtener información empresarial sensible de los rivales o de investigar quién filtra información a los medios de comunicación en una organización son algo extendido en todo el mundo. Hewlett-Packard, Lufthansa, Deutsche Telekom, Sap, Boeing... la lista de escándalos de espionaje entre empresas es interminable. Lo que diferencia a España del resto es la tosquedad con la que se toma el camino más corto. El comisario Villarejo manejó con osadía las miserias y batallas empresariales del momento. Osados fueron los que lo contrataron y osados los que contrataron a los que lo contrataron. Nada nuevo. Antes lo hicieron otros.

En la batalla por el control y posterior intervención de Banesto (1993), con un Mario Conde recién llegado al club de los grandes, los detectives la agencia estadounidense Kroll Associated se endosaron unas minutas millonarias intentando obtener información sensible para el Gobierno. También hubo escándalo. Y en él tuvo su pequeño papel un exespía, Juan Alberto Perote, convocado como testigo por el propio Conde para intentar demostrar que los informes de Kroll –informe Crillon- se pagaron con fondos reservados. Perote, que como Villarejo grabó a todo el que se le puso a tiro, trabajó para el espionaje español hasta 1992. Ese año dio el salto a la empresa privada como asesor de seguridad en la petrolera Repsol que entonces dirigía Oscar Fanjul. El mundo de la gran empresa y del pequeño espionaje.

Seguimientos, coches y derrapes

En el sector de la energía, los intentos de obtener información o incluso de amedrentar al rival fueron y son moneda corriente. En 2007, con guerra de OPAS de por medio, Endesa denunció seguimientos a su entonces presidente Manuel Pizarro. Denunció también intentos de sustracción de ordenadores en departamentos sensibles –contabilidad, gabinete de presidencia- de la compañía. Como en las películas, hubo persecuciones en coche y derrapes. Y la sensación de que el juego sucio también cotizaba en Bolsa.

Los protagonistas de las batallas económicas más duras saben cómo se las gastan los jugadores de lo sucio. Fotografías, grabaciones, recados en los medios de comunicación... todo ha valido y todo vale. Por eso uno de los empresarios implicados en las batallas bancarias más notables se buscó como centro de operaciones un discreto apartamento pegado a una de las grandes embajadas europeas en Madrid. Ninguna precaución es poca. En Italia, a los volcanes que expulsan lodo en lugar de lava se les llama salsas. El escándalo Villarejo es una salsa que se derrama sobre el Ibex.

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