Sábado, 18.11.2017 - 20:44 h

Opinión: Nunca es buena idea meterse en la cama con un dictador

Los regímenes de Mubarak y Ben Alí derrocados por la Primavera Árabe gozaron del apoyo de Europa y EEUU durante décadas, un respaldo que ahora debería pesar a quienes lo protagonizaron. Pero parece que Occidente no ha aprendido la lección y ahora está cometiendo el mismo error con Uzbekistán, un brutal régimen famoso por hervir vivas a dos personas.

Tal y como está demostrando la Primavera Árabe, nunca es una buena idea acostarse con dictadores.

Los regímenes de los depuestos hombres fuertes de Egipto, Mubarak, y de Túnez, Ben Ali, gozaron del patrocinio de EEUU y Europa. Ahora ese legado persigue a Occidente.

Asimismo, el largo apoyo a Bashar al Assad en Siria pesa en Moscú. Uno pensaría que se han aprendido lecciones. Pero no sean optimistas.

El brutal Gobierno de Uzbekistán, liderado por Islam Karimov, goza del respaldo de Rusia y de Occidente.

El fuerte apoyo ruso es fruto del deseo de Moscú de mantener a Uzbekistán en su órbita, como un supuesto baluarte de estabilidad en el sur: como Karimov mantiene a raya a los grupos independentistas musulmanes, Uzbekistán parece ofrecer a Rusia un tapón contra el extremismo islámico.

Para Occidente, el interés es aún más obvio. Los países de la OTAN, incluyendo EEUU y Alemania, utilizan bases en Uzbekistán para la guerra en Afganistán. A cambio, se callan cuando el régimen de Karimov aplica la tortura contumaz. Los prisioneros políticos sueñan con tener un juicio justo y el Gobierno ha abolido los colegios de abogados independientes.

Pero no se espera que se produzca presión alguna por parte de los países de la OTAN por estos abusos.

En 2005, en la ciudad oriental de Andijan, el Gobierno masacró a cientos de manifestantes mayoritariamente pacíficos que denunciaban la profunda pobreza en el país y el sistema político autoritario.

El brutal uso de la fuerza por parte del Gobierno Karimov y su rechazo a permitir una investigación independiente provocó sanciones por parte de la UE. Las sanciones se levantaron en 2009.

Asimismo, el pasado septiembre EEUU levantó restricciones del Congreso en asistencia, incluyendo ayuda militar. Alemania, que gastó unos 26 millones de euros en 2010 en alquilar la base de Termez en el sur de Uzbekistán, ha declinado criticar los abusos del régimen.

Karimov ha vendido inteligentemente el falaz argumento de que la OTAN o bien puede pedir bases y acceso a través de las fronteras o acción en los derechos humanos. En consecuencia, los gobiernos occidentales han aplaudido las reformas de Uzbekistán y sus huecos 'comisionados en derechos humanos' como 'progreso'.

Pero un nuevo informe de Human Rights Watch documenta que la represión es tan mala como en 2005.

Basándonos en más de 100 entrevistas con víctimas, familias, abogados y testigos en Uzbekistán entre 2009 y 2011, nuestra conclusión está clara: el gobierno uzbeko continúa su represión implacable a los activistas políticos, defensores de los derechos humanos, grupos musulmanes, periodistas  y profesionales independientes del derecho.

En cárceles y centros policiales a lo largo del país, los detenidos son torturados con electroshock, estrangulación, abusos sexuales y palizas severas. Nuestros informes revelan al menos un caso en el que las autoridades han vertido agua hirviendo sobre un detenido, y hay informes constantes y creíbles sobre muertes sospechosas bajo custodia.

Esto apenas se cuenta porque, tal y como ha dicho una de nuestras fuentes: 'No queda nadie para contarlo'. El gobierno uzbeko ha expulsado a la mayoría de as organizaciones no gubernamentales. Ha actuado contra los abogados independientes. Y ahora Occidente también está dando la espalda.

¿Qué deberían estar haciendo Bruselas, Berlín, Washington y demás?

Deberían dejar de pretender que hay progresos cuando, en realidad, no hay cambios en los horrores que están teniendo lugar a manos de un Gobierno con el que hacen negocios regularmente.

Deberían aplicar medidas punitivas selectivas (como congelar activos y prohibir viajes) contra altos cargos de seguridad, autoridades carcelarias y otros que han sido identificados como responsables de torturas y detenciones arbitrarias.

Deberían llevar a Uzbekistán ante el Consejo de los Derechos Humanos de la ONU y nombrar un enviado especial para monitorear el cumplimiento de los derechos humanos en el país.

Sobre todo, europeos, estadounidenses y rusos deberían dejar de intercambiar los servicios de un aliado estratégico en Asia Central por silencio estratégico sobre uno de los regímenes más brutales. Deberían posicionarse inmediatamente del lado correcto de los derechos humanos y del Derecho Internacional.

Los que los líderes internacionales hagan ahora, o no hagan, les perseguirá mañana. Esa ha sido la lección de 2011.

Jan Egeland es el director para Europa de Human Rights Watch, y Steve Swerdlow es su investigador especialista en Uzbekistán.

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