Lunes, 10.12.2018 - 07:35 h

Prohibido vender bombillas halógenas desde el 1 de septiembre ¿por qué?

Llega su final, lo que supone pasar a una iluminación más barata, con una vida útil mayor y un considerable ahorro energético.

BOMBILLA LED
Una bombilla LED / Europa Press

Las bombillas halógenas no se podrán fabricar ni vender a partir del 1 de septiembre de 2018, cuando entre en vigor una normativa europea que tiene como objetivo favorecer el uso de tecnologías LED más eficientes y sostenibles. En 2012 fueron ya las bombillas incandescentes las que vieron el fin a su venta, mientras que en 2016 le tocó el turno a los focos halógenos. Sólo quedarán exentas de la prohibición para la venta aquellas bombillas halógenas que no tengan una tecnología que les permita ser sustituidas.

Concretamente, la normativa afecta a las bombillas halógenas clásicas que generalmente están hechas de cristal, emiten luz omnidireccional, tienen casquillo E27 ó E14, así como algunas bombillas no direccionales con casquillos G4 y GY6.35.

El investigador del CSIC en el Instituto de Microelectrónica de Barcelona, Xavier Perpiña, considera que los principales beneficios de este cambio están en el consumo y en el tiempo de vida.

Así, ha explicado a Europa Press que aunque el funcionamiento no es muy distinto a las incandescentes, el tipo de material que utilizan las LED es diferente, ya que tienen un gas halógeno en su interior, principalmente yodo o bromo, que permite que el desgaste del filamento sea mucho menor.

También ha destacado el tiempo de vida, mayor que en el de las incandescentes, pero recuerda que todas ellas, independientemente de su tipo, generan residuos y, que, precisamente es por todo ello que la Unión Europea las prohíbe, por su consumo más elevado y los altos residuos que genera.

Entre las ventajas, se ha referido también a que contribuirá a un menor consumo energético, a aumentar el uso más eficiente de la energía y a reducir la generación de residuos.

Por el contrario, ha recordado que estas nuevas lámparas tienen un coste más elevado y que su proceso de reciclaje también conlleva un gasto que no se recupera en su totalidad. Si bien, no cree que el contenido que tiene de bromo o yodo sea lo suficientemente significativo como para contaminar en caso de una gestión inadecuada aunque no descarta que pudiera tener un impacto sobre el ozono.

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