Viernes, 10.04.2020 - 01:20 h
El 'sprint' mundial por la cura

China 'amenaza' con dar un vuelco a la geopolítica con la carrera por la vacuna

Las potencias centran sus esfuerzos en la sanidad y la investigación. Es en este campo donde China puede suponer todo un contrapoder a Estados Unidos.

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La competición entre EEUU y China salta al campo de la geopolítica por el virus. / EFE

El coronavirus, el Covid-19, está suponiendo un cambio estructural en las relaciones internacionales. Encontrar una solución, una vacuna capaz de suponer un brillo de esperanza, en un panorama tan sombrío como el que actualmente vivimos, está en la cúspide de las prioridades estratégicas de los principales actores mundiales. Desde que su propagación explotó por todos los continentes, las potencias, grandes o medianas, han centrado sus esfuerzos en la sanidad, como medida de choque, y la investigación, como solución a medio plazo para erradicar de una vez su contagio. Es en este campo donde China puede dar un vuelco a la geopolítica mundial.

Su intención puede suponer todo un contrapoder a Estados Unidos a través del desarrollo de una vacuna contra el coronavirus. Pekín no ha tardado un minuto en avanzar el estado de sus investigaciones para lograr una cura que el planeta entero espera, situándose en muy buena posición en el 'sprint' mundial por la cura. Su Ministerio de Defensa, que jugó un papel crucial en la lucha contra el coronavirus desplegando a decenas de miles de médicos militares, se dispone a ensayar con humanos los resultados de la investigación llevada a cabo por la Academia Militar de Ciencias china.

‘Soft power’ directo al corazón de Europa

El país asiático trataría así de utilizar una aproximación radicalmente diferente a la tradicional en el campo geopolítico. Por un lado, se reivindica como el salvador de la Humanidad en un momento en el que sin duda se espera que las naciones estén a la altura de las circunstancias. Pero, además, Pekín extendería su ‘soft power’ directo al corazón de Europa. Un bloque geopolítico que abrazaría cualquier ayuda que venga de fuera, y más si es en forma de respiradores, mascarillas, guantes o cualquier otro producto que alivie la situación.

No digamos si el ofrecimiento es una vacuna contra la mayor amenaza que ha vivido este continente desde el fin de la Guerra Fría. China le ha dado, aun sin quererlo, un vuelco radical a los últimos 50 años de historia de las relaciones internacionales. Si en el pasado era el Norte rico el que enviaba al pobre Sur ayuda humanitaria, ahora es el Este el que acude en socorro de un Occidente que comienza a estar sobrepasado por los acontecimientos y falto de unidad de acción.

Estados Unidos se ha dado cuenta de este movimiento. Hoy, la carrera geopolítica no se libra en la lejana estratosfera de la carrera espacial. Se encuentra localizada en los laboratorios de Seatle, en el Monte Sinaí o en la Clínica Mayo. Todos estos centros de investigación médica ya cuentan con grandes avances en el desarrollo de una vacuna eficaz. Sin embargo, la estrategia estadounidense difiere mucho de la seguida por Pekín. De nuevo está enmarcada en la vertiente comercial del resultado.

Hace apenas tres días, investigadores alemanes acusaban a Washington de ofrecer “grandes sumas” de dinero a Curevac, empresa alemana de biotecnología, para el desarrollo de una vacuna que, según fuentes de la empresa, solo sería “directamente aplicable en Estados Unidos” (un ejemplo claro de la intención americana de considerar la lucha contra el Covid-19 como un pilar en su planteamiento geoestratégico).

El posicionamiento estadounidense trataría de conseguir un doble efecto. En primer lugar, interior, para calmar así las críticas hacia Donald Trump por su pasividad inicial. En segundo lugar, exterior, al poner a disposición de la poderosa e ingente industria farmacéutica americana su desarrollo, fabricación y comercialización.

Washington no puede perder esta batalla. Si el acercamiento de Europa a China puede ser una realidad en el futuro, el auténtico poder asiático se verá en otros continentes como África, donde la crisis del coronavirus está pasando desapercibida y donde sus efectos pueden ser devastadores, en una región en la que las condiciones sanitarias y las higiénicas pueden suponer el acelerante perfecto para desatar una tormenta de imprevisibles consecuencias tanto migratorias como humanitarias.

En la carrera geopolítica por la vacuna existe otra derivada que no puede pasar desapercibida. Las organizaciones supranacionales, como la UE, o las estrictamente internacionales, como la ONU, están dejando patente su ineficacia. Puede darse la circunstancia de que el primero de los países en encontrarla dé, directa o indirectamente, un golpe mortal a la OMS.

Según sus estándares, será necesario como mínimo más de un año para poder homologar una vacuna contra un virus que, a día de hoy, ha ocasionado la muerte de 8.000 personas. En un estado de guerra, aunque sea fáctico, los trámites, burocracias y sobre todo tiempo que conlleva la homologación de una vacuna en su paso previo a la aplicación práctica, van a ser ampliamente superados en el momento que el primero de los países consiga llegar a la meta.

La lucha por la obtención de la vacuna que nos inmunice ante la catástrofe no es un asunto puntual. Puede ser un hecho que transforme estructuralmente las relaciones internacionales. Ante la ausencia de Bruselas y el ensimismamiento de Washington,

Un país tan alejado geográfica y culturalmente como China puede salvar miles de vidas en Europa. Estados Unidos puede caer en un error de apreciación si considera que la obtención de la vacuna mágica se quedará en una victoria coyuntural china. De hacerlo será un éxito estructural, llamado a ser un punto de inflexión en la geopolítica, o al menos en la manera de apreciarla desde Europa.

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