Sábado, 21.09.2019 - 11:54 h
Eurodiputada

La hipérbole letal de Trump: ¿existe relación causa-efecto entre discurso de odio y delitos de odio?

A nivel general, tenemos la certeza de que sí existe esa relación. Pero solemos pensar que los “odiadores” son desconocidos individuos malvados, que inspiran y convencen a otros igual de malos (o psicológicamente inestables) para cometer actos criminales. En la última década, todos hemos asumido que debíamos confrontar la ideología yihadista y su narrativa violenta, porque, de arriba a abajo, generaban adeptos a los que inspiraban para cometer actos terroristas.

Pero, tras la doble masacre en Texas y Ohio este fin de semana, resulta imposible no plantearnos seriamente qué está ocurriendo con esa violencia creciente que va de abajo a arriba, ejecutada por individuos que se inspiran unos a otros a través de manifiestos y ataques ejecutados con éxito contra la población, con el único común denominador de una difusa “ideología extremista blanca”. Sólo en lo que va de año, se han producido unos 250 ataques múltiples en EEUU con armas de fuego, con casi un millar de víctimas, cerca de 250 de ellas mortales. Los delitos de odio, tras años de caída sostenida, no han dejado de crecer desde 2015, cuando Donald Trump comenzó su campaña.

Determinar a la luz de los hechos cuál es el nivel de responsabilidad individual del presidente de EEUU es muy complicado. Lo que sí podemos apreciar que la exacerbación, propagación y elevación del odio a un modelo para liderar el mundo es literalmente letal. Pero, como ha explicado con argumentos fácticos rotundos Eduardo Suárez, periodista y jefe de comunicación del Reuters Institute: “es imposible demostrar que las palabras incendiarias de Trump son la causa directa de los disparos del asesino de El Paso. Pero los motivos que el asesino expone en su manifiesto no son muy diferentes de los argumentos de la campaña del presidente o de los contenidos que programa cada noche su canal favorito: Fox News. En las últimas semanas, Trump se ha mofado de cuatro congresistas demócratas y ha permanecido en silencio mientras sus seguidores le pedían a gritos que enviara a su país de origen a una de ellas, de origen somalí. Durante un mitin en Florida, se preguntó qué podía hacer con los inmigrantes que llegaban a la frontera. "¡Dispararles!", gritó uno de sus seguidores. El presidente le rió la gracia. Este sábado en El Paso esa amenaza se cumplió”.

Trump no ha creado el problema de EEUU con el terrorismo de varones blancos racistas, pero sí lo ha exacerbado. Y eso es un hecho, apuntalado trágicamente por los datos. Crusius no es el primer autor de una masacre similar que resulta ser admirador y entusiasta seguidor de Trump. Instalado en la hipérbole extremista que reivindica como recurso comunicativo, el camino de baldosas amarillas de Trump está en Twitter: manchado de odio, ataques, acusaciones y mentiras, y lleno de referencias a una supuesta invasión de inmigrantes, esa caravana argumento central de todos sus mítines que pretende movilizar a los “verdaderos americanos”. Clint Watts, experto en contraterrorismo y autor de “Messing With The Enemy”, ha insistido en que lo que tiene que hacer el presidente Trump es dejar de incitar a la división basada en la raza y la religión, y llamar de una vez a las cosas por su nombre: “tenemos un problema de terrorismo nacionalista blanco en este país”.

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. A mayor poder de quien se instala y difunde el discurso del odio, mayor responsabilidad. ¿Cómo podemos fijarla? Estableciendo criterios fácticos que se apliquen de forma ineludible a las acciones individualizadas.

Hace ahora tres años, en misión oficial a Ruanda con el Parlamento Europeo, visité el Museo del Genocidio. Se me quedó grabada a fuego la precisión y sencillez con la que explican cómo se construyó el odio. El proceso, los mensajes, los canales, los actores involucrados, los cómplices por acción y omisión… Un plan colosal ideado y ejecutado por multitud de participantes. Partidos políticos, dirigentes, medios de comunicación. La propaganda, las listas negras. Los apelativos infamantes (cucarachas) para desnaturalizar, para deshumanizar. Una sociedad dividida y el odio tomando forma. Hasta la llegada de la “solución final”. Una responsabilidad compartida, pero susceptible de ser identificada y exigida. Todo ello,

junto a los restos de 250.000 víctimas enterradas allí mismo. Nada que no conociéramos desde la época del nazismo. Pues bien: tengo muy presente esta referencia, porque probablemente es la más poderosa que tenemos para comprender cómo se construye el discurso del odio hasta que se precipita lo inimaginable.

No se trata de exageraciones apocalípticas, sino de realizar el análisis debido. Y de establecer con rigor la fijación de responsabilidad directa de políticos, medios y organizaciones (y, por supuesto, también de individuos) que potencian, impulsan, diseminan y apoyan con sus mensajes acciones extremas que son origen de conductas criminales.

Beatriz Becerra ha sido vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos en el Parlamento Europeo y eurodiputada del Grupo de la Alianza de Liberales y Demócratas por Europa (ALDE) en la legislatura 2014-2019. Es autora de Eres liberal y no lo sabes (Deusto).

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