Lunes, 22.10.2018 - 08:22 h
Telediaria

La emocionante actuación de Pablo López en 'Late Motiv' (que da una lección televisiva)

Pablo López en Buenafuente
Pablo López en el patio de Buenafuente. 

Es un error habitual. En los últimos años, se ha interiorizado que la realización de un programa de televisión funciona mejor si va cargada de multi-impactos visuales en el ojo del espectador: pantallas partidas en varias imágenes en formato mosaico, tutiplén de rótulos y, por supuesto, que ningún plano se alargue demasiado en el tiempo. No vaya a ser que el espectador se aburra.

Pero, al final, y como siempre, en televisión lo importante es saber narrar una historia con emoción. Sólo hay que dibujar una propuesta atractiva que transmita, que emocione, pensada con un principio, un desarrollo y un fin. Así ha sucedido con el paso de Pablo López en Late Motiv de Movistar Plus. Al piano, ha interpretado su tema El Patio y el realizador del programa ha puesto al espectador a caminar alrededor del cantante. Casi como si el propio espectador estuviera allí.

Sin cortes durante toda la canción, sólo con una cámara en movimiento. El espectador ha podido sentir la actuación de López en primera persona. No necesitaba mucho más. El cantante ya conmueve con la expresividad que pone a la hora de plasmar El Patio en directo, pero el equipo de Late Motiv ha logrado el aliciente de sumergir al público en ese escenario de un plató muy lejos de sus casas. El late night no ha grabado la actuación desde fuera, como si las cámaras estuvieran en el anfiteatro de una sala de conciertos. Al contrario, ha trasladado al televidente con la cámara prácticamente a dos palmos de la concentración del cantante, inmerso con pasión palpitante en su composición.

Para lograr esa sensación inmersiva, que deja pegado al espectador de principio a fin, hay una planificación previa: esto no se puede improvisar. Desde la acogedora iluminación hasta, por supuesto, el recorrido de la cámara. Que sabe de donde arranca, cuando tiene que alejarse y el lugar exacto en el que debe acabar. En definitiva, los camarógrafos están realizando un movimiento con un sentido guionizado. Lo hacen con una stedaycam, cámara que debe ser manejada por dos operadores y que alcanza una gran estabilidad. Casi parece que la cámara flota.

El trayecto de la cámara está corografiado al compás del tema. Empieza enfocando un sutil columpio que se balancea en una esquina del plató, se acerca hasta primerísimos (y apasionantes) planos -de su rostro, de las teclas del piano- y hasta se aleja frenéticamente como, un niño jugando en ese patio del colegio, al grito "de fuera, vete de mi casa, suéltame las manos".  Y todo sin perder el enfoque con una cámara que es fácil que se desenfoque con tanto vaivén.

Al fondo Buenafuente, en la oscuridad, porque en televisión también es importante que el presentador se mantenga en su barco observando (y disfrutando) de cada instante del show. Y que el espectador sienta que está ahí. Que sigue con su público viendo su propio show.

Así es la mejor televisión, la que se adapta con creatividad a la historia que quiere contar, la que sabe contar con la versatilidad imaginativa para organizar la parafernalia que necesita o no en cada propuesta. Así es la mejor televisión, la que hace al público sentir que está vibrantemente  bailando en su propio escenario. 

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