Martes, 19.02.2019 - 20:56 h
Telediaria

La lección del público con la elección de 'La Venda' para representar a España en 'Eurovisión 2019'

Nueve de la noche. El decorado de Operación Triunfo 2018 está encendido por última vez, justo antes de ser desmontado y guardado en algún almacén. En los fosos y en la grada espera el público a que a las diez y pico del prime time dominical empiece la gala en la que se decidirá el nombre del representante del próximo Eurovisión.

Aunque, en esta edición, en el plató se respira menos emoción que en otras ocasiones. Existe más indiferencia en el ambiente y menos apasionados eurofans en la platea. También en la propia planificación del espectáculo, pues empieza la gala y arranca como si fuera un emisión de una gala de OT2018 cualquiera, como si fuera un trámite. Sin nada especial, sin un buen chimpún de bienvenida eurovisiva. Para qué.

Falta un arranque con un apoteosis inicial que levante al espectador ajeno al fenómeno de OT y deje pegada su curiosidad frente al televisor. Falta en el comienzo y ha faltado en cada actuación. Es curioso: Eurovisión conquista audiencias millonarias por el poder de la historia musical y televisiva que narra cada actuación y en su franquicia española nadie parece querer reproducir esa esencia del éxito del eurofestival. ¿Por qué?

Porque, para empezar, ninguna de las propuestas de la noche contó con una historia escénica real. Eran números musicales de promoción convencional y mucho lugar común. Ni siquiera en la balada de Sabela, Hoy Soñaré, se fomentó ningún clímax de la actuación con una coreografía de los cañones luz. Con lo fácil que hubiera sido. Y así toda la noche. La escenografía no potenciaba las canciones, solo rellenaba las canciones.

Al final, ha ganado La Venda, de Miki, y perdió la aparentemente favorita Muérdeme, de María. Sorpresa. O tal vez no tanto. El público en el estudio ovacionó con intensidad La Venda. No tanto Muérdeme.

Mientras María salía del paso de su canción dentro de un indescriptible decorado-parking medio roto que le habían montado, Miki se llevó de calle a los asistentes en el estudio y del voto en casa. Quizá porque esa canción sí que representa un país. Es la lección que ha dado la audiencia: ha elegido lo que nos retrata por encima de lo que imita.

De hecho, La Venda, de lo malo era lo mejor. Un tema que nos va a diferenciar por completo del resto de países competidores en Eurovisión. Es un hit muy nuestro. Es verbena, es charanga, es fiesta sin delirios de grandeza. Miki va a Europa con un sello distintivo contundente y nosotros nos quedamos con un himno de celebración pegadizo.

Y Eurovisión pasa por este tipo de riesgos. Mejor reflejar un rasgo de tu cultura, que querer ser lo que no eres o no quieres ser. Minipunto ganado.  Además, Miki, con su mirada constructiva y feminista,  disfrutará todo lo que supone Eurovisión. Ahora sólo falta que TVE, como nos ha enseñado durante toda su historia -de Chicho Ibáñez Serrador a Valerio Lazarov, de Fernando García de la Vega a Lolo Rico, entre tantos y tantos realizadores y realizadoras, creadores y creadoras- nos cautive con una propuesta creativa que deje pegado al espectador más allá de la canción. Que otorgue vida propia a La Venda con un concepto que emocione, que potencie su letra y al propio Miki, que en Eurovisión no solo debe cantar y necesita contar. Eso es Eurovisión

Y eso en televisión, de toda la vida, se logra con un buen diseño escenográfico, una medida realización visual y una contundente dirección para unir todos los actores que participan en la historia (los que se ven, como el cantante que es intérprete, como los que no se ven). Cuando toda esta intención creativa y coordinación de equipos falla, la música en el prime time de la televisión no funciona. Por eso no han traspasado muchas de las últimas finales españolas de Eurovisión. No construían el espectáculo para llamar la atención del espectador que no sigue activamente las tripas de Eurovisión. No representaban, pues, el principal sostén de Eurovisión.

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