Miércoles, 17.10.2018 - 14:29 h
Telediaria

Los límites del humor: la comedia triunfó porque nunca pidió permiso

Hay cómicos tristes, hay humoristas sin gracia. Hay chistes inteligentes, hay chistes desafortunados. Pero jamás, sea como sea, el humor nació para tener que pedir permiso.

Al contrario, el humor es esa bofetada que nos hace reírnos de nosotros mismos para poder digerir mejor la cruda realidad.

El humor nos permite avanzar ante la adversidad. La comedia nos salva. Es una medicina infalible, con un único efecto secundario: nos ayuda a prosperar. Por eso, el humor es enemigo de los mediocres. Por eso, la dictadura Franquista mandó fusilar, por ejemplo, a Carlos Gómez Carrera, ilustrador cómico conocido como Bluff y que osó dibujar al caudillo travestido en plena Guerra Civil.

Ya creemos ser libres. Y el humor debería ser más libre que nunca. Pero la intensidad instantánea que se vive en las redes sociales ha abierto un nuevo escenario y una nueva censura. El humor fuera de su contexto puede implosionar hasta herir la fibra. Más aún en las redes sociales. 

Esta semana, el cómico Rober Bodegas ha pedido disculpas en un comunicado -que ha promocionado aún más la polémica- tras recibir amenazas de muerte a través de las redes sociales por un extracto de un viejo monólogo del canal temático de comedia Comedy Central, que se ha viralizado por Facebook y Twitter. 

Sus chistes eran políticamente incorrectos, pero estaban en un contexto de comedia. Fuera de ese contexto, indignan, dañan la imagen de una minoría y levantan suceptibilidades en un tiempo en el que, por suerte, estamos más comprometidos con la diversidad.

Y ese compromiso con la diversidad también lo hemos logrado gracias al humor, que se ríe sin censura de lo propio y lo ajeno. Porque, al final, los límites del humor existen, pero se construyen en la complicidad que se genera entre el cómico y su espectador. Nada más. Ese debería ser el único límite, la libertad de la complicidad del humorista con su público.

El problema es cuando se extrae del contexto natural un chiste o gag. Entonces, o se aprende a relativizar la crítica del ofendido de profesión, que grita en unas redes sociales donde es más visible el ruido que la profundidad, o se mermará la capacidad de los autores para crear, pagando justos por pecadores. De hecho, hoy parece difícil que se podrían realizar tramas de la sitcom de más éxito de las últimas décadas, Friends, sin indignar. Cuando sólo eran eso: tramas, a veces tramas despiadadas, que se fijaban en su sociedad sin miedo a su sociedad.

El humor, y la ficción en general, no tiene por función adoctrinar ni dar moralejas. Tiene un objetivo mucho mejor: contar historias que en ocasiones nos representan, otras nos descolocan, otras nos enfadan otras nos sonrojan. Historias que nos hacen pensar. Pero da la sensación de que ya se nos olvida la inteligencia del espectador y todo se mira desde un prisma de tutela constante de lo que se puede decir y lo que no se puede decir. Así, estamos inventando una nueva postcensura que amplia la ya omnipresente autocensura.

Nos estamos convirtiendo en censores inconscientes que enjuiciamos y fiscalizamos a creadores antes de observar en su conjunto su obra. Enjuiciamos todo antes de ver el todo y los autores empiezan a poner freno a sus ideas por un creciente temor al qué dirán los ofendidos de las redes. Y así, al final, nos estamos perdiendo mucho.

Contradicciones de una sociedad que se cree libre pero donde no hay tiempo para relativizar. Todo quiere ser blanco o negro. Y poco es blanco o negro. Necesitamos más armas para entender esos contextos complejos que enjuiciamos a golpe de tuit o retuit. Menos mal que, al final, el humor nos terminará salvando. Una vez más. Sobre todo, el humor con sensibilidad, ese humor que cree en la imaginación de su espectador. Si las prisas con las que consumimos todo en la actualidad dejan algún resquicio a la imaginación, claro...

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