Martes, 19.03.2019 - 09:58 h
Telediaria

Por qué 'Factor X' no sorprende en Telecinco: el declive de la TV de la etiqueta prefabricada

Factor X no destaca en la parrilla de Telecinco. Sus concursantes no logran generar excesivo interés ni conversación social. Sólo aquellos pensados para el momento fugazmeme viral han trascendido, como ha sido el caso de los creadores de 'Cómeme el dónut'. Pero el mítico programa, que ha regresado a España cuando ya sufre un declive internacional, ha padecido en nuestro país un condicionante extra: la sombra reciente del éxito de Operación Triunfo 2017, que define el rumbo hacia el que está tornando la sociedad y que ya Factor X no representa.

El éxito de OT radicó en la verdad. Sus concursantes no estaban disfrazados de nada, ni pertenecían a ninguna tribu urbana que el programa fuerza. Simplemente representan a la sociedad transversal que se construye desde esa diversidad que se afronta desde la naturalidad. Simplemente eran ellos, como uno más, con las aspiraciones, travesuras, ilusiones, emociones y miedos que compartimos todos, cantemos o no.

Tras años de programas de televisión que favorecían un guion articulado de forma cuadriculada para supuestamente lograr el interés del espectador con alicientes melodramáticos  (chico/a con problema y sensiblera historia de superación, cantante que lo que menos importa sea que es cantante porque en la audición se va a encontrar a un ex, giro dramático del encuentro sorpresa, aparición del friki...), llegó un renovado Operación Triunfo e hizo honor a su nombre. OT2017 triunfó porque el casting transmitía verdad sin necesidad de sobreexplicar traumas, propiciar dramas o favorecer prejuicios en la audiencia.

En la última década, la televisión ha abusado de remarcar personalidades artificiosas con las que el espectador, progresivamente, ha aprendido a desconfiar y a diferenciar con rapidez entre lo verdadero y lo falso o impostado. Y justo es lo que se ha vuelto palpable en este Factor X.

Los programas de la factoría de Simon Cowell (Factor X, Got Talent...) han seguido tradicionalmente una estructura de guión férrea en la que los momentazos y el montaje se aglutinan de una manera calculada y efectista. Y este modelo ha arrasado internacionalmente durante años, pero, poco a poco, se ha convertido en previsible a ojos de un espectador que ya se sabe cada truco.

Cowell inventó el papel esencial de un jurado enormemente protagonista, con los roles repartidos y muchas salidas de tono destinadas a crear conflicto, mofa, instantes ridículos o tremendas ovaciones endiosadoras. En este terreno, da la sensación de que lo hemos visto todo, algo que provoca que estas actitudes de los jueces mediáticos se aprecien hoy más postizas que nunca. Hasta las caras de sorpresa de los jurados ya no nos parecen de sorpresa.

Porque la televisión ya está en otro punto, su espectador también. En esta edición de Factor X, hemos sufrido a Risto Mejide derramando el agua de un vaso frente a un concursante, haciendo la analogía de que el vaso vacío representaba su talento. Vamos, que no tenía talento. El chaval lo hizo fatal, no dio una nota, pero ese momento no gustó nada en redes, porque hacer saña con la debilidad ajena ya no da risa. La crueldad gratuita, por suerte, se aplaude cada vez menos. Porque avanzamos hacia otro tiempo en el que nos identificamos con la gente que lo intenta y peleamos por terminar con los matones de clase. Ese estilo agresivo y faltón que Simon Cowell exprimió hasta la saciedad hoy no se lo cree nadie en un plató de un talent show. Chirría como lo que es: un intento prefabricado de crear un momento del que se hable o que se haga viral en la red.

En 2018, este gesto de Mejide consiguió el efecto contrario: generó indignación en las redes sociales. Es más, incomodó. Así el programa, sin saberlo, expulsó a parte de su público potencial. 

Pero se ve que a Telecinco le va bien este tipo de programas como relleno que mantiene un público más o menos fiel en su emisión tradicional. De hecho, ha comprado otro formato que es más de lo mismo, American Idol. Un viejo éxito norteamericano que ya pasó su época de gloria a nivel internacional, pero que ahora llegará a España para salvar el hueco de La Voz, cuyos derechos han sido adquiridos, sorpresivamente, por Antena 3 para la próxima temporada. Todo un giro dramático.

No sabemos con qué nombre se instalará en Mediaset American Idol: si será Pop Idol o Spanish Idol o Idols y viceversa. Aunque Telecinco, está claro, lo hará suyo, como todo, como recambio de un ir y venir de personajes más pensados para la evasión instantánea que crear un espectáculo imprevisible que proyecte ídolos de verdad, con algo de futuro. Una "factoría en cadena" que lo hace todo repetitivo

Got Talent, Factor X y American Idol estarán en el mismo Telecinco pero no pueden parecer shows intercambiables. Porque, hoy por hoy, es difícil distinguir unos de otros con nombres de miembros del jurado que se repiten e idéntico presentador en la mayoría de los casos, Jesús Vázquez.

Tampoco se cuida que los artistas aspirantes puedan ser recordados, pues no hay tiempo de conocer sus talentos. Porque los concursantes son lo de menos en los talents de Mediaset. Son de usar y tirar. Se pretende, si acaso, incentivar el cliché de su personaje. Pero la evolución social, también en televisión, ya hace años que va por el camino de romper los clichés y mostrar y potenciar lo único de cada artista. Factor X hace lo contrario y, como consecuencia, se ha despegado de la realidad hasta no contagiar demasiada verdad. Es un programa de etiquetas en un momento en el que se pelea por escapar de las etiquetas que simplifican a las personas. O, al menos, intentarlo. La audiencia de Telecinco, también; pues no es tan básica como algunos de sus responsables creen.

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