Domingo, 20.01.2019 - 04:37 h
Libertad sin cargas

Presupuestos para resistir en Moncloa... sin pensar en la economía

Un buen número de inversores había marcado en rojo en el calendario esta primera quincena de enero. No en vano, algunos de los más prestigiosos bancos de inversión presentes en España tenían previsto desglosar a sus clientes las previsiones económicas que anticipan para el conjunto del año. Desazonados tras un ejercicio 2018 en el que no han ganado dinero prácticamente con ningún activo de inversión, las directrices de algunos de esos servicios de estudios eran esperadas como agua de mayo por los ‘damnificados’, aunque solo fuera para aclarar ideas y arrancar con algo de esperanza 2019. La revisión de ventas de Apple en China, un hecho puntual que ha metido el miedo en el cuerpo a analistas y políticos, operaba como telón de fondo en unas citas a puerta cerrada y celebradas al más alto nivel. Con un veredicto claro por ahora, compartido en la mayoría de análisis: tranquilidad sobre la situación económica global de momento, pero recesión a la vista en 2021.

En efecto, los datos económicos únicamente avalan una desaceleración económica este año, que se prolongará durante 2020, pero la banca de inversión deja claro que las empresas están refinanciando sin problemas, que no hay restricción alguna en el crédito y que las condiciones de liquidez de los bancos centrales siguen siendo históricamente laxas, por mucho que ese soporte esencial durante la crisis vaya tocando a su fin. Las incertidumbres, no obstante, existen. Por ejemplo, la guerra comercial entre Estados Unidos y China supone un motivo de inquietud que será recurrente si las necesidades de los agricultores estadounidenses productores de soja -y tradicionales electores de Donald Trump- no terminan por imponerse definitivamente. Del mismo modo, un Brexit duro -ya se está demostrando- acabaría por generar un desasosiego generalizado en sectores como el turístico o el aeronáutico, con compañías como Iberia implicadas. En todo caso, la inercia de la economía mundial sería suficiente para aguantar el golpe y evitar el crecimiento negativo, al menos hasta ese fatídico 2021.

Dicho esto, a veces ayudamos a cumplir las profecías con nuestras propias decisiones. Al menos eso ha dado la sensación en el final del pasado ejercicio y el arranque de este, marcados por una oleada de despidos en diferentes sectores. ¿Acaso las empresas se están preparando para lo peor antes de tiempo? Gigantes como Ikea, Land Rover, Ford o H&M han anunciado reestructuraciones en sus plantillas. El sector de la automoción es paradigmático. Apenas horas después de que China anunciara un descenso de la venta de vehículos en 2018 por vez primera desde 1990, Ford comunicaba su intención de acometer un recorte de personal en el Viejo Continente. No será pequeño. “Vamos a tomar decisiones contundentes para transformar el negocio en Europa”, aseguraba su vicepresidente Steven Armstrong, con la vista puesta en Francia, Alemania y Rusia. Con el Brexit entre bambalinas, Jaguar Land Rover cifraba el número de salidas en el entorno de las 5.000. Otros seguirán la senda marcada. ¿Objetivo común? Mejorar la rentabilidad.

Aparentemente ajena a estas cuitas, la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, presenta este lunes en el Congreso los Presupuestos Generales del Estado para este 2019. Más allá de que la aprobación de las cuentas públicas está en manos de los independentistas catalanes, lo cierto es que los primeros números del Gobierno Sánchez nacen a años luz de las contingencias descritas. Teniendo en cuenta las mismas, no parece razonable plantear una subida masiva de impuestos a las empresas, a fin de cuentas las verdaderas creadoras de empleo. ¿Qué harán? Lo que ya están haciendo. Solo esta semana, Vodafone anunciaba un recorte brutal de su plantel en España, en hasta 1.200 personas. Una cifra que supone laminar una cuarta parte de la plantilla. Todo el sector financiero está inmerso en agresivos procesos de ajuste, que se llevarán por delante 7.500 empleados. Sin contar con episodios puntuales como los de Vestas o Alcoa, o los recortes que se esperan en el sector energético.

Casualidad o no, el Ministerio de Trabajo detectó 274.000 bajas el primer día hábil tras la aprobación del nuevo Salario Mínimo (SMI), cuya subida un 22% hasta los 900 euros aprobó el Gobierno el 21 de diciembre. Medidas electoralistas de este jaez, como otras muchas que se encuentran por doquier en el proyecto de Presupuestos que llega este lunes a la Cámara Baja, tienen su impacto en la toma de decisiones de los agentes económicos ¿Y hay mayor planteamiento social que favorecer el empleo? Pues bien, el Ejecutivo ha empeorado en dos décimas su previsión para la tasa de paro correspondiente a 2019, situándola en el 14% frente al 13,8% de su estimación anterior. La apuesta por un modelo de gasto público, basado en un incremento de la recaudación de 20.000 millones de euros tras exprimir todas las figuras tributarias posibles, no solo implica un intervencionismo desaforado al transferir las decisiones del ámbito privado al público, sino que añade una dosis de voluntarismo que cualquier revés económico, por pequeño que sea, puede dinamitar.

Claro que, a fin de cuentas, es imposible entender los Presupuestos Generales del Estado presentados por Sánchez sin recurrir al año electoral que nos aguarda. Salgan o no adelante las cuentas, el presidente del Gobierno encuentra con su presentación una plataforma de primer nivel para dar vuelo a su programa social, con el objetivo último de preparar el terreno para la mayor cosecha de votos. Lejos quedan aquellos días previos a la moción de censura, en los que insistía en su voluntad de convocar elecciones lo antes posible. Incluso a quienes daban por hecho que las generales serían en otoño, el líder socialista dejó claro este fin de semana que su intención es gobernar hasta entrado 2020. “Que esperen sentados”, llegó a lanzar a sus adversarios. Con ese objetivo en mente, es normal que la bandera roja levantada por la banca de inversión escape de su horizonte temporal. Preparar la economía española ante las curvas que vienen parece secundario frente a los intereses partidistas. Un mal que no solo aqueja a Sánchez y es endémico en la política. Una pena.

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