Sábado, 07.12.2019 - 12:44 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

China y EEUU en lucha mientras el oro vuelve a brillar y Europa veranea

Hay un patrón temporal común en la mayor parte de las crisis y da igual que estas se produzcan en Moscú, Nueva York, Pekín, Madrid o Sri Lanka. Normalmente siempre se dan en agosto. Es en este mes cuando las caídas estrepitosas de las bolsas, los accidentes naturales o las crisis internacionales aprovechan el relajamiento general para hacer mella en nuestra afable existencia.

Basta recordar la crisis de las hipotecas 'subprime', que arrasó los mercados financieros de medio mundo, los trágicos acontecimientos de la riada de Biescas o la gran cantidad de guerras en Siria, Yemen o, incluso, la IGM que encuentran siempre en este mes su tiempo de eclosión.

El caso es que nuestro continente asiste una vez más de espectador y principal víctima a los acontecimientos mundiales que se suceden en el agitado escenario económico internacional. El choque entre las dos grandes potencias actuales, EEUU y China, supone una nueva modalidad en la historia de los imperialismos económicos tradicionales.

La historia de los grandes imperios viene marcada por la utilización de la tecnología como elemento disruptor en el delicado equilibrio de intereses mundiales. Si la invención del estribo multiplicó por cinco la eficacia de las cargas de caballería y la utilización del radar y el sonar inclinó la balanza para el dominio de los mares y los cielos por parte de los aliados en la IIGM, hoy en día el control de la economía es uno de los campos de batalla - junto al dominio efectivo de la fuerza naval y las comunicaciones- en los distintos escenarios geoestratégicos.

El caso es que, por primera vez en la historia, se enfrentan dos economías que son netamente capitalistas. En el pasado, la hegemonía europea en el dominio internacional venía marcada por la imposición del capitalismo como modelo económico absoluto. La potencia, normalmente occidental, imperialista combinaba el capitalismo como razón de Estado a la hora de declarar guerras, invadir territorios o imponer embargos. Es la llamada “protección de intereses nacionales”, que en realidad es el eufemismo de “me reservo la posibilidad de ejercer la fuerza siempre que lo considere oportuno”.

Si en el pasado siempre se enfrentaban modelos económicos contrapuestos: feudalismo vs. esclavismo, proteccionismo vs. mercantilismo, capitalismo vs. comunismo… En el caso chino-estadounidense el choque se produce entre dos economías puramente capitalistas, aunque, paradójicamente, en uno de ellos haya un partido comunista al frente.

En esta guerra encubierta, las herramientas de Pekín no dejan de ser de primero de manual de economía moderna. La devaluación del Yuan favorecerá las exportaciones del país asiático, que ya maneja de por sí el rol de primera potencia exportadora mundial seguida de, como no podía ser de otra manera, EEUU.

El movimiento puede acentuar la brecha que separa a ambos países y que en los últimos años se han convertido en el caballo de batalla de la Administración Trump. Reducir la balanza comercial permitiría a Estados Unidos ralentizar el dominio de China de uno de los principales elementos para convertirse en la principal potencia en términos absolutos, y es que junto al dominio militar y el tecnológico, el económico es de largo el más importante a la hora de configurar un imperio hegemónico.

La reacción estadounidense no se ha hecho esperar. El principal adalid del capitalismo en el pasado ha endurecido los aranceles contra los productos chinos que inundan sus mercados. China encontrará más trabas para acceder al mercado de EEUU, pero, sin embargo, gracias a su devaluación, podrá irrumpir con mayores ventajas en el resto de los mercados mundiales, preferentemente en el europeo.

Y es aquí, en el campo de la inacción, donde de nuevo reside nuestra aletargada Europa. Alemania, la tercera potencia exportadora mundial y, de facto, quien aporta más a la generación de riqueza europea está viendo amenazado su crecimiento.

A los problemas coyunturales como el que nos ocupa, le siguen otros muchos de índole estructural. La irrupción de nuevas formas de movilidad y el auge de polos de innovación tecnológica en el campo de las telecomunicaciones, atacan directamente a la maquinaria industrial alemana, principalmente a la fabricación de automóviles, donde los germanos ocupan la primera plaza por ránking de marcas exportadoras.

El resto de países asistimos a este vaivén de reveses sin muchas más posibilidades que la mera observación. Francia, Holanda, Italia están también afectadas por las medidas que chinos y estadounidenses están tomando, pero no encuentran respuesta alguna en la Bruselas comunitaria. Al relevo de los principales dirigentes europeos se une la interinidad de los gobiernos nacionales, como el español, y la retirada, cuando no escisión, del Reino Unido que, al menos ahora, podrá actuar libremente para adaptar su economía al 'tsunami' financiero que se avecina.

La bipolaridad de Estados Unidos y China amenaza con subvertir el orden mundial
La bipolaridad de Estados Unidos y China amenaza con subvertir el orden mundial / EFE

En este contexto, es curioso ver cómo los instintos primarios se adueñan de los mercados internacionales. El oro vuelve a ser ese valor refugio al que agarrarse para evitar la catástrofe. A la caída de las bolsas mundiales se une la revalorización inmediata de este mineral, que en lo que llevamos de año ha aumentado un 17% su valor. Nos debemos retrotraer casi una década para encontrar un crecimiento similar, coincidiendo con la crisis económica de 2010.

El oro vuelve a ser símbolo de seguridad. Lleva siendo así casi desde los orígenes de la Humanidad. ¿Qué tendrá este metal amarillo para que en la era de la revolución digital nos aferremos a él en búsqueda de certidumbre?

Quizá representa ese tangible inmortal que nos acompaña incluso cuando hay que pagarle al barquero nuestro peaje por el tránsito eterno. Pasarán modelos económicos e imperios, crisis y recuperaciones económicas, pero siempre existirá el oro como santo protector de la economía, tanto de las naciones como del hombre.

Confiemos en que la historia nos conceda una tregua y no tengamos que recurrir a las prótesis dentales áuricas para garantizar la libre circulación de capitales en el mercado intracomunitario. Y es que, en la economía individual, también las cosas son siempre como fueron.

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