Jueves, 21.03.2019 - 15:56 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Roma y su rubicón presupuestario... ¿Rumbo a un Italexit? 

Italia ha dicho basta. Matteo Salvini, vicepresidente del Consejo de Ministros de la República italiana, ministro del Interior y lo que es más importante, líder de la Liga Norte, ha decidido acabar con la ortodoxia presupuestaria comunitaria y jugar un órdago financiero a la hasta ahora todopoderosa Bruselas.

Su acción parte de la más absoluta emotividad e incluso irracionalidad, pero antes de criticarla debemos al menos observar cuáles son las circunstancias en las que se produce este desentendimiento entre Roma y el resto de la Unión Europea.

En primer lugar, es importante destacar que Salvini es el máximo exponente de un partido que dicta entre sus principios representativos ser el garante de la identidad del norte poderoso e industrial del país. Tanto su electorado como su formación ideológica pasa por la diferenciación clara entre las denominadas dos Italias. Un Norte que se ha presentado como un Estado diferente al 'mezzogiorno' latino, el cual representaría a esa idea equivocada que tenemos de la calma y 'dolce fare niente' que nos mostraban inmisericordemente las películas de la posguerra.

Matteo Salvini
Salvini ignora las recomendaciones de la UE y las agencias sobre sus cuentas../ EFE

En cierta manera, Salvini es preso de su propia forma de gobernar. La entrada de la Liga Norte en el Gobierno de la República sólo encuentra su explicación para defender su pretensión original: la independencia de la Padania. Esta aspiración es clara y esta explícitamente reflejada en la denominación oficial de su partido. Desde este punto de vista, La Liga no puede permitir que un ente superior, léase la Unión Europea, les lea la cartilla a unos presupuestos presentados por un partido que, paradójica y artificialmente, debe defender a capa y espada la estabilidad presupuestaria de un país del que quiere escindirse.

Realmente la política italiana nunca dejará de sorprendernos. Para bien y para mal estamos hablando de la cuarta economía de la eurozona, con un PIB que supera ampliamente al español y cuya exclusión de la política presupuestaria le haría un flaco favor al proyecto europeo en su conjunto. Más aun en un momento en el que Bruselas y todas las capitales están librando una batalla de proporciones mundiales con el Brexit como telón de fondo.

El no italiano entra en un terreno ignoto, puesto que no encuentra precedentes en la historia de la UE. En el pasado España, Grecia o Portugal sufrieron también el veto comunitario pero la diferencia, además de política, es jurídica. Todos estos países acordaron libremente su “sometimiento” a Bruselas a cambio de contrapartidas económicas destinadas a solucionar sus gravísimos problemas en las cuentas públicas. Italia no, y éste es el elemento clave que hace navegar en aguas procelosas al barco comunitario en el que será conocido como el caso Salvini.

Si el futuro en la solución de este caso no es claro, tampoco lo son las consecuencias que pueda tener en el futuro de la Unión Europea. La única manera que tendría Bruselas de tratar de forzar la posición italiana pasaría por la imposición de multas, pero la UE también se expone a que Italia retire, en la misma cantidad que la multa impuesta, su aportación al presupuesto comunitario, por lo que el peso coercitivo de Europa es cuando menos relativo. Quizá sería un buen momento para plantearse la conveniencia de encontrar herramientas que doten de mayor fuerza al Ejecutivo del Berlaumont.

Este es precisamente el peligro que corremos todo. Nos gustará o no, pero lo cierto es que la imposición de políticas de estabilidad presupuestaria ha funcionado en aquellos países que, si echásemos la vista unos años atrás, no daríamos un duro por ellos. Recordemos los serios síntomas de 'failout' griego. El pulso italiano, y esto es un dato que a nadie se le escapa, puede ser un ejemplo a imitar en otros países. Si Bruselas no consigue mantener su criterio, es más que probable que asistamos a un carrusel de países que traten de imitar a Roma.

Sin ir más lejos, los países anteriormente mencionados podrían sumarse a esta especie de rebelión nacional, que pone en cuestionamiento el origen mismo de la Unión. Recordemos que Europa supuso la creación de un ente superior a los Estados, capaz de tomar decisiones que beneficien al conjunto de ciudadanos europeos y no a cada país en concreto.

Roma ha hablado y ahora el balón está en el tejado de la Grand Place. En las próximas semanas asistiremos a una sucesión de advertencias y ententes que abren un nuevo frente a los negociadores comunitarios, centrados casi de manera exclusiva en Londres, pero que tendrán que comenzar a mirar también al flanco Sur.

En el pasado todas las controversias entre los socios comunitarios se solucionaban en los confesionarios de la Rue de la Loi. Sin embargo, en esta ocasión, la antigua tenacidad romana podrá suponer una ventaja en el incipiente Italexit ¿Cruzará Matteo el Rubicón?... Quizá ya lo haya hecho.

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