Martes, 16.07.2019 - 00:58 h

En política gana siempre el que mejor sabe lo que no debe hacer

Las elecciones generales lo acaparan todo en las tres semanas antes de la cita con las urnas, con una paradoja básica en esta ocasión que es la obligación que todos los partidos tienen de pactar para poder garantizar una mínima gobernabilidad a los ciudadanos, y las pocas ganas que ponen para hacerlo entre ellos. Si hacemos caso de las encuestas más avezadas y de los últimos datos de la macroconsulta del CIS de esta semana, hay dos claves claras que llevan a una conclusión básica que apunta a la sabiduría popular y al sentido común, a saber: la balanza la va a volcar de un lado u otro el casi 40% de indecisos; será fundamental la última semana de campaña, tras las vacaciones de Semana Santa, para convencer a esos indecisos; y, con esas premisas, aquí se va a llevar el gato al agua, no el que más acierte, sino el que menos se equivoque.

Basta recordar lo que ocurrió en el año 2004 para corroborar esta percepción. El terrorífico atentado del 11-M irrumpió al final de la campaña y dio la vuelta a las urnas en un día, caceroladas nocturnas incluidas, solo por la equivocación del Gobierno de Aznar a la hora de evaluar los hechos y apuntárselos a ETA en un primer momento, cuando todos los indicios lo descartaban por completo. Nadie sabe quien engaño a quien en ese momento y hasta el propio Villarejo quiere ahora tomar cartas en el asunto desde la cárcel a ver si saca algo del río revuelto, pero lo que está claro es que la diferencia de votos cambió de un día para otro y Zapatero llegó a tener más de 11 millones de votos (y gobernar sin querer), cuando tres días antes se daba ya por perdido.

Llegar o acercarse a la cifra señera de los 11 millones de votos en las urnas (mayoría absoluta segura) es el gran anhelo que, por lo pronto, todo el mundo da por descartado. Esa es la cantidad por arriba, pero por abajo, está el ogro de los apenas 5 millones de papeletas, que es lo que en el argot político te lleva a ser “el peor resultado de la historia” en el caso de los partidos que siempre se han considerado mayoritarios, es decir, PP y PSOE por el momento. Si acudimos a los resultados al Congreso de todas las elecciones generales desde el año 79, es fácil ver como esa barrera insuperable de los cinco millones es lo que echó para atrás las Alianza Popular de Fraga en el 89, para que dejase paso a Aznar y su reunificación del centro con la que ganaría las elecciones en el 96. Eso sí, con solo 9,7 millones de votos y la necesidad de pactar (incluso ofrecer carteras ministeriales) con los nacionalistas catalanes y vascos. Esas son las paradojas de la política que saltan en pedazos cuando se oye ahora hablar al expresidente resucitado en algún mitin de Casado.

Esa barrera de los cinco millones es la que ha arrastrado por los suelos también al actual líder del PSOE que, además de ser presidente a partir de la moción de censura, hasta el próximo día 28 de abril seguirá siendo el líder socialista que ha acarreado los peores resultados electorales de la historia del partido (2015 y 2016). De nuevo entramos en el terreno de la paradoja: tras la catarsis de la formación en los últimos seis años, incluido el entierro y la resurrección de Sánchez, resulta que ahora todo el mundo da por descontado que va a ganar las elecciones, aunque no llegue a la mayoría absoluta. Pero no nos engañemos, que tamaña proeza tampoco es suya: si atendemos a los mencionados resultados históricos, para tener ese 30% del electorado que se le vaticina, lo único que ha ocurrido es que las bases dormidas de ese partido se han despertado con tanta bandera de España por la calle y han elevado el mínimo de los cinco millones al entorno de los siete, que es el nivel mínimo histórico que perdió el partido tras la tremenda crisis económica que azotó el país y que lidió como pudo Zapatero, para morir en el intento.

En ese escenario, lo que habrá que ver en la última y decisiva semana de campaña es si Sánchez será capaz ahora de aglutinar ese par de millones de votos más que necesita para poder avanzar con un pacto seguro de legislatura a elegir, por la izquierda o por la derecha. En esa tesitura de la pelea por los dos millones de votos están inmersos tanto PP como PSOE, si bien los socialistas lo tienen ahora más fácil porque Podemos ha perdido el ímpetu de su fundación y a Casado le aprietan mucho por la derecha ultra de Vox y por el centro moderado y oportunista de Ciudadanos. Y bajar al PP de nuevo a los cinco millones de votos de Fraga si sería un retroceso importante para el partido.

Ahora ya no se juega a dos partidos en liza, sino a cinco formaciones con opciones de ser representativas para mover al Gobierno de un lado o de otro, y eso es lo que hace que se olviden los 11 millones (Rajoy fue el último que los rozó en 2011 con el PSOE hundido en su base de 7 millones) y todo se centre en ver quien llega a 8 o 9 para mandar con pactos de legislatura, pero sin demasiadas apreturas. La cuestión es si los líderes de las formaciones en liza, que llevan una gestión altamente personalista de sus huestes, saben lo que deben ofrecer a ese grupo de indecisos que se decantará en la última semana. O mejor dicho ¿sabrán lo que no deben hacer? Esa será la clave para que no se equivoquen.

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