Jueves, 16.08.2018 - 14:46 h
Serendipia
Director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

Sí a la longevidad, no al envejecimiento

L
a semana pasada se presentó en Madrid la edición en castellano del libro de los profesores Gratton y Scott “La vida de 100 años. Vivir y trabajar en la era de la longevidad”. El ensayo de los docentes de London Business School, editado en 2016, acumula desde entonces premios y excelentes críticas hasta convertirse en un fenómeno a escala global. “The 100-year life” dibuja un futuro cercano en el que viviremos hasta alcanzar la centuria y además no será una maldición sino un regalo. Pero para que esto sea así, los escritores nos sugieren actuar y dejar de procrastinar.

En los últimos tiempos el debate sobre el envejecimiento de la población ha alcanzado tintes cuasi apocalípticos, en buena parte debido a los mensajes relacionados con la sostenibilidad de nuestro modelo de asistencia social. Esta misma semana, a la vez que ese bestseller se presentaba en España, los medios de comunicación se inundaban de alarmistas titulares sobre un escenario de pobreza para los pensionistas. De hecho es realmente muy difícil no encontrar en la agenda diaria de los últimos años un informe de un organismo internacional alertando sobre el negro panorama que se cierne sobre nuestros territorios.

Por eso, no puedo estar más de acuerdo con los profesores británicos, en que se antoja imprescindible para gestionar los cambios en la pirámide poblacional dejar de hablar sobre los problemas y riesgos para empezar a poner el acento en las soluciones. La salud y el turismo, las finanzas y los seguros, el urbanismo y la vivienda y hasta el mercado laboral son ámbitos que se transformarán en íntima conexión con la tecnología para adaptarse a la irrupción de la longevidad, abriendo todo una ventana de oportunidad para emprendedores e incumbentes además de para los territorios que hagan esa apuesta. Por ello Mapfre y Deusto Business School acuñaron el año pasado el neologismo Ageingnomics para resumir una visión constructiva y abierta a las oportunidades económicas en torno al envejecimiento demográfico.

La longevidad entendida como el fenómeno de alcanzar edades avanzadas es muy reciente. Existen sólidos indicios de que se originó a principios del siglo XIX en Europa. De hecho la esperanza de vida en el mundo se mantuvo constante en la cifra de 31 años durante 8.000 generaciones. En Suecia en el año 1800 la esperanza de vida al nacer era de 32 años. No obstante en los albores del siglo pasado la mejora en las condiciones de los alumbramientos y las vacunas supusieron el inicio de una reducción drástica de la tasa de mortalidad infantil y por tanto el inicio de la actual longevidad. Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud la esperanza de vida a nivel global ha venido creciendo desde 1950 hasta el año 2000 a un ritmo de más de tres años por cada década. A partir de entonces y hasta el 2015 se ha incrementado en una media de cinco años. Ya se habla sin temor a equivocarse que la mitad de los niños que nacen hoy en España vivirán más de 100 años. Pero, por si acaso el lector ve esto muy lejano, recientes investigaciones nos confirman que uno de cada dos cuarentones europeos viviremos hasta los 95 años.

La longevidad cambiará el mundo tal y como lo conocemos y propiciará la aparición de nuevas industrias vinculadas al ocio y la salud pero también unas nuevas finanzas o un nuevo urbanismo (hoy, dos de cada tres viviendas por ejemplo, no son accesibles) que bien aprovechadas pueden generar importantes oportunidades económicas.

Además surgirá un nuevo orden social que sustituirá al obsoleto de las tres etapas vitales de Modigliani: aprendizaje, trabajo y jubilación. La edad de retiro se fijó hace más de un siglo y sigue en los 65 años. Entonces la supervivencia más allá de los 65 años era de apenas 8 años, hoy en España estamos cerca de 20 años. En apenas diez años, esa supervivencia superará los 30 años es decir casi la vida laboral completa de un millennial. Surgirá, por tanto, una nueva etapa vital entre la jubilación de hoy y el retiro definitivo -que muchos científicos lo sitúan en un umbral dinámico de 15 años antes de la esperanza de vida, es decir hacia los 80 años si es que vivimos en el entorno de los 100. Una etapa en la que compatibilizaremos trabajo y ocio, no solo para mantener unos ingresos sino para seguir siendo y sintiéndonos útiles.

El reto es inmenso y ha de comenzar por poner el foco en esos millones de habitantes del mundo que ya tienen más de 65 años. Según la OCDE en 2050 un grupo de países entre los que están España, Portugal, Japón y Corea, el 40% de la población tendrá más de 65 años. Una tarea para la que estamos llamados todos para superar la perorata de la juventud, que monopoliza las noticias o las campañas de publicidad. Aunque sea por puro pragmatismo, algunos de esos expertos en marketing deberían recordar que hoy el 40% del consumo mundial lo realizan los mayores de 65 años. Hace unos días el gerente de un hospital andaluz recibía por parte de una corporación una generosa propuesta de donación para montar un parque infantil, pero tuvo que rechazar no sin antes recordarle al directivo que la mayoría de sus pacientes son septuagenarios y ninguna empresa se acuerda de ellos.

Un primer paso es empezar a llamar a las cosas por su nombre. Para la Real Academia de la Lengua Española, la palabra longevidad viene del latín longus –largo- y aevum -tiempo- y es la cualidad para vivir mucho tiempo. Envejecimiento, en cambio es la acción de volverse deslucido o estropeado. Tenemos la suerte de vivir en el segundo país del mundo con mayor esperanza de vida al nacer, además nuestro sistema público de salud, ayudado por la cada vez más extendida vida activa y equilibrada dieta, nos permite cumplir años con calidad de vida. No seremos viejos más tiempo, sino jóvenes más años. Por ello, para adaptarnos a esa nueva sociedad con la pirámide poblacional invertida repitan conmigo: sí a la longevidad, no al envejecimiento.

Sí a la longevidad, no al envejecimiento

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