Jueves, 16.08.2018 - 15:44 h
En mi molesta opinión
Analista político

Cosas que he aprendido con el amargo final de Cifuentes

Fotografía de Cristina Cifuentes el día de su dimisión.
Cristina Cifuentes el día de su dimisión. / EFE.

Aunque nos indigna y nos impacta, nuestro cerebro tiene descontando dentro del apartado de la lógica del abuso de poder y de la codicia humana que un político robe miles de euros de dinero público o acepte cohechos. Sin embargo, que lo arriesgue todo por dos botes de crema antiarrugas de 42 euros nos parece la mayor ignominia y nos escandaliza hasta el extremo de no poder creérnoslo.

El presunto hurto sucedió en 2011. Ya en 2012 y en 2016 aparecieron en los medios algunas noticias sobre un posible problema de cleptomanía de Cristina Cifuentes. Hubo cierto runrún en los mentideros de la Villa pero casi nadie le dio credibilidad, y la afectada pudo llegar a presidenta de la Comunidad de Madrid. Ha hecho falta verlo para creerlo. Con el falso máster nos bastaron las pruebas escritas y orales de un medio digital y las malas respuestas de los afectados. Para lo de las cremas necesitamos ver un vídeo para no pensar que eran “fake news”.

El vídeo ha sido la puntilla de una muerte no divulgada pero sí esperada para mayo. Y por eso mismo ha salido ahora a la luz. Con Cifuentes dimitida y amortizada, el chantajista que poseyera las imágenes se quedaba sin coartada ni tajada. Ahora o nunca. Hubiera sido mejor nunca pero una vez más los objetivos personales y la codicia se han impuesto. No me refiero al punto de vista del interés informativo. El hecho periodístico responde a otras categorías.

Se trataba de rematar la faena y a la víctima. Se especuló estos días con la intención de Cifuentes de apartarse de la presidencia, pero manteniendo la dirección del partido. Y dentro de un año, con todo “superado” –como en el caso Errejón- volver a presentarse como candidata a la Comunidad. Alguien debió pensar que sería mejor liquidar del todo a la presidenta de Madrid y no darle opciones a una posible resurrección.

El éxito, tanto profesional como personal, no se basa en la ausencia de problemas, sino en la habilidad de tratar con ellos. Cifuentes no supo gestionar bien desde el primer momento la realidad de su falso máster, ni la existencia del ya famoso vídeo de las cremas. Las imágenes de la trastienda del Eroski, que ella sabía que existían, se debían haber desactivado hace ya tiempo con su comparecencia pública y la explicación veraz del problema. “Me intentan chantajear por un error humano, por un despiste a la hora de colocar dos productos en bolsas distintas”. Una coartada, débil si quieren, pero que deja dudas razonables. “In dubio pro reo”, en caso de duda siempre hay que ir a favor del imputado.

Además, no hubo ninguna denuncia formal de los hechos, “sólo” existen imágenes del momento del control y del pago, pero no del hecho en sí, del supuesto hurto. Tampoco llevaba los botes metidos en el refajo ni en un bolsillo del abrigo. La clave era adelantarse y dar una explicación razonable. Una explosión controlada ante unos hechos descontrolados. Pero no, no lo hizo.

Tampoco supo gestionar la crisis de la Universidad. En este caso, hubo algo correcto, pero llegó tarde. La carta en la que renuncia al título del máster, y en la que explica que recibió facilidades por parte del director del mismo para obtenerlo, podía haber sido suficiente para acallar las acusaciones. Aceptar modestamente los errores –si no son delitos- suele ser bastante eficaz ante la opinión pública. Pero Cifuentes reaccionó mal, y en vez de agachar la cerviz y admitir el “regalo” prefirió mentir. Error, inmenso error. Incluso en España, donde la mentira de los políticos sale muy barata, en esta ocasión fue letal.

Demasiadas torpezas para un persona con grandes ambiciones, incluida la de no prever la venganza de sus enemigos. Como bien dijo Churchill, los del partido rival son tus adversarios, los de tu propio partido son los enemigos. Y ella, que formó parte de las estructuras y chanchullos de poder que los “suyos” crearon, pretendía ahora hacerse -sobre todo con el caso Lezo- la pura y la ejemplar presidenta que no tenía cuentas con el pasado –el ayer siempre vuelve-, e incluso aspiraba a cotas mucho más altas, tanto como la presidencia de la nación.

Dicen los sabios del lugar, que en esta época de tecnologías avanzadas, si quieres que algo no se sepa, ni lo pienses. Demasiados medios, demasiadas cámaras para tantos líos. Y, lo que es peor, un sinfín de periodistas buscando el éxito informativo y dispuestos a matar a su madre por una buena exclusiva.

Cifuentes ha caído con gran oprobio. Pero el Partido Popular tampoco sale indemne del escándalo. Mucho espectáculo y varias dudas por resolver. Falta un año para las elecciones autonómicas y municipales, y las guerras cainitas que nos quedan por contemplar en todos los partidos pueden ser numerosas y variadas. Hace algún tiempo que se puso en marcha la regeneración política de España, pero por lo visto hasta ahora, o hay mucha “ropa” sucia que limpiar o los que tienen que lavarla se lo toman con mucha calma y dejan que sean los medios de comunicación los que hagan el trabajo sucio.

Cosas que he aprendido con el amargo final de Cifuentes

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