Viernes, 28.02.2020 - 19:30 h
En mi molesta opinión
Analista político

¿Por qué tres millones y medio de españoles han votado a Vox?

Como decía el gran Vázquez Montalbán, la vida no es como te esperas sino como te temes. Esperábamos los españoles, por ese optimismo natural que nos invade los días de elecciones, que todo se solucionaría con una nueva votación; pero en el fondo, nuestro palpito racional se temía lo peor, que es lo que ha sucedido realmente: hoy estamos más perdidos que ayer, y lo de formar un Gobierno estable se ve como una misión casi imposible, sobre todo teniendo en cuenta la clase política que debe lograrlo.

Vistos los resultados electorales del 10-N, hoy sólo hay un líder que se pueda reír a gusto: Santiago Abascal. Todos los demás, unos más que otros, se tienen que poner mucha cremita para que los resultados no les escuezan demasiado. Empezando por el gran culpable de la repetición electoral, Pedro Sánchez, que organiza todo este sarao para perder tres escaños. Enhorabuena. Es verdad que gana de nuevo las elecciones pero pierde por el camino casi un millón de votos y su alternativa de futuro –Unidas Podemos- se convierte de nuevo en su gran pesadilla, esa que tanto le quita el sueño.

La sonrisa de Pablo Casado no es tan fría como la de Pedro, pero tampoco está para muchas risas de satisfacción. Su buena subida a 88 escaños –algo menos de los 100 anunciados- le permite respirar más tranquilo, pero no le garantiza un futuro de éxitos, salvo que a partir de ahora tenga claro qué debe hacer con el partido, para ganar más base social y más apoyos. Además de robárselos a Vox, cosa nada fácil. A Casado ya no le basta con esperar a que pase el tiempo y el PSOE se queme para tomar el poder, como una alternancia natural. El PP tendrá que ser más proactivo, sobre todo teniendo a Vox tan cerca pisándole los votos, si quiere que sus aspiraciones de gobierno sean reales.

Pablo Iglesias ríe por no llorar, ha perdido siete escaños, y aunque no es la debacle de Ciudadanos bien puede amargarle aún más su indigesta carrera política. Iglesias ha encontrado en el subidón de Vox su salvavidas, léase excusa perfecta, para presionar al PSOE y cerrar filas contra la llegada de la peligrosa extrema derecha, según él, algo que no piensan los más de tres millones y medio de votantes que ha tenido el partido de Abascal y que le han aupado al tercer puesto.

Lo de Vox no es sólo el fenómeno electoral de la noche, sino que con sus 52 escaños se ha convertido en todo un fenómeno social a estudiar con detalle para entender porqué ha podido doblar en seis meses su número de escaños. Es cierto que su condición de novedad parlamentaria le otorga un plus de interés y curiosidad, pero sus votantes buscan algo más que lo nuevo. Paradójicamente, sus ideas no son nada nuevas pero suenan, al menos, muy distintas a las de los demás partidos. También han conseguido que ese miedo a la extrema derecha se diluya y no les afecte como estigma insalvable.

Ahora es Vox –antes fue Podemos- quien recoge el voto de los indignados y descontentos con el sistema. Pero también se han subido a su carro los hartos con la “dictadura del progresismo”, de los desmanes políticos en Cataluña y de la inquietud con la unidad nacional. Sin olvidar las banderas que la izquierda ha desechado –la patria, la familia, la religión, etc.- y que el PP aborda con menos pasión, y que en Vox las hacen ondear con todo orgullo. Habrá que ver cómo se comporta a partir de ahora Vox en un escenario más complejo, en el cual sus discursos marcaran la agenda política, y será observado con lupa por la sociedad.

Alcanzar la gloria a veces no es tan complicado. Lo más difícil suele ser permanecer en ella. Y si no, que se lo pregunten a Ciudadanos. Albert Rivera sigue encerrado en el baño de su sede preguntándose cómo es posible que se hayan equivocado tanto en tan poco tiempo, y en seis meses pierdan todo su capital político. El viejo cuento del rey desnudo. Todos veían que se acercaba una debacle o algo parecido, menos él y los miembros de su equipo.

Un partido, Ciudadanos, que renunció a sus esencias, ser bisagra para facilitar la gobernabilidad y evitar que los partidos nacionalistas entraran en juego en los pactos nacionales. Prefirió cambiar de juego y ser líder de la oposición, y se ha quedado sin nada. Ahora veremos como se lo monta para no tener que dimitir. Todo indica que buscará el apoyo de la Ejecutiva, hecha a su imagen y semejanza.

Hoy empieza el baile de los pactos. Pero sólo hay dos opciones claras para Sánchez, volver a intentarlo con Pablo Iglesias, y buscar el apoyo de PNV y ERC, esto último nada fácil. O romper la baraja, y buscar el amparo del PP para una abstención y un gobierno en minoría, y con pactos puntuales. Lo malo es que el buen resultado de Vox puede hacer que el PP no se vea con fuerzas para esa maniobra, y le entre el miedo de perder más influencia por su ala derecha. La verdad es que se avecina una situación diabólica. Algunos ya hablan incluso de la maldición de Franco. Manténganse atentos a la pantalla porque hay lío para rato.

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