Domingo, 15.09.2019 - 08:35 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

El Open Arms como síntoma de una Europa desconcertada y decadente

Los europeos somos pocos y los africanos muchos. Nuestra población disminuye mientras que la de ellos crece. Si hace apenas unas décadas éramos más, hoy ya ni siquiera alcanzamos la tercera parte de la población total africana. En unos años no llegaremos ni a la quinta parte. Además de pocos, somos viejos. Ellos, además de muchos, son jóvenes. El motor de la natalidad desproporcionó los pesos demográficos a favor del continente del sur, generando una presión migratoria que irá a más. A las razones puramente económicas –jóvenes que huyen de la pobreza para labrarse un futuro en tierras más prósperas– se le unen las políticas –guerras, violencia, dictaduras– y las derivadas de catástrofes diversas, climáticas incluidas. Todo ello crea el combustible que impulsa a la migración de masas enormes de personas. Esta es la compleja y delicada realidad que tendremos que abordar y gestionar estos próximos años. Y, sin duda de ningún tipo, se trata de una de las grandes cuestiones que determinará nuestro devenir.

¿Tiene en verdad solución el asunto? ¿Estamos condenados a experimentar una inmigración masiva al límite de socavar nuestra propia identidad, cultura, economía y valores? ¿Tendremos la inteligencia, el valor y el vigor suficiente para intentar gobernar el fenómeno antes de que su avalancha nos arrastre? ¿Tiene, de verdad, arreglo, el asunto o el veredicto de los vientos de la historia ya nos condenó a perecer entre contradicciones y melancolía?

Estamos confundidos, indecisos, temerosos. Y no sabemos qué hacer. Si nos pasamos, porque nos pasamos, y si nos quedamos cortos, porque nos quedamos cortos. La mano dura nos hace inhumanos, la blanda genera avalanchas. ¿Qué hacemos, entonces? ¿Es Salvini, el bravo, nuestro modelo? ¿Acaso el ideal es Sánchez que puso banda de música al Aquarius para cerrar a continuación los puertos a los demás? No, ninguno nos gusta. Europa, sencillamente, no sabe qué hacer, no sabemos qué hacer. Por eso, peligrosamente, hemos adoptado la táctica del avestruz. Escondemos la cabeza bajo tierra a la espera de que pase el peligro, pero el peligro no pasará. Al contrario, crecerá en volumen e intensidad.

Por eso, es imprescindible que tengamos una estrategia a medio plazo y la voluntad y convicción para llevarla a cabo. Toca arriesgar, porque la indecisión nos pondría en las puertas de una catástrofe inimaginable. Combinar derechos, respeto y justicia con cumplimiento de la ley, gestión de fronteras adecuada y lucha contra las mafias, parecen los ingredientes del guiso que aún no sabemos cocinar, si es que, de alguna manera, se pueden combinar para hacer algún día un buen guiso con todos ellos.

Desde luego, la solución ideal sería el desarrollo de los países pobres. Asia lo ha conseguido por sus propios medios, ¿por qué no lo podría lograr África? Pero esa es una cuestión que incumbe, en primer término, a los propios ciudadanos africanos. Ni China, ni Corea, ni Indonesia ni Vietnam se desarrollaron gracias a la caridad occidental ni a sus ONGs. Lo consiguieron gracias a su esfuerzo y su talento. Nosotros podemos ayudar, desde luego. La solidaridad internacional, necesaria y hermosa, está muy bien, por supuesto, pero corresponde a cada sociedad labrarse su propio futuro. Los países africanos tienen que conseguir su propia vía para ello.

Pero, mientras eso ocurre, tenemos a los inmigrantes llamando a nuestras puertas. Y no sabemos qué hacer con ellos. Primero, porque los necesitamos, y cada año más. Al igual que Roma precisó de las fuerzas mercenarias godas, nosotros necesitamos trabajadores para nuestras fábricas, cuidadores para nuestros abuelos, pobladores para los pueblos vacíos. Segundo, porque nos debatimos entre el ideal y la realidad, entre el idealismo de un mundo mejor y más justo y entre el temor atávico frente al otro, que inflama las pasiones políticas y hace crecer a partidos xenófobos. Esa indecisión no es exclusiva de Europa, pues EEUU también la experimenta en carne propia. El muro de Trump no es más que una absurda manifestación de impotencia y un espejo de incapacidad para generar soluciones. Tercero, porque una inmigración masiva y descontrolada nos arrastraría a grandes conflictos de todo tipo. Por eso, bajo ningún concepto se puede alimentar el efecto llamada.

No sabemos qué hacer, pero, desde luego, lo que hagamos debemos abordarlo a nivel europeo. Un solo país es demasiado pequeño, limitado, para hacer frente al fenómeno migratorio. Ni serán fáciles los consensos ni cómodas las medidas, pero se trata de la única vía para tratar de encauzar el fenómeno migratorio. Hasta ahora, no lo hemos conseguido, y los pocos pasos acordados – como el cupo de reparto entre países – resulta sistemáticamente incumplido.

Somos víctimas de nuestra indecisión. El ideal nos marca un mundo sin fronteras. Pero, ¿es eso posible a día de hoy? Claramente no. Si se lanzara el mensaje de fronteras abiertas, millones de personas se dispondrían a la migración de manera inmediata, lo que abriría una crisis sin precedentes en Europa. Por eso, Europa, cuna de las libertades, del Estado social, de los principios de justicia y de solidaridad, se encuentra prisionera de sus propias convicciones, rehén de sus valores. ¿Sociedad en decadencia? Llamémoslo como queramos, pero somos víctimas, como decíamos, de una confusión que nos bloquea, divide e incapacita.

Y como muestra de nuestro desconcierto, nuestra equívoca relación con nuestras propias ONGs, que admiramos y rechazamos, al tiempo. Las financiamos con nuestras donaciones, las combatimos con nuestros impuestos. La pugna de los gobiernos europeos se centra en estos momentos contra las ONGs europeas. Hoy, la que acapara titulares es el barco de bandera española Open Arms, operado por la ONG Proactiva Open Arms. Ayer fue el Sea Watch 3, de bandera holandesa, capitaneado por Carola Rackete, que fue detenida tras desembarcar el Lampedusa 40 inmigrantes salvados del ahogamiento. En otras ocasiones, las protagonistas fueron la alemana Sea Eye, que dispone nada más ni nada menos que de cuatro barcos, o las francesas SOS Mediterranée-Médicos sin Fronteras, que operan el barco Ocean Viking. ¿Héroes o villanos? ¿Solidarios luminosos o cómplices necesarios de las mafias? ¿Idealistas o quintacolumnistas de la gran avalancha? ¿Generosidad inteligente o tontos útiles? ¿Un poco de todo ello? Basta leer los periódicos para encontrar opiniones de todo tipo. En todo caso, no son ellas las culpables. Los responsables son quiénes ejercen el poder o, mejor dicho, quiénes deberían ejercerlo, y que, hasta ahora, se han abstenido de usarlo, al menos en esta materia.

¿Se puede dejar morir a los náufragos? Es evidente que no, el mínimo sentimiento de humanidad nos obliga a rescatarlos y a atenderlos. ¿Podemos permitir que el rescate por ONGs se convierta en una vía de entrada normalizada? Tampoco, porque si así fuera, miles y miles de embarcaciones se harían a la mar, a la espera de ser rescatados, mafias y organizadores varios mediante. Europa debe lanzar un mensaje rotundo y claro. Para entrar en sus fronteras debe seguirse un procedimiento legal, conocido, seguro, consensuado y respetado, también por los inmigrantes, por supuesto. ¿Cómo conseguirlo? Pues esa es, precisamente, la cuestión.

Todo parece apuntar a que seguiremos entre dudas y vacilaciones, cebando a los Salvinis de turno, pescadores oportunistas en el río revuelto que nuestra indecisión agita. El Open Arms no es más que el enésimo síntoma de una sociedad decadente que hace ya tiempo dejó de asombrar al mundo para convertirse en una hermosa pastelería con un débil cristal como escaparate…

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