Sábado, 20.10.2018 - 11:21 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

La fábula del tonto que llegó a alcalde 

No sé que pensará usted, pero yo, al menos, estoy más preocupado cada día. ¿Qué cómo que por qué? Pues porque me temo que nos conducen al precipicio cierto – económico, político, de convivencia -, sin que nada hagamos para evitarlo. Algunos, sin fortuna, nos empeñamos al menos en advertirlo, sabedores de que nuestras palabras se perderán en el vacío de la indiferencia. Nos vamos a despeñar, seguro, si así seguimos. Pero, nada, ni caso. Como la Casandra maldita, condenados parecemos a predecir, sin ser creídos, un futuro malo, malísimo, entre las carcajadas gubernamentales que por locos nos toman. Sus risas de hoy pronto se trocarán en lágrimas amargas, lágrimas que, desgraciadamente, serán vertidas no sólo por los que nos empujan hacia el vacío – que también -, sino por todos los pasajeros de esta nave patria. Sánchez, insensato, no levantará el pie del acelerador, empeñado como parece en arrojarnos al precipicio amenazador que se muestra a nuestro frente. En su huida hacia adelante, sabe que sólo tiene una opción: tomar velocidad. Él cree que para despegar y volar, pero nosotros nos tememos que será para despeñarnos, porque ya se sabe, los autobuses no vuelan.

¿Pesimistas? Pues visto lo visto sí, y mucho, además. O al menos, así lo somos unos pocos todavía, porque la mayoría de los pasajeros de esta España de nuestras entretelas, parece festejar con alborozo la colorida conducción de nuestro inefable Sánchez. Y eso dicen las encuestas. Donde algunos vemos un abismo en el que nos precipitaremos con gravísimo quebranto, muchos todavía, abducidos por las bonitas palabras del presidente, aprecian una pista de lanzamiento que nos elevará sobre el cielo del progreso. ¿Precipicio? – nos desprecia Sánchez -. “Bah, cosas de franquistas enquistados, de melancólicos irredentos. Seguidme, gentes de la izquierda auténtica y de los nacionalismos victimizados. Con mi impulso proverbial volaremos sobre el firmamento azul de la justicia social y del progreso”. Y, coherente con su particularísima visión, jaleado por millones de hooligans, pisa con fuerza el acelerador del desatino, mientras nos acercamos veloces al precipicio oscuro, cada vez más cercano. En vez de frenar, aún que estamos a tiempo, aceleramos hacia ese vacío que nos engullirá, según nosotros, o que nos elevará hacia los astros luminosos de un mañana mejor, según los muchos. Ojú, qué miedo da.

Por sus obras los conoceréis. Pero, antes, también por sus palabras. Y Sánchez conjuga con gozo y alevosía las seis palabras del sortilegio infalible para la catástrofe por venir: déficit, gasto público, deuda, impuestos, confrontación y soberanismo. Su discurso es la combinación diversa de estas expresiones, como podrá comprobar en muchos de sus discursos. Y en estos tiempos de subida de tipos y de prima de riesgo, de temblores en una Italia demasiado parecida a nosotros, estas palabras nos serán devueltas en forma de eco desgarrado. Y volveremos a escuchar aquellas expresiones malditas que quisimos olvidar para siempre: paro, desaceleración, impago, crispación, enfrentamiento, inseguridad y ruina.

¿Abismo o pista de lanzamiento? ¿Cómo es posible que no nos pongamos de acuerdo en lo que tenemos delante mismo de nuestras narices? ¿Caeremos o despegaremos? ¿Cómo, viendo lo mismo, interpretamos realidades absolutamente opuestas? Pues es fácil entenderlo. Percibimos la realidad a través de las gafas de nuestra ideología. Las personas, desde nuestro innato subjetivismo, tendemos a interpretar la realidad que nos rodea a través de un prisma ideológico, de presunciones axiomáticas, de paradigmas acendrados. Usted, yo y el vecino del quinto, para que todos nos quedemos tranquilos. La ley Campoamor define en verso ese sesgo congénito. En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira, / que todo es del color / del cristal con el que se mira. Pues eso, las cosas no son como son, son como las vemos. El prisma ideológico cambia según las personas y los paradigmas dominantes de cada época. Y Sánchez, ideologizado hasta decir basta, observa una rampa de despegue donde otros apreciamos un abismo y descubre una pradera verde dónde otros advertimos un aterrador precipicio. Una de las dos visiones, necesariamente, tiene que estar equivocada, no pueden resultar ciertas al mismo tiempo. Será el juez incorruptible de la historia quién juzgue con severidad lo que ahora acontece. Pero por entonces, qué pena, ya será tarde: el daño ya estará hecho y nuestras costillas baqueteadas.

Hemos tenido mala suerte. El hombre equivocado en el peor momento posible, el gobierno que más daño causará a nuestra economía y a nuestra convivencia desde los inicios de la democracia y eso que Zapatero hizo todo lo posible que resultar insuperable. Pues nada, Sánchez triturará el récord de su incompetencia. Basta ver sus idas y venidas, dimes y diretes, requiebros y retruécanos, digos y diegos, para comprender que tiene por brújula el vórtice de un tornado. Mala suerte, la nuestra, repetimos. Purgaremos durante mucho tiempo el error que cometimos al entregarle la gestión de nuestras pensiones, de nuestras haciendas y de nuestra convivencia a este presidente desmedido e insensato. Nos creímos aquello de las prontas elecciones y resultamos vilmente engañados. A Sánchez le gusta el poder y no lo soltará fácilmente.

En Sevilla, la anécdota es famosa. En el franquismo, nombraron alcalde al presidente de un conocido club social. Los miembros de su junta directiva, medio en serio, medio en broma, como se dicen estas cosas en la tierra de María Santísima, le espetaron. “Hasta ahora, sólo nosotros sabíamos que eras tonto, ahora se enterará la ciudad entera”. Pues eso. Eleva al personaje para que todos lo conozcan. A Sánchez lo conocían los suyos, ahora lo padecemos todos. Y si no, que se lo pregunten a Susana Díaz, que aún no termina de comprender cómo prefirieron a un Sánchez al que despreciaba porque lo conocía. Ahora, lo descubrimos con estupor todos los españoles y lo que te rondaré, morena. Y, en estas estábamos, cuando nuestro presidente se apuntó a los viajes de estado, al boato del poder, al paseo con ocho guardaespaldas por Times Square, a las fotos con las celebridades, a las loas de los tabloides internacionales. Y, claro, una vez que ha probado sus mieles, a ver quién es el guapo que lo baja del avión presidencial. Hasta ahora sólo lo conocían algunos de los suyos, nosotros lo vamos conociendo ahora, pero pronto, atención, lo descubrirá el mundo entero. Que tiemble nuestra prima de riesgo, nuestra capacidad de endeudamiento, nuestro prestigio internacional, en cuanto por ahí se percaten de que un personaje como Sánchez pueda ser el custodio del tesoro español.

Las consecuencias de sus desatinos ya están aquí: las inversiones se paran, el dinero se marcha, el paro crece, las contrataciones se posponen, el consumo se ralentiza, las pensiones tiemblan. Y Sánchez, dale que te pego, con su letanía de impuestos, soberanismo, deuda y déficit. Dónde él y los suyos aprecian futuro, nosotros advertimos ruina. Quizás sea cosa de las gafas ideológicas de cada uno, quién sabe, pero yo, cada día, estoy más preocupado. ¿Y usted? ¿Cómo se siente?

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