Domingo, 25.08.2019 - 09:42 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Ley de la verdad, el ruido y la furia

Queremos enterrar a la Guerra Civil, pero no nos dejan. Queremos mirar al XXI, a su excitante reto digital, pero una y otra vez nos anclan al pasado de una guerra maldita. Queremos convivir pacíficamente, pero nos arrojan a una de las trincheras del frente. Queremos hablar de futuro, pero el norte parece situarse en lo acontecido ochenta años atrás. Queremos sosiego, pero nos enfrentan. Queremos que todos los muertos descansen en paz, con dignidad, pero parece que sólo los de un bando son merecedores de esa dignidad consagrada en el BOE. Queremos leyes de concordia, no leyes de revancha. Queremos paz, pero siempre nos terminan hablando de guerra.

¡Claro que hace falta conocer! ¡Claro que es buena la memoria si quiere conocerlo todo de todos y no sólo parte de una parte! Porque ese es el problema. La parcialidad. Existen cuatro enfoques posibles para abordar el doloroso asunto de la memoria de la Guerra Civil. Tres de ellas ya las conocemos, la cuarta es, todavía, un sueño por venir.

El primero, se desarrolló en el franquismo. Consistió en tapar el crimen propio y señalar el ajeno. Glosaron un pasado mitificado por las hazañas propias y por la saña y crueldad de los malvados rojos. El bando ganador se sentía seguro y asentó su relato propagandístico: Franco habría librado a España de las desgracias del comunismo y de la disolución de la Patria. Fue una visión sesgada y sectaria, de buenos y malos. A partir de los sesenta, la Guerra dejó de estar presente en la mayoría de las vidas. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, para que nada aguara la fiesta de la década milagrosa del desarrollismo. Si todo iba a mejor, ¿para qué levantar las alfombras de un pasado nauseabundo? Este enfoque, claramente parcial e injusto, no podría sostenerse en el tiempo.

La Transición trajo consigo un segundo enfoque, la visión de la concordia. La Guerra Civil fue un trágico error que nunca debimos cometer. Una sangrienta matanza que jamás debería volver a ocurrir. Y para ello se apostó por la concordia y por superar la anterior versión sesgada de los buenos y malos. Cada persona o partido podía pensar lo que quisiera o sintiera, pero la legislación era neutra en la materia. La recién inaugurada democracia se propuso convertirse en el antídoto contra el virus de las dos Españas condenadas a enfrentarse. Y el antídoto funcionó. La democracia española acogió a todos los españoles en su seno y nos permitió convivir en paz y concordia durante cuarenta años. La Transición miró a la Guerra como un espejo en el que jamás deberíamos volver a mirarnos e hizo todo lo posible para que jamás volviera a acontecer.

Y la guerra parecía difuminarse en el vaho del recuerdo hasta que Zapatero aprobó una Ley de Memoria Histórica abiertamente sesgada. Tercer enfoque: se regresaba a la versión oficial y sectaria de los buenos y los malos. Como ya se hiciera en el franquismo, pero el revés. En este caso los héroes serían los del bando republicano y los malos, malísimos, los azules. Dignidad, gloria y calles para unos, vergüenza y oprobio para los otros. Si los hijos de quienes hicieron la guerra buscaron la concordia a toda costa, algunos de sus nietos se empeñaron en reavivar las ascuas casi apagadas del rencor. Y quitaron calles - en ocasiones - a asesinos de un lado para ponérselas – en ocasiones – a los asesinos del otro. De asesino a asesino y tiro porque me toca, vulnerando un principio de sentido común: si queremos quitarlos, quitémoslos a todos, si queremos dejarlos, dejémoslos a todos. Pero no, la ley sólo apunta a unos, por eso tan franquista y sesgado de los buenos y malos.

Aunque la Ley de Memoria Histórica contiene algunos aspectos positivos, encierra en su ser el sectarismo que la invalida. No es una ley de conciliación, es una ley de revancha. No busca conocer lo que exactamente ocurrió – en lo que todos estaremos de acuerdo – sino que, condenando de antemano al bando vencedor, juzga con saña a sus personajes y actos. Es una ley de división, de buenos y malos. Este tercer enfoque pretende enterrar el espectacular avance de la convivencia que supuso la Transición y sólo conseguirá sembrar rencor y división.

Y ahora, tras el culebrón de la exhumación de Franco, Sánchez propone una Ley de la Verdad. Sólo el título nos hace temblar. La verdad revelada por el profeta Sánchez y sus expertos bien seleccionados descenderá sobre nosotros y nadie podrá dudar de ella. Y esa verdad, huele a mentira, porque será sectaria. Ley de la Verdad. Y recordamos el bellísimo y sabio poema de Machado. “¿Tú verdad? /No la verdad; y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”.

La verdad – si es que ese concepto puede ser legal – habrá que buscarla entre todos, compartiendo, aprendiendo juntos. Y ese concepto machadiano del camino común para buscarla debería iluminar el mejor de los enfoques para asentar la memoria de la Guerra Civil entre nosotros. Se trataría de conocer con exactitud qué ocurrió sin premisas sectarias previas de buenos y malos. Y se trataría de conocer lo que de verdad ocurrió en los dos bandos y no tan sólo en uno de ellos. Que los modelos de buenos y malos propuestos por los franquistas, en el pasado, y por Zapatero-Sánchez en la actualidad, no conducen sino a medias verdades, que es la mentira mayor. Su fragante sectarismo irrita y divide porque los muertos están en ambos lados y sus descendientes, por igual, querrán dignificar su recuerdo. Que descansen en paz.

Pero, en este clima de crispación, es difícil siquiera el plantear el cuarto enfoque integrador, que intentara sin éxito representar a la Tercera España conciliadora y, al parecer, imposible. No se puede discrepar ni matizar la neolectura sesgada y oficial de la historia, a riesgo de ser tachado de inmediato de fascista. No lo soy y me siento muy alejado de esa lectura tendenciosa de la guerra, que busca de nuevo dividir y que condena la equidistancia con respecto a los bandos que se enfrentaron en la guerra. Yo, en este caso, milito en ella. Y voy a decir un anatema digno de excomunión para los profetas de la memoria histórica y de la Verdad. Vamos a ello: en ambos bandos existieron el idealismo, la generosidad y la crueldad por partes iguales. Ahora y antes, algunos se empeñan a condenar totalmente a uno de ellos para alabar en igual medida al otro, pero, si algo podemos considerar como verdad, es que ambos lucharon y murieron valientemente por sus respectivos ideales. Que hubieron buenos, malos y malísimos en ambos bandos, responsables a su vez de actos heroicos y de matanzas abominables. Conozcámoslos, de verdad, si eso nos deja tranquilos, los de los unos y los de los otros. Pero, esto no gusta, esto no se quiere. ¿Por qué? Pues porque no se trata de conocer la verdad, sino tan sólo – y vuelven a pisotear a Machado – la de una de las partes.

Como en cualquier fase previa al totalitarismo, se cosifica al rival, se le sustrae su realidad humana. Ya sabemos la actual versión oficial: los que lucharon en el bando nacional eran seres malignos, siervos del capital, facciosos furibundos. Los que lo hicieron en al bando republicano, nobles idealistas, luchadores por la libertad, víctimas inocentes de la barbarie fascista. Tan sesgado como falso. En la Guerra Civil la sinrazón y el odio enseñorearon los corazones de unos y el de otros. Hubo sangrientos asesinos, pero los hubo por igual en los dos bandos. Verlos tan sólo en el bando republicano, cómo pretendió durante décadas la propaganda franquista, o señalarlos tan sólo en el conocido como nacional, como se pretende en la actualidad, es de una parcialidad insultante con lo acontecido. Hubo héroes y villanos en ambos bandos, tan fácil de entender como difícil de asumir para los que sólo desean glorificar lo propio y condenar a lo ajeno. La eterna historia de los buenos y de los malos. Buenos los míos; malos, malísimos, los de enfrente. Y lo grave es que estos esquemas simplistas funcionan con eficiencia demoledora. Y como funcionan, se utilizan sin pudor, por los unos y otros, irresponsablemente.

La Ley de Memoria Histórica pudo haber sido un texto que resolviera alguna de las fragantes injusticias y heridas aún abiertas, como las de las fosas comunes en las cunetas de la carretera. Pero le faltó generosidad y le sobró sectarismo. Al final, no se engendró una ley de concordia, sino una ley de revancha, que era lo último que necesitábamos.

Es bueno que conozcamos. Acabo de leer el libro de Diego Abad de Santillán, pseudónimo de Sinesio Baudilio García Delgado, anarquista leonés que se convertiría en uno de los principales dirigentes de la CNT-FAI en Cataluña. En la noche del 18 al 19 de julio de 1936 se presentó junto a otros dirigentes ante Lluis Companys para demandar la entrega inmediata de armas para los anarquistas. Fue consejero de Economía de la Generalitat de Cataluña (1936-1937) pero, sobre todo, fue anarquista. Tras la guerra, al comenzar su exilio, escribió un libro fundamental para conocer la contienda que tituló Por qué perdimos la Guerra. Fue publicado en Buenos Aires en 1940 y pretendió responder a la cuestión fundamental: cómo pudo el Gobierno de la República perder la Guerra Civil con todos los factores a su favor. Las reservas de oro, la industria de armamento, la práctica totalidad de la Flota y casi la mitad de las Fuerzas Armadas y de Orden público sujeto a su disciplina. La lectura del libro es apasionante y refleja el punto de vista de un anarquista convencido y coherente. Entre otras causas, describe la fuerte injerencia soviética en el Ejército Popular y la guerra sucia abierta contra el anarquismo. Denuncia la existencia de checas comunistas donde se torturó hasta la muerte a centenares de cenetistas, se lamenta por los muertos anarquistas fusilados por los comunistas y enterrados en cunetas y bajo el firme de carreteras. Da pelos y señales de lugares y pueblos. ¿Quién se acordará de ellos? Si esos crímenes ocurrieron en el bando beatífico… ¿A quién le importarán esos muertos? La miseria salvaje anidó en unos y otros. Existieron la plaza de toros de Badajoz y también Paracuellos. Existieron fusilamientos y paseos. Existieron cárceles y checas. Existió el terror abominable en ambos bandos y no sólo en uno de ellos. Si queremos conocer la verdad, conozcámosla por entero.

La visión sectaria de la ley idealiza a los unos y condena a los otros. Y claro, así no habrá manera de convivir, ya que nos empujan a una vía interminable de resentimiento, revancha y rencor. Una pena. Este tema podríamos superarlo en un camino compartido. No sería difícil. Pero algunos se empeñan en incendiar los puentes que unen. ¿Por qué? Pues porque quieren enterrar a la Transición y saben que la mejor manera es incendiándola con el fuego sectario de la pasión por una memoria parcial y sesgada.

Ley de la Verdad, ruido para generar furia. Donde pudo haber sosiego, se siembra la cizaña intencionada del enfrentamiento. Donde pudo haber reconciliación, se esparce la semilla del odio y el rencor. Y quien siembra vientos, tempestades recogerá. Así fue, desde siempre, así, desgraciadamente, será, para siempre.

Y lo más preocupante es que eso, precisamente, es lo que parecen desear...

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