Viernes, 24.05.2019 - 01:46 h
Godivaciones
Profesora de Economía de la Universidad CEU-San Pablo

Los tiempos muertos de la economía

Esta semana tan festiva en Madrid se ha abierto con la aplicación del decreto que exige controlar las horas de trabajo “real” de los españoles. Las empresas, la mía incluida, aunque hasta ahora hayan respetado el horario de sus trabajadores, están obligadas a contar con un sistema de control de la jornada de los empleados. De esta manera, se intenta evitar que algunas empresas abusen de algunos empleados y les hagan trabajar horas extra sin cobrar. Pero, por otro lado, algunos empleados que salen a fumar su cigarrito, o paran para tomarse un café, por ejemplo, van a tener que descontar ese tiempo de su horario laboral. En mi caso, como profesora, me pregunto si debo dejar de preparar las clases de la semana los domingos por la tarde, o de corregir en festivo, como el pasado miércoles. La mayoría de las universidades que conozco saben compensar esas horas con flexibilidad respecto al tiempo de permanencia en el despacho que dedicamos los docentes. Pero también sé que hay de todo en todos lados y algunos profesores abusan de esa “manga ancha”. No creo que el gobierno deba meterse en ese tema: si la empresa lo consiente, allá la empresa.

Sí me parece bien que se cumplan los contratos y que las leyes hagan cumplirlos. El abuso por parte de algunos empresarios es tan evidente como el absentismo de algunos trabajadores. La semana pasada, en la que tuve el privilegio de impartir algunas clases en la IULM de Milán, el profesor que me invitó me comentaba : “Aquí empezamos puntualmente”. Y pensé que la puntualidad no debería ser un hecho extraordinario, ni en la universidad privada, ni en la pública, ni en ninguna empresa. Forma parte del contrato trabajar durante un tiempo fijado que abarca desde una hora concreta hasta otra.

Ahora bien, si nos fijamos en lo que suele suceder en nuestro país, no sólo en este ámbito, sino en todos, creo sinceramente que no se va a solucionar el problema, allá donde lo hubiere.

Algunos empresarios, aquellos que abusan de las horas extra no pagadas, pueden agenciárselas para seguir haciéndolo. Algunos trabajadores, aquellos que pierden el tiempo y cobran por él, también se las apañarán para seguir escurriendo el bulto. Pero, sobre todo, los demás, es decir, aquellos empresarios y trabajadores honestos, van a ver enrarecido el ambiente laboral. No más flexibilidad. ¿Es la única manera de evitar la “precarización” de los contratos? Tal vez, eliminar las rigideces del mercado laboral permitiría que los contratantes pudieran elegir a las personas más adecuadas para un puesto de trabajo concreto. Posiblemente, eso facilitaría que se contratara a más largo plazo, en mejores condiciones. Y, además, la asignación de recursos de nuestra economía sería mucho más eficiente. Eso nos beneficia a todos.

La imagen del empresario varón, con cara de pocos amigos, que conspira contra el ingenuo y desprotegido obrero para sacarle la sangre del cuerpo, contrasta con la realidad española. Una realidad en la que el número de trabajadores medio por empresa está entre 4 y 5, según el informe que el Círculo de Empresarios publicó el año pasado. No es que en nuestro tejido empresarial dominen las pequeñas y medianas empresas. Y, menos aún, las grandes empresas, señaladas, demonizadas y escarnecidas en la prensa habitual, para vergüenza nuestra. España es un país de microempresas. Y, en esas condiciones, la posibilidad de mejorar los salarios reales, es decir, de eliminar la precarización de la economía, es muy remota. La productividad es mucho menor. La resiliencia frente a las crisis es inferior a la de la gran empresa. La estabilidad del empleo tampoco mejora la de empresas de mayor envergadura. Y, sin embargo, la solución no es fomentar el crecimiento de las empresas, sino poner máquinas para fichar. Sorprendente, ¿no?

Eso sí, quedas muy bien si eres un popular parlanchín televisivo y, en prime time, criticas a un empresario de éxito porque ha dado el salto a la política. Te ganarás el aplauso popular si sugieres que va a “comprar el hemiciclo” y a hacer favores para poder exigir su compensación de vuelta. Esa manera de sembrar la semilla de la maledicencia es típico de comunicadores al servicio del régimen. Los medios afines al poder, siempre medrando. Por supuesto, en nombre de los pobres. Porque Bob Pop, personaje que se autodefine como “voyeur” y crítico de la realidad, se erigía como portavoz de los pobres en el programa 'Late Motiv', del que cobra mucho más que cualquiera de los que dice representar. La desvergüenza de presentarse como referente de los pobres, cuando jamás has trabajado en una empresa y no has pasado de “tuitero de la audiencia” o crítico de moda de publicaciones de izquierda radical, es descomunal. Contrasta con el obrero que portaba sobre los hombros una placa de “pladur” y se declaraba votante de VOX porque “con la derecha el obrero vive mejor”. No quiere decir eso que todos los obreros sean de derechas, o que todos los periodistas de izquierda radical sean sinvergüenzas. Sólo en este caso.

Necesitamos un “tiempo muerto” para replantearnos qué empresarios queremos para afrontar todos los cambios que ya tenemos encima en este siglo XXI. El esquema patrono/obrero predicado por el moderno Bob Pop está muy obsoleto. Y la composición de nuestro tejido empresarial, también. Es asfixiante para el empleador y para el empleado y elimina la agilidad que los retos empresariales, como la transformación digital, por poner un ejemplo, nos plantean. Que alguien se lo explique a este señor, por favor.

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