Jueves, 18.10.2018 - 05:40 h
En la frontera

El pan nuestro de cada día, con permiso de las eléctricas

Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola desde hace 13 años, lo sabe todo del mundo de la energía, de la empresa y también de la política. Miembro de la élite empresarial desde hace más de dos décadas observa la realidad desde la seguridad que da haber alcanzado la cima. No todo el mundo puede colocar en su curriculum que es miembro del Consejo Asesor Presidencial del Massachusets Institute of Technology (MIT). Por eso Sánchez Galán -9,5 millones al año, euro arriba, euro abajo- coloca cada debate en su lugar. Por ejemplo el de los precios de la luz.

Para el empresario salmantino, el debate de estos días acerca de la pobreza energética y la escalada de los precios de la electricidad está un tanto desenfocado. En el Congreso, en un acto de homenaje a los 40 años de la Constitución, Sánchez Galán explicó que el precio unitario del kilovatio hora en términos homogéneos -es decir, sin incluir impuestos- ha aumentado desde 1978 un 45% menos que el de bienes básicos como el pan o un 40% menos con respecto a la evolución del metro cuadrado en una ciudad como Madrid.

Las cuentas de Sánchez Galán pueden ser correctas, pero la perspectiva sobre la evolución de los precios cambia cuando se analizan periodos más cortos. La organización de consumidores FACUA sostiene con datos fundados que en 15 años, el pan ha subido un 39%, mientras que la luz se ha disparado un 92% con impuestos y un 84% sin. El cristal, el color, el tiempo y la mirada.

Números al margen, Sánchez Galán expresó en voz alta una idea que comparten todos los empresarios del sector energético: la sensibilidad de la ciudadanía ante las subidas del recibo de la luz es exagerada; suben más otros productos de primera necesidad o de ocio y no se dan las mismas quejas. Basta con analizar la evolución de los precios...sin impuestos.

Impuestos y negociaciones

Lo que Sánchez Galán y sus colegas olvidan es que los ciudadanos pagan una factura que no ha caído del cielo por partes. El recibo eléctrico y sus impuestos es consecuencia de décadas de negociaciones, algunas vergonzantes, entre el lobby más potente que ha habido en España -con permiso de Propollo en el sector avícola- y todos los Gobiernos. Todos. Es cierto que la factura eléctrica contiene impuestos metidos con calzador y para fines que nada tienen que ver con la energía. Pero esos impuestos utilizaban la plataforma del recibo para compensar favores recibidos en el pasado.

El presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, condecorado por la Guardia Civil.
El presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, condecorado por la Guardia Civil.

Porque favores ha habido. Por no remontarnos más atrás, desde 1985, el Estado –dinero de todos- ha estado al quite de todos los problemas del sector. En un rápido repaso se pueden mencionar los intercambios de activos entre empresas que tuvieron lugar a finales de 1985 (y otros acordados a finales de 1993) y los procesos (fusiones, alianzas...), que con el capote del Estado favorecieron las posiciones competitivas de determinados grupos empresariales.

Hace seis años, el autor de estas líneas escribió que el recibo de la luz es un papel que no se mira y que nadie recuerda que haya bajado nunca. Se puede comparar, decía, con una gran marmita en la que se han arrojado tantos ingredientes que nadie los recuerda con detalle. Periódicamente, la olla hierve y algunos ingredientes, olvidados, llegan a la superficie.

Sin cambios

No ha habido muchos cambios. En su última comparecencia, la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera afirmó que “el recibo de la luz es un gran desconocido que nadie entiende”. Si lo dice una ministra del Gobierno, algo de razón tendrán los usuarios. Sucede que algunos de los ingredientes que cayeron a la olla no los quieren recordar ni quienes los trocearon.

Por mencionar solo algunos de esos ingredientes: moratoria nuclear (1984) por la que las eléctricas ingresaron 4.383 millones de euros que los usuarios han pagado hasta hace tres años; los famosos costes de transición a la competencia (CTC) aprobados en 1998 por los que las compañías ingresaron 9.000 millones, entre denuncias de cobro excesivo y el déficit de tarifa el invento que se sacó de la manga el exvicepresidente Rodrigo Rato en 2002 para hacer populismo con el recibo. Nominalmente la factura no subía más del 2%, pero la diferencia se apuntaba a favor de las eléctricas, con sus intereses.

La lista de ingredientes ha dado forma a la factura. Tratar de separar ahora los tropezones del guiso es difícil y tiene su mérito. Aunque no es la razón por la que la Guardia Civil ha impuesto este año la Cruz de Plata del Mérito a Sánchez Galán.

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