Martes, 21.05.2019 - 11:28 h
En la frontera

Todos contentos, y las eléctricas más

Las grandes empresas de electricidad y de gas están contentas. El Gobierno de Pedro Sánchez ha cumplido con las exigencias de la Comisión Europea y ha presentado sus planes medioambientales en el horizonte del año 2030 sin desmontar demasiado el mecano. Podría haber sido peor. El negocio se mantiene. Basta con tomar el nuevo carril de las energías renovables, siguiendo la dirección y sin cambiar de sentido. Porque ya se sabe: dirección y sentido no son lo mismo.

El Ejecutivo ha hecho los deberes y ha enviado a Bruselas un plan –el Plan Integrado de Energía y Clima, PNIEC- que agrada a las empresas. No hay más que ver cómo han valorado la iniciativa gubernamental ante sus accionistas los grandes empresarios del sector: Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola, recién renovado en el cargo, y el nuevo hombre fuerte de Endesa, José Bogas.

Sánchez Galán siempre intenta ir un poco más allá que sus colegas. Es la marca de la casa. Cuando está enfadado, está más enfadado. Cuando está contento, también está mucho más contento. Se le notó en la última junta de accionistas celebrada en Bilbao, a la que se presentó con beneficios récord (3.014 millones). Allí aseguró que el plan de energía del Gobierno 2021-2030 es "ambicioso", pero "realizable", y puede proporcionar a España "una posición privilegiada en el proceso de transición energética".

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Las grandes compañías han apoyado  los planes medioambientale de Sánchez. / EP

Bogas también manifestó su alegría ante los dueños (Enel) y los accionistas. Coincidió con Galán en que el plan medioambiental de Sánchez es “ambicioso”. Añadió unas cuantas flores: en su opinión, está en línea con el reto de la sostenibilidad; los objetivos son alcanzables; permitirán modernizar la economía y supondrán una elevada capacidad de generación de empleo. Alguien podría pensar que los dos grandes del sector, que se reparten el negocio nuclear y los ingresos regulados a mucha distancia del resto de compañías, se han puesto de acuerdo para respaldar la política energética del Gobierno. Y tendría razón.

El salto a las renovables de los señores de la energía no se produce en el vacío. Tampoco se debe a su sensibilidad medioambiental. Han mudado de opinión porque el negocio ha cambiado de lugar. Los beneficios están en el lado de las renovables y en la lucha contra el cambio climático. El PNIEC de Sánchez gusta en las grandes empresas porque apuesta más por los grandes parques de renovables, al estilo de los 2.000 MW fotovoltaicos anunciados por Iberdrola en Extremadura, y no por los pequeños proyectos.

Los grandes del sector creen que la rentabilidad está asegurada por varias razones: porque podrán participar como protagonistas en el desarrollo renovable; porque podrán utilizar como respaldo instalaciones que ahora están infrautilizadas, como las centrales de gas y porque mantendrán el control del corazón del sistema: el mercado mayorista de electricidad donde se fijan los precios. Todo ello a pesar de que, como se ha demostrado, ese corazón no está libre de “influencias” por emplear un término suave.

Las compañías de siempre podrán también representar a los pequeños productores a los que les sobre electricidad. Serán compensados con un sistema –la facturación neta-, calculado mensualmente y menos agresivo para las cuentas de las eléctricas que el llamado “balance neto”. Así que todos contentos. España cumple con Bruselas y cambia el rumbo energético, pero sin hacer destrozo.

La pelea para cambiar el sistema en profundidad queda para más adelante. De momento, es una batalla que libra, tímidamente, el director del Instituto para la Diversificación y el Ahorro de Energía (IDAE), Joan Herrera. El IDAE explora vías más ajustadas a lo que esbozan las directivas europeas, como los mercados locales de energía. Son experimentos para dar protagonismo a las pequeñas fuentes de generación renovable, instaladas cerca de un consumidor conectado a la red de distribución. Una forma de ahorrar costes y dar flexibilidad al sistema. Es lo contrario de lo que satisface a los gigantes del sector, que han pactado hasta un calendario de cierre de nucleares que también deja contentas a todas las partes. Pasó la tormenta, se fue el nublado.

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