Domingo, 16.02.2020 - 20:46 h

Cinco momentos en los que el deporte fue política

El sábado en el Eurobasket se vivió uno de esos partidos que tienen más significado político que deportivo: Macedonia, que mantiene un conflicto territorial histórico con Grecia, le ganaba jugando al baloncesto por primera vez. Buen momento para recordar otros cinco ‘partidos políticos’.

Deporte y política es una mezcla indisoluble. La historia lo ha demostrado. A veces, es un gesto, como el puño enguantado de Tommie Smith y John Carlos en México’68, lo que le da esta trascendencia. Otras, sin embargo, el simple partido ya es un acto político. Como el Grecia-Macedonia de baloncesto del sábado, aquí están otros cinco enfrentamientos que eran política antes de jugarse.

La Preguerra Mundial de Max Schmeling y Joe Louis

Schmeling era el estandarte del régimen nazi de Adolf Hitler; Joe Louis, el hombre que debía acabar con su dominio. La primera pelea, en el Yankee Stadium de Nueva York, fue en 1936 y acabó con una descomunal victoria del alemán por KO en el duodécimo asalto. Su triunfo fue una espoleta propagandística para Hitler, y a Schmeling no pareció importarle. “Que el Führer y su gente estuvieran pensando en mí me dio las fuerzas para ganar”, dijo. Dos años después hubo revancha y Joe Louis destrozó a su rival con un KO en el primer asalto. Una premonición de lo que pasaría en la II Guerra Mundial, que comenzaría un año después.

La ‘Mano de Dios’ que vengó las Malvinas

Ya habían pasado cuatro años de la Guerra de las Malvinas, un archipiélago atlántico soberanía de Gran Bretaña que reclamaba Argentina, cuando llegó el Mundial de México’86. Y el cruce de contra Inglaterra. Y el mejor gol de la historia. Y la Mano de Dios. Todos conocemos esos goles, los dos más míticos de la carrera de Diego Armando Maradona, pero no hay mejor manera de definir la trascendencia política del partido que las palabras de Maradona a ‘La Nación’ años después: “Era como ganarle más que nada a un país, no a un equipo de fútbol. Íntimamente sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos, que los habían matado como pajaritos. Inconscientemente lo teníamos bien presente. Entonces era más que ganar un partido, más que dejar fuera de la Copa del Mundo a los ingleses. Nosotros hacíamos culpables a los jugadores ingleses de todo lo que había sucedido. Sí, yo sé que es una locura, pero así lo sentíamos y era más fuerte que nosotros. Nosotros estábamos defendiendo nuestra bandera, a los pibes, la verdad es ésa”.

Croacia-Serbia y el genio de Djordjevic

El baloncesto es mucho más que un deporte en los Balcanes, y si de por sí un enfrentamiento Yugoslavia-Croacia era un polvorín a mediados de los noventa, si se dirimía en una pista de basket adquiría otra dimensión. La primera vez que se enfrentaban la Croacia independiente contra Yugoslavia tras la Guerra de los Balcanes ocurrió en España, en el Eurobasket de 1997, y la victoria yugoslava tuvo un final de película: un triplazo de Sasha Djordjevic en el último segundo daba la victoria a los yugoslavos. No cabía mayor humillación para Croacia.

La Guerra Fría en un tablero de ajedrez

Reikiavik, la capital de la pacífica Islandia, acogió en 1972 una guerra en la que los tanques eran torres y las granadas, alfiles. Bobby Fischer, el esquizofrénico y genial ajedrecista norteamericano, del lado del ‘mundo libre’; Boris Spassky, el inaccesible soviético, representando al Telón de Acero en su deporte nacional. El libro ‘Bobby Fischer se fue a la guerra’, que está disponible en castellano, relata magistralmente las tensiones y pasiones que se vivieron en unos días en que la Guerra Fría se reprodujo a escala en un tablero con 64 escaques. La victoria de Bobby Fischer también fue un éxito propagandístico para los Estados Unidos.

El Muro era una portería

En el Mundial de 1974, que se celebraba en la República Federal Alemana, quiso un capricho del destino que se enfrentase el anfitrión contra la República Democrática Alemana. La realidad es que casi nadie quería la victoria de los comunistas del Este: ni sus propios habitantes, anhelantes mayoritariamente de la reunificación. Pero el caso es que Jurgen Sparwasser, el chico que no quiso irse al otro lado del Muro de Berlín a jugar para el Bayern de Múnich porque sentía que era traicionar a la clase trabajadora, metió un golazo que impactó al mundo (la RDA no era nada en el panorama mundial y la RFA, favorita junto a Holanda) e hizo frotarse las manos a los capitostes del Partido Comunista. Ganó la RDA y fue convenientemente utilizada en el conflicto, pero el Mundial lo ganó la otra Alemania.

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