Domingo, 29.03.2020 - 08:59 h
Tras "los locos años veinte"

90 años del jueves negro que hundió al mundo en su mayor crisis económica

Entre 1922 y 1929 la bolsa de Nueva York subió un 218%, es decir, a una media del 20% al año, lo que impulsó las operaciones.

El 24 de octubre de 1929 es una fecha a la que se conoce como "jueves negro". /EFE
El 24 de octubre de 1929 es una fecha a la que se conoce como "jueves negro". /EFE

Alrededor de 1919, una serie de afortunados acontecimientos vinieron a alegrar la vida de los norteamericanos. 'La Gran Guerra' había terminado. Estados Unidos no solo había sido decisiva en esta victoria contra los alemanes, sino que había surgido como la superpotencia económica mundial, desplazando a Gran Bretaña.

Además, los hogares norteamericanos se vieron invadidos por una serie de productos novedosos que no habían existido hasta entonces: lavadoras, aspiradoras, refrigeradores, aire acondicionado, tostadoras, aparatos de radio y hasta algo mucho más sorprendente que era el coche.

La nueva forma de fabricar productos en serie, unida a la euforia gastadora de los norteamericanos, transformaron las fábricas de tal modo que se podían producir productos en masa en poco tiempo. Y baratos.

Por eso la década de los años veinte fue llamada 'the roaring twenties' (los locos años veinte). Las fábricas demandaban más mano de obra, mucha de la cual se surtió de campesinos expulsados de sus tierras por un armatoste novedoso llamado tractor. Pero había mucho trabajo. La tasa de desempleo en 1923 cayó hasta el 2,3%, lo cual era como decir que no había desempleo.

En aquellos años se celebraban tantas fiestas, que el escritor Francis Scott Fitzgerald se inspiró en ellas para escribir 'El gran Gastby' (1925), la historia de un millonario aficionado a organizar exuberantes celebraciones en su casa.

El mundo del cine reflejaba esa alegría en películas como 'Speedy', de Harold Lloyd, donde el protagonista lleva a su chica a Coney Island, el parque de atracciones de Nueva York, un sitio que une en la liturgia de la diversión a ricos y pobres por igual en los años de a abundancia. La estrenó un año antes del Jueves Negro.

Pero como en todas las crisis, aparecieron algunos signos oscuros en el cielo de EEUU que empañaban aquella fiesta inacabable. Empujados por sus bolsillos repletos de dinero, los norteamericanos dirigieron sus ahorros a comprar casas en tierras más cálidas donde disfrutar del sol. Las promociones inmobiliarias en Florida surgieron por doquier, alguna de las cuales tenían nombres tan legendarios como 'Aladdin City', la Ciudad de Aladino, el protagonista de la lámpara maravillosa.

Durante la primera mitad de los años veinte, el valor de las propiedades de Florida subió sin mesura. Los anuncios inundaban las carreteras de EEUU, comparando su rebosante calidez con otros paraísos de turistas como la Riviera francesa. Uno de los más espectaculares lo realizó Carl Fisher, gran promotor de casas en Florida, que contrató un enorme cartel en plena Times Square donde podía leerse. “It’s june in Miami” (Ya es junio en Miami).

Pero como las burbujas siempre se desinflan en un día en concreto, ese día llegó en 1925, cuando la prensa especuló con la posibilidad de que los precios de los terrenos estaban inflados, y que no valían lo que se estaba pagando por ellos. Al detonarse esta bala, los inversores empezaron a vender sus propiedades con prisas, con lo cual todo el tinglado de Florida se vino abajo dejando en la ruina a miles de inversores. El propio Carl Fisher acabó viviendo en una casucha, incapaz de pagar sus deudas.

Portada del London Herald del 25 de octubre de 1929. /L.I.
Portada del London Herald del 25 de octubre de 1929. /L.I.

Eso mismo estaba pasando con la Bolsa de Wall Street pero los norteamericanos no conectaron ambos fenómenos, ciegos como estaban al ver que sus acciones se elevaban como esos modernos aviones que partían del aeropuerto de La guardia. "Invertir en bolsa era el pasatiempo de los norteamericanos", afirmaba la publicación thebalance.com en un reciente análisis sobre aquel golpe de infortunio.

El pasatiempo había tenido un precedente: el gobierno de EEUU había financiado la intervención en la Gran Guerra emitiendo 'Liberty Bonds', (bonos de la libertad). Para convencer a millones de norteamericanos de que los bonos eran fabulosos, usaron caras conocidas como Charlie Chaplin, Douglas Fairbanks y otros famosos actores de la pantalla grande.

Por primera vez en su vida, millones de norteamericanos se convirtieron en bonistas: recibían cada seis meses los intereses de sus inversiones, y consultaban en los periódicos las noticias financieras.

Entre 1922 y 1929 la bolsa de Nueva York subió un 218%, es decir, a una media del 20% al año. Nada podía ser tan rentable como el mercado de valores. Si alguien no tenía dinero para invertir lo podía hacer on margin, es decir, dando una señal del 10%: el resto lo pondría el banco. Y claro, como los precios subían y subían, en poco tiempo el modesto inversor podía pagar al banco su deuda. Así, antes de 1929 se calcula que el 40% de los préstamos realizados por la banca eran destinados a comprar acciones en Bolsa para los norteamericanos.

No eran solo los norteamericanos comunes y corrientes los que se dejaron llevar por esta exuberancia irracional. Los bancos no desaprovecharon la oportunidad. Hasta entonces eran los que movían la bolsa con sus inversiones, pero uno de ellos, Charles Mitchell, presidente de National Citibank, se dio cuenta de que podían ampliar el negocio. Un momento: ¿por qué no convencer a las empresas para que salieran a Bolsa? ¿Y por qué no convencer a los norteamericanos de que podían comprar esas acciones? Les animó a ambos grupos a perder el miedo: la Bolsa era segura.

De la noche a la mañana, Mitchell convirtió a modestos norteamericanos en honestos especuladores, sobre todo, basado en la certeza de que los norteamericanos estaban sedientos de comprar y vender acciones. Con 6.000 dólares podías ser propietario de 60.000 dólares, pues solo bastaba poner el 10%. Además, no era solo un negocio de hombres sino de mujeres. Se estaba viviendo la irrupción de la mujer gracias a la liberación de los prejuicios. No solo tenían ya derecho a votar, sino a fumar, a vestir pantalones, y a llevar las finanzas de la familia, incluidas las acciones.

El telégrafo sin hilos, recién descubierto tras el desastre del Titanic en 1912, podía enviar información sobre la bolsa a través de EEUU en cuestión de segundos. Todos podían observar el comportamiento de las acciones al instante.

Para colmo, el recién nombrado presidente de EEUU Calvin Coolidge, republicano, quería ser el adalid de la prosperidad e hizo suya la frase: "El negocio de los norteamericanos es hacer negocios". Fue nombrado presidente en 1923 y duró hasta el año de la crisis: 1929. No hizo nada para detener la catarata de dinero. Todo lo contrario: dijo que no había que ponerse en medio de este camino.

Y quienes estaban más felices que nadie eran los especuladores profesionales que vivían de la ignorancia de los demás. Compraban acciones en masa, lo cual hacía que subieran de precio, y luego las vendían a los incautos, llevándose ellos las ganancias, y dejando al pequeño inversor con pérdidas.

En 1929 Herbert Hoover sucedió a Coolidge como presidente de EEUU. Y aunque desconfiaba del fenómeno bursátil que se estaba viviendo, no quería cometer la temeridad de detener la ola. En marzo de ese año el banquero Paul Warburg avisó de que aquella orgía de dinero iba a conducir al país al desastre.

Basados en su olfato animal, los agiotistas profesionales comenzaron a salirse de Bolsa desde ese mismo marzo de 1929. La bolsa cayó, lo cual era preocupante comparado con los meses anteriores. Entonces, los bancos metieron dinero en Bolsa para sostener el mercado, y así, renqueando, estuvo el mercado hasta que en agosto, la reserva Federal aumentó los tipos de interés del 5 al 6%. Es decir, restringió la circulación de dinero. Era justo lo contrario que hizo el presidente de la Reserva Federal 80 años después tras la crisis de 2008. Ben Bernanke bajó en 2009 los tipos de interés e inyectó toneladas de dinero al mercado. Y lo hizo porque no quería que se repitiese la sobrecogedora historia de EEUU aquel jueves de 1929.

A principios de octubre de 1929 el presidente del banco central de Gran Bretaña calificó la bolsa de Nueva York de "una orgía de especuladores". Poco después, dos editoriales de 'The New York Times' y 'The Wall Street Journal' avisaban de que la bolsa era eso: una orgía.

A partir del día 20 de octubre, los principales medios de prensa de EEUU daban cuenta de la caída de la Bolsa. Los inversores estaban escapando. El día previo al Jueves Negro, 'The Washington Post' alarmó a los lectores con el siguiente titular. "Una oleada de ventas crea pánico a medida que las acciones se derrumban".

El jueves 24 de octubre de 1929 llegó el fin. El índice cayó un 11% a primera hora de la mañana y se liquidaron 12,9 millones de acciones. Los bancos intentaron amortiguar el daño comprando acciones a lo loco y el mercado solo perdió un 2% al final del día. Pero el lunes y el martes siguiente, la bolsa se derrumbó.

Millones de personas endeudadas vieron que por cada dólar de inversión solo recibían unos céntimos. Todos querían vender de modo que se acentuó el colapso. Las empresas quebraban, las familias quebraban y el espíritu festivalero de los años veinte se hundió en pocos días.

Como resultado, el desempleo se disparó a tasas desconocidas en los años posteriores: casi el 20% de la fuerza laboral quedó en la calle, cifra que permaneció igual durante casi toda la década de los 30.

Como resultado, el gobierno aprobó en 1933 la ley Glass-Steagall por la cual se obligó a los bancos a separar sus actividades comerciales de las de inversión. Es decir, los bancos no podían arriesgar los depósitos de sus clientes, invirtiéndolo en donde les diera la gana.

La década de los 30 fue desesperada. Muy dura. En 1939 John Steinbeck escribió 'Las uvas de la ira', una larga novela sobre la historia de una familia de agricultores de Oklahoma llamados Joad: sin dinero para afrontar las deudas, el banco se apropia de sus tierras y ellos emigran hacia California, llevando en sus destartalados vehículos las pobres pertenencias, para sobrevivir recolectando uvas.

Steinbeck recibió el Pulitzer por ese abrumador trabajo en 1940. Un año después, EEUU entró en la Segunda Guerra Mundial y sus fábricas volvieron a relucir.

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