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Un viaje a través de la selva y la historia por Yucatán

Momentos placenteros, tesoros escondidos, selva, playas infinitas, carreteras imposibles... toda una aventura.

México


A vista de pájaro sólo se percibe, a un lado un horizonte de selva verde esmeralda, profunda y densa, impenetrable y, al otro, playas de arena blanca y aguas de azul cobalto. En invierno, cuando el frío sobrecoge a la vieja Europa que se protege con abrigos y bufandas, el Caribe se mantiene templado como un refugio para gente en sandalias y bermudas, convirtiéndose así, en uno de los destinos más atractivos a los que viajar. Atravesar la península del Yucatán es un viaje interesante a través de la selva y la historia.

Partiendo desde los vestigios de Tulum, la única urbe que los mayas levantaron junto al océano, aún se mantienen en pie algunas edificaciones desde las que se contemplaban amaneceres de ensueño. En Yucatan hay una serie de momentos placenteros asociados al agua. El primero, en Tulum, al amanecer, cuando los primeros rayos del sol alumbran la playa, sumergirse desde el castillo al mar, para nadar unos metros hasta la playa, no tiene igual. El segundo, cuando uno se sumerge en el agua almacenada de un cenote bajo la luz cenital que entra perpendicular.

Una carretera abre la selva en una interminable brecha que atraviesa la península de un lado a otro. Es una recta infinita, monótona, inacabable y anodina a cuyos lados, la selva, de nuevo tupida, impenetrable y poderosa, acompaña al viajero hasta Coba. Si hace una parada y sube a su pirámide, la única a la que aún se puede subir, contemplará de nuevo la grandiosidad de una selva poderosa, que en épocas pretéritas dio cobijo y vida a los mayas y que hoy se muestra distante y desconocida.

Valladolid es una pequeña ciudad con cierto encanto colonial. Cuando el sol está en su apogeo, las calles se muestran vacías y solitarias. Acérquese hasta la catedral de San Gervasio para contemplar sus dos torres y dé un paseo por la calzada de los frailes contemplando las mansiones coloniales que un día habitaron los españoles. Su mercado central no es muy grande, pero es puro colorido de artesanía, ropa, totems mayas y alimentación.

Coma en la Casa del Marqués, una imponente villa colonial con un gran patio central en donde disfrutar de auténtica cocina tradicional mejicana. Más allá, Chichen Itza, es la huella majestuosa, que tantos siglos después se mantiene como prueba de un pasado de civilización precolombino que dominaba el cielo y las estrellas, pero que desde su pirámide, esa gran atalaya los sacerdotes ofrecían sacrificios humanos a los dioses.

La entrada a Mérida, la urbe más importante de Yucatán, esconde el gran centro de la ciudad que se oculta tras unos suburbios grises, descuidados y muy humildes. La fabricación y exportación de cuerdas y sogas (a finales del Siglo XIX, primeros del XX), que vendían a todo el mundo, convirtió en un tiempo a Mérida en la ciudad más rica del país. La primera que fue iluminada por la luz eléctrica y recorrida por un tranvía, es hoy una especie de museo que exhibe con orgullo sus viejas casas coloniales.

Mérida huele a tamales y tacos que se cocinan en plena calle, y que refresca el hielo raspado que aderezan con aromas de colores para calmar el calor cuando aprieta. Visite el zócalo o plaza grande que se cierra sobre el Palacio de Montejo, la Catedral y el Ayuntamiento con su típico reloj, el edificio donde reside el Gobernador y dos pequeños museos. Un paseo en calesa por la calle 60 hasta el Parque de Santa Lucía donde los mayores se arreglan para acompañar el ritmo del chachachá.

Tras los 34 arcos de la fachada de color teja del Mercado Central, múltiples puestos de fruta como sólo se ve en el trópico comparten espacio con otros en los que se venden jalapeños, chiles y demás aderezos y picantes propios de esta cocina. Si tiene la oportunidad adquiera bellas tallas artesanales. Aquí mismo puede comer en La Chaya, un local sencillo pero con buena comida local, en el que el plato estrella es cochinita pibil, el plato típico en Yucatán.

Para dormir: Rosas & Xocolate. Céntrico y con mucho encanto. Buena cocina y ambiente único. Una buena terraza para acabar el día relajado bebiendo un buen mezcal o una margarita.

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