Jueves, 20.09.2018 - 09:51 h
Nec Otium

La fiebre del oro se ceba con este pequeño pueblo francés (que está harto de frikis)

Desde los años 50, se extendió la leyenda de que había un tesoro escondido. Hoy sus 70 habitantes viven rodeados de gente cavando agujeros

La Torre Magdalena, en Rennes-le-Château / Kurtsik
La Torre Magdalena, en Rennes-le-Château / Kurtsik

Rennes-le-Château es un pequeñísimo pueblo francés de solo 71 habitantes, situado en la zona de Languedoc, al sureste del país. Se trata de la típica población de la zona, con su castillo medieval y su iglesia románica, pero desde hace unas décadas atrae a una cantidad inusitada de turistas. Y no son del tipo habitual.

Desde los años 50, se empezó a extender la leyenda de que había un tesoro escondido en el pueblo: se hablaba de marmitas con oro, el arca de la alianza e, incluso el cuerpo de Jesucristo. Historias locales que hoy apenas se recordarían.

Pero en 1967, el escritor Géraud Marie de Sède, atraído por las leyendas, publicó El oro de Rennes, un libro que narraba la historia del cura del pueblo Bérenger Saunière, que, en efecto, lideró la parroquia de la localidad entre 1885 y 1909.

Tal como cuenta de Sède, que basó su escrito pretendidamente histórico en las narraciones de los vecinos del pueblo, Saunière encontró algunos documentos antiguos mientras se reformaba la iglesia, cuyo contenido consistía un gran secreto histórico. Gracias a esos documentos, habría conseguido una gran fortuna, mucho más de lo que podría ganar cualquier otro párroco de la época con sus actividades normales.

De Sède reprodujo estos documentos –dos pergaminos que hoy se exponen en el museo del propio pueblo– en su libro y que muestran, entre otras cosas, el árbol genealógico de la dinastía merovingia, cuyos miembros serían, según la leyenda, descendientes de Jesús de Nazaret.

Portada de la edición española de 'El oro de Rennes'
Portada de la edición española de 'El oro de Rennes'

Pero la historia no termina aquí, según cuentaba De Sède, Saunière se hizo con un enorme tesoro –no está claro si gracias a información contenida en los pergaminos o a que había algo enterrado junto a ellos– y se dedicó a reformar la Iglesia, construir una torre dedicada a María Magdalena e, incluso, cambiar las tumbas de sitio en el cementerio.

Y parte del tesoro, según los amantes del misterio que visitan el pueblo, sigue escondido en algún lugar del municipio.

El pueblo parece un queso Gruyère

Tras la publicación de El oro de Rennes –que fue un éxito de ventas–, el pueblo empezó a recibir la visita de entusiastas buscadores de tesoros, que se dedicaron a hacer todo tipo de excavaciones, muchas veces con dinamita, en los alrededores de la iglesia, donde supuestamente Saunière dejó parte del tesoro que había encontrado.

Ya en los años 60 el municipio tuvo que publicar una ordenanza para prohibir cualquier excavación no autorizada, pues el pueblo empezaba a parecer un queso Gruyère. Durante unos años la cosa se calmó, pero recientemente el pueblo ha vivido una nueva explosión de turistas de lo esotérico después de que Dan Brown utilizara parte de las leyendas en su superventas El Código da Vinci –donde, de hecho, uno de los principales personajes se apellida Saunière–.

La semana pasada, la policía tuvo que investigar el último acto de vandalismo: un enorme agujero debajo del muro de la iglesia.

Aunque el pueblo vive en parte de los turistas del misterio –y sus cuatro calles están repletas de librerías y tiendas dedicadas al ocultismo–, su alcalde, Marcel Captier, ha explicado a Le Parisien que la cosa está pasando de castaño a oscuro: “Este tipo de cosas no deben comenzar a suceder nuevamente. No queremos encontrarnos con otra ola de cazadores de tesoros”.

Un párroco corrupto

Ninguna de las leyendas que De Sedè compartía en su libro han sido nunca confirmadas. Aunque sí hay una parte cierta en la historia. Parece ser que, en efecto, el párroco del pueblo llegó a tener bastante dinero, pero esto nada tenía que ver con el tesoro.

Saunière fue acusado de corrupción como consecuencia de vender misas, solicitar donativos, y desviar fondos para su propio uso. Fue juzgado y condenado por el tribunal eclesiástico de Carcasona y fue relevado del cargo. El párroco, no obstante, se montó una capilla en su propia casa a la que acudían los vecinos del pueblo, pese a que contaban con un nuevo cura en la parroquia. Murió el 22 de enero de 1917.

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