Viernes, 10.04.2020 - 04:50 h
Tabula Rasa
Analista político

Se puede vencer al virus: el ejemplo coreano que todo país debería seguir

La antropología y la sociología son ciencias apasionantes. Una estudia la realidad humana, incluida la cultura y sus rasgos biológicos. La otra estudia la estructura y el funcionamiento de las sociedades. Ambas nos dan una muestra perfecta de la diversidad del mundo actual.

Es precisamente en época de crisis, en aquellos momentos en los que se comprueba la talla y el coraje de un país y sus dirigentes, cuando se puede aprender de otras naciones y, sobre todo, de otras formas de solucionar un mismo problema.

Es el caso de Corea del Sur. Hace apenas unas semanas medio mundo miraba asustado como los casos de infección por el maldito virus se multiplicaban sin ningún tipo de aparente control. Sin embargo, hoy la situación es radicalmente diferente y todo se debe a la experiencia de una sociedad que, lejos de entretenerse con culpas, solo busca soluciones, al menos durante el tiempo que dura una epidemia.

Seúl parece haber encontrado la receta mágica contra la expansión del Covid-19. Parece que la triada detección - disciplina - exigencia les ha dado los resultados esperados.

En primer lugar, los surcoreanos parecen haber hecho suyo el lema ‘detecta y triunfarás’. ¿Cuál es la mejor manera de aprovechar los incómodos controles de alcoholemia en las carreteras? Pues simplemente transformarlos en controles para la detección de miasmas y otras toxinas en los pulmones de los ciudadanos.

Cualquier persona puede parar en los miles de controles ambulantes que se realizan en las carreteras coreanas para hacerse, en unos segundos, una prueba que determinará su estado de contaminación. Gratuidad y rapidez se alían para formar juntos un dúo virtuoso, cuyo principal valor es la información que provee al paciente sobre su estado de salud.

Las cifras marean. Aproximadamente, 20.000 pruebas se realizan cada día en Corea en el casi centenar de laboratorios que se encargan en exclusiva de analizar las muestras. En apenas 24 horas el ciudadano obtiene su resultado que, evidentemente, supondrán un alivio o el inicio de un estado de alarma, pero en este caso personal.

La atención coreana no se queda en la simple detección. Al contrario que en muchos países europeos, y gracias a las lecciones aprendidas del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS), los coreanos saben de la importancia de mantener estable el sistema sanitario. En 2015, el MERS causó 187 contagios y 38 fallecidos, una letalidad que, en caso de darse con el coronavirus, provocaría un desastre de dimensiones extraordinarias. Esta experiencia demostró que la mejor atención y el mejor aislamiento que puede sufrir un paciente no es otra que la que recibe y obtiene en su propia casa. De esta manera, se dejan los centros hospitalarios para aquellos casos en los que realmente es necesario -y útil- la dedicación sanitaria. Segunda lección para aprender.

Claro que para ello es esencial la segunda de las lecciones coreanas, esto es, la disciplina. Si Deng Xiaoping declaró aquello de un país, dos sistemas, en relación a diferentes modelos económicos y políticos en la vecina China, Corea parece haber implantado el estándar de: un problema, una solución. Nadie discute nada (eso se deja para otro momento) y los ciudadanos saben perfectamente a qué atenerse.

No hay recomendaciones, simplemente se sabe lo que no se puede hacer. Así, el teletrabajo, la limitación de movimientos, la suspensión de clases en colegios y Universidades está perfectamente protocolizada y hace innecesario recurrir a ellas, gracias, de nuevo, a la disciplina y la detección temprana. El mayor escarnio que puede sufrir un ciudadano es contagiar a otro y, más aún, con el agravante de haber incumplido los llamamientos al confinamiento “voluntario”. Esto en Corea ni se concibe.

El último ingrediente del éxito lo forma la Sanidad. Toda articulada conforme a un único criterio: la eficiencia. No hay pérdida de tiempo en debates interminables sobre el carácter público o privado de la sanidad. Se prima la capacidad y la ventaja que ofrece la tecnología aplicada al entorno hospitalario. Desde el ‘triage’ en domicilio hasta la recepción en la puerta del hospital, todo parece una máquina perfectamente engrasada. Esto explica la bajísima tasa de letalidad del virus en Corea, que no llega apenas al 0,5% frente a tasas superiores al 3% de su vecina china y que se sitúa incluso a la altura de la alemana que, casualidad, también basa su lucha en la detección temprana del problema.

Quizá existe un último elemento que proporciona el mecanismo perfecto para el funcionamiento coreano: evitar la complacencia. El modelo se basa en la exigencia continua. Incluso cuando otros países elogian unos resultados que solo serán óptimos si suponen una victoria total, la maquina coreana se retroalimenta y reacciona ante los fallos que detecta, como los fallos en el cerco a la localidad de Daegu y que concentra el 80% de los contagios totales.

En este sentido, la campaña de información realizada por el Gobierno coreano es todo un ejemplo de implicación de la sociedad en un desafío común. Es un reto de Estado y como tal es visto y tratado por la sociedad. Nadie pierde un minuto en criticar. Asumen que el éxito de esta misión dependerá de las lecciones que se puedan aprender en el futuro, del análisis y evaluación continúa de los protocolos que, reforzados, servirán para atajar la próxima epidemia que, sin duda, les llegará.

En esto los coreanos nos sacan, afortunadamente, la delantera. Por desdicha, y de nuevo 'gracias' al MERS, los coreanos aprendieron la lección y ahora están listos para recoger los frutos del estudio que, durante todo este tiempo, han dedicado a evitar la propagación de epidemias en su país.

Detección, disciplina y exigencia son los ingredientes perfectos que muestran el camino hacia la única victoria posible. Cierto es que el coronavirus no conoce de Comunidades Autónomas, de ideologías o género, pero sí parece que conoce de naciones y también parece que priman aquellas que lo hacen bien. Esta vez copiemos nosotros a los asiáticos. Sí, se puede.

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