Sábado, 16.02.2019 - 13:32 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Venezuela, Estados Unidos y el caracol europeo 

Una imagen vale más que mil palabras. Se ve que esta máxima de la comunicación fue la que motivó al Consejero de Seguridad Nacional del presidente de los Estados Unidos, John Bolton, para mostrar al mundo entero un folio en el que se podía ver la supuesta intención americana de desplegar “5.000 tropas en Colombia”.

Llamaba especialmente la atención que las dos únicas anotaciones en el bloc de la máxima autoridad de los Estados Unidos en materia de seguridad fueran “estabilidad en Afganistán” y “Colombia”. Dos únicos puntos para afrontar una rueda de prensa en la que se le iba a interrogar sobre los aspectos más peliagudos de la principal potencia mundial. La alarma comenzó a latir entre las cancillerías y telediarios de medio mundo, en lo que sólo puede ser entendido como un toque de atención del país más poderoso del planeta hacia su patio trasero.

Al margen de cuestiones de comunicación, sobre el terreno, Estados Unidos tendría complicado enviar un contingente tan elevado fuera de sus fronteras. Evidentemente, tiene capacidad sobrada para movilizar 5.000 ó 500.000 soldados en menos de un mes en cualquier parte del mundo, pero a las razones operativas hay que confrontar las políticas y legales.

Es aquí cuando aparece el famoso Plan Colombia. Por este mismo acuerdo bilateral, firmado entre Bill Clinton y Andrés Pastrana en los noventa, se acordó la recepción de una importante contribución pecuniaria a las arcas colombianas a cambio de una lucha coordinada y efectiva contra el narcotráfico y la guerrilla. Un aspecto olvidado de este plan fue su tercer pilar, dedicado también a la revitalización social y democrática del país.

Gracias a esto, Estados Unidos ganaba presencia fáctica en América Latina. Sólo en el período 2000 a 2009, se invirtieron más de 6.000 millones de dólares en la región, pero en la letra pequeña del acuerdo se establecía que la presencia militar en este país no podría exceder de 800 efectivos, más otra ayuda externalizada cifrada en 600 contratistas de empresas norteamericanas.

Con estos mimbres, antes de cualquier tipo de intervención desde suelo colombiano, Estados Unidos debería ratificar otro acuerdo con el presidente Duque y esto no es una cosa menor. De hecho, ya en 2009, se intentó ampliar el plan con el mismo objetivo, pero con dos presidentes diferentes, en este caso Barack Obama y Álvaro Uribe.

El texto permitía la utilización por parte de las tropas estadounidenses de siete bases militares, desde las cuales sí se podría crear una fuerza operativa con capacidad suficiente para desplegarse en cualquier parte del territorio suramericano. El acuerdo, pese a ser firmado, no superó el listón del Tribunal Constitucional colombiano.

Sin duda, el recuerdo de los efectos de la guerra fáctica contra el narcotráfico motivó esta resolución, que en el pasado desplazó sus efectos a países vecinos como Ecuador o incluso México, con la revitalización, que llega hasta nuestros días, de los temidos y poderosos cárteles de la droga americanos.

Más allá de estas reflexiones, se plantea si sería viable o incluso factible tácticamente desplegar una fuerza similar en un país que se está debatiendo entre una incipiente democracia y la dictadura más totalitaria.

Con una fuerza similar Estados Unidos únicamente podría asegurar los puntos estratégicos del país, entendiendo por tales las grandes reservas probadas de crudo, las mayores del mundo. En este sentido, su hegemonía se extiende tanto al crudo pesado como al ligero y no hay que olvidar que, incluso en la actualidad, uno de los principales clientes del petróleo venezolano son los Estados Unidos. Desde este punto de vista, Venezuela, su petróleo, es un bien de especial interés de protección.

Un ejemplo de esta nueva política punitiva son las recientes sanciones impuestas por el Departamento de Estado americano, que asegura la compra del crudo de PDVSA, pero a la vez anuncia que el pago de este irá dirigido a cuentas bloqueadas, para ser recuperado posteriormente con el futuro gobierno democrático de Venezuela.

Pese a que los norteamericanos han pasado a ser un país exportador - ¿para cuándo su ingreso en la OPEP? – aún mantienen una fuerte presión importadora sobre el crudo mundial. Concretamente sobre Venezuela, su nivel alcanza el 40% del total del crudo exportado por Maduro. Por su parte, Venezuela es el cuarto proveedor mundial de petróleo de los Estados Unidos.

Las paradojas de la política internacional hacen que tu principal cliente pueda convertirse en tu enemigo en cuestión de segundos.

Las razones del interés americano por el oro negro venezolano encuentran sus bases históricas en el precio. Concretamente el crudo ligero es de los más baratos (por costes de extracción y refino) del mundo y, hasta la aparición de las nuevas técnicas abanderadas por las compañías americanas, su compra resultaba más rentable que la producción de este. Aun a día de hoy, esta ecuación se mantiene y es por esta razón por la que los Estados Unidos trataría de asegurar el suministro de energía barata, que en el pasado compensaba la balanza comercial americana.

En la fotografía de John Bolton también se puede apreciar un elemento que ha pasado desapercibido, pero sin duda es más inquietante que una presunta intención americana de enviar 5.000 soldados a suelo colombiano.

Si se fijan, justo detrás, aparece un mapa con los apoyos que el régimen de Maduro mantiene en la escena internacional. Al más puro estilo de la guerra fría, los países que sustentan internacionalmente al régimen bolivariano aparecen con el color rojo (Rusia, China, Turquía, México, Bolivia), mientras que en azul se identifican aquellos que apuestan por el apoyo a Juan Guaidó (Estados Unidos, Brasil, Argentina, Chile, Colombia, etc.).

El resto están en un blanco anodino, esperando a pronunciarse, como España que, lejos de aprovechar la oportunidad para ponerse al frente del inevitable cambio de régimen, parece dispuesta a ejercer su influencia en el seno de la Unión Europea. No es desacertado pero de nuevo Europa encuentra en su complicado proceso de toma de decisiones un freno a la acción diplomática española.

El Parlamento Europeo parece haber dado un paso adelante, al menos desde un punto de vista simbólico. Pero lejos de tener un efecto directo, la declaración de Estrasburgo debe ser considerada únicamente como una llamada a que tanto la Comisión como el Consejo de la Unión, auténticos actores en materia de política exterior de la UE, tomen la iniciativa. Sin ellos la voz de Europa seguirá afónica.

Esta vez parece que el fruto está Maduro en Venezuela, por lo que podría caer de manera trágica, provocando un enfrentamiento civil, o bien sentando las bases de un nuevo país que deje atrás el totalitarismo y aproveche todo su potencial en favor de una de las naciones más ricas y potencialmente prósperas del continente.

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