Jueves, 20.02.2020 - 03:05 h
Serendipia
Director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

¿Quién dijo que la economía era aburrida?

No es el guion de la penúltima serie de Netflix pero podría serlo. También serviría de argumento para una nueva película de Misión Imposible y hasta para una novela de espías de John Le Carré.

Un exitoso ejecutivo, presidente de la primera compañía de una potente industria, es detenido por corrupción en un país muy lejano, merced a una conspiración de su propio equipo con la connivencia de las autoridades locales. Nuestro protagonista, de fama mundial por su brillante gestión, cae a los infiernos en una trama en la que se juntan intereses políticos de dos grandes naciones, las miserias económicas de su sector y la ambición de colegas sin escrúpulos. En una celda durante cinco meses, sin rastro de la seguridad jurídica que se presume del país de su detención, le da tiempo a repasar los momentos más importantes de su vida. Su boda con Carole en los jardines de Versalles; su llegada a la cúpula de la multinacional europea tras criarse en un pequeño país del Oriente Próximo en conflicto bélico permanente; la consolidación como gestor en su patria, Brasil y en especial todos y cada uno de los detalles de la arriesgada operación de rescate de una icónica empresa asiática que a la postre le ha llevado a prisión. Acostumbrado a tomar decisiones bajo presión, nuestro hombre, decide luchar con todas las armas posibles para salir triunfante de este complot. Eso puede convertirle en un prófugo toda su vida o incluso morir en el intento. Pero el protagonista de esta historia no sabe el significado de la palabra miedo y cualquier cosa es mejor que el horizonte de una cadena perpetua en las antípodas de su hogar. Aprovechando el arresto domiciliario conseguido por su abogado, se vuelca en diseñar al milímetro una compleja fuga, con la misma minuciosidad que si estuviese preparando una gran operación en su empresa. Unas fundas de instrumentos musicales donde esconderse, un escáner que no funciona en el aeropuerto, tres pasaportes legales de sus tres nacionalidades para pasar sin dejar rastro por las aduanas de tres países y dos jets privados le permitieron situarse en apenas unas horas a salvo en casa y a cientos de miles de kilómetros de un juicio con sentencia ya dictada.

No es ciencia ficción. Ha sucedido este fin de año. Carlos Goshn, ya expresidente de Renault y de Nissan se fuga de Japón en vísperas de Nochevieja a pesar de estar en libertad vigilada y cuenta todo esto en una multitudinaria rueda de prensa en Beirut, donde prepara sus siguientes pasos junto a su mujer. El Gobierno de Japón promovió una orden de busca y captura internacional, sin recuperarse aún de la humillación para su policía al permitir que el preso más famoso del mundo haya huido. Mientras tanto, empieza a conocerse no solo cómo funciona la justicia japonesa, en íntima conexión con intereses empresariales, sino también las intrigas del sector de la automoción en el que se trufa la política (Renault es una empresa participada por el estado francés) con las venganzas personales.

No es algo tan lejano a nosotros. En España está más cerca que tarde el día en que veamos una serie de televisión en la que el protagonista sea un viejo comisario de apellido Villarejo con amistades en la política y en la judicatura que acaba prestando servicios a las empresas más importantes del país. Servicios fuera de la ley para espiar, chantajear a competidores o amedrentar a cualquiera que impida lograr los objetivos de la empresa de turno.

¿Quién dijo que la economía era aburrida? No lo es, pero ese tipo de diversión es para la ficción. Por eso ahora toca volver a aburrirse en el buen sentido de la palabra. Recuperar el sentido ético de los negocios y, como enfatizó hace unos meses la Biblia de los negocios, el 'Financial Times', reinventar el capitalismo. Un capitalismo ético, inclusivo que pase página de la única obsesión por el dividendo a los accionistas y piense en otros dividendos; esta vez para agentes de interés como son sus trabajadores, los propios clientes, los proveedores y los territorios en los que actúan. Quizás no servirá para un guion de película, pero sí para que millones de personas se beneficien de empresas y directivos que piensen en el bien común y no solo en sus millonarias retribuciones.

*Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR.

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