Miércoles, 24.04.2019 - 08:41 h
Capital sin Reservas

Jordi Sevilla o cómo hacerse rey sol del sistema eléctrico... en un par de tardes

El Gobierno de Pedro Sánchez ha convertido la electrificación de la economía española en un fin en sí mismo a partir de un proceso de transición ecológica que ha empezado a producir fuertes calambres a la propia ministra del ramo, Teresa Ribera. La discípula aventajada de Cristina Narbona entró en el cargo como elefante en cacharrería, con licencia para descarbonizar desde el diésel hasta los Reyes Magos y quemando su crédito institucional en un enfrentamiento a brazo partido con los principales sectores productivos que han sido santo y seña de la actividad industrial en España. Con las elecciones a la vuelta de la esquina la jefa de filas socialista en materia energética se encuentra en sus horas más bajas y su liderazgo ha empezado a ser cuestionado tras la irrupción de alguna que otra figura con mucho más pedigrí y trayectoria dentro del propio partido.

A la ministra novata su temeridad le puede resultar muy cara toda vez que un rival de la talla de Jordi Sevilla ha decidido aprovechar el momento de transición política, menos limpia pero más efectiva que la ecológica, para aquilatar sus credenciales como flamante presidente ejecutivo de Red Eléctrica. Después de estos últimos meses al mando de la compañía, el ex ministro renegado de Zapatero ha decidido que va siendo hora de sacudirse su impostado espíritu gregario y hacer valer el mayor poder que otorga el botón desde el que se maneja toda la operación del sistema eléctrico en nuestro país. Sevilla ha comprobado que eso de ser gestor empresarial no sólo trae más cuenta corriente, sino que también proporciona mejor satisfacción y mayor autonomía política que cualquier cartera ministerial monitorizada por una corte de asesores presidenciales de guardia pretoriana en La Moncloa.

El actual titular de Red Eléctrica acertó plenamente cuando renunció a ser ministro de Economía con Pedro Sánchez. El problema fue que llegó a la compañía pública como relevo del bueno de José Folgado, pero después de que éste hubiera abdicado de todas las funciones ejecutivas en beneficio del consejero delegado, Juan Lasala. En esta ocasión, y para evitar malos entendidos que pudieran condicionar la imagen del CEO con la del típico mayordomo distinguido que tanto abunda por estos predios, Folgado pasó a ostentar la presidencia institucional con el cargo de consejero externo, un invento de ese gobierno corporativo de manga ancha que lo mismo sirve para un roto que para un descosido y con el que ahora tiene que lidiar Jordi Sevilla en su afán por lucir con todo esplendor los galones de capitán general al frente de la empresa.

El presidente de la eléctrica ha lanzado sus tentáculos sobre la propia Sepi para hacerse con los servicios de la que durante los últimos cinco años ha sido la secretaria general y del consejo de administración del propio holding público, Conchita Ordiz. Una abogada del Estado de aquí te espero y que en la hora de su despedida ha demostrado bien a las claras que tampoco necesita abuela para adornar una meritoria hoja de servicios. “Vehemente, concienzuda, perfeccionista, reservada y leal” son las lindezas con que se autodefine sin ningún pudor la futura ama de llaves de Red Eléctrica, encargada de abrir los cerrojos que a día de hoy deberían impedir, aunque sólo sea formalmente, que Jordi Sevilla actúe como máximo ejecutivo de pleno derecho dentro de la compañía.

Conchita ‘la grande’, como han empezado a denominarla algunos de sus antiguos compañeros, tiene la compleja misión de reordenar el funcionamiento societario de una entidad que, no se olvide, cotiza en bolsa y en la que el mando en plaza de su actual presidente supone una contradicción flagrante con el papel más preponderante que los reglamentos internos de los órganos de gestión otorgan al consejero delegado. Para más inri, la empresa está considerada como la panacea del buen gobierno, líder en los rankings que elaboran los más prestigiosos asesores de voto internacionales que han establecido sus criterios sobre los fundamentos corporativos adoptados en la etapa de Folgado. Malo será que toda esta reputación ganada a pulso durante los últimos años se vea claramente deteriorada en los mercados al comprobar la nueva tarjeta de visita con que Sevilla se presenta ahora como único y verdadero CEO de Red Eléctrica.

Desafiar a las eléctricas y doblegar a la ministra 

A la espera de que Ordiz encuentre la fórmula mágica para calmar las suspicacias de los proxy advisors y demás entendidos en materia de buen gobierno, las cartas en el seno de la empresa están claramente decantadas a favor del nuevo jefe supremo colocado a dedo por Pedro Sánchez. Las buenas migas compartidas con el jefe de filas del PSOE han favorecido la reestructuración funcional de Red Eléctrica con la que Jordi Sevilla ha decidido por vía de apremio, en un par de tardes más o menos, hacerse con el control directo y personal del Operador del Sistema, una de las direcciones generales claves de la compañía y que teóricamente dependían hasta ahora de Juan Lasala. El consejero delegado tiene razones poderosas para sentirse cada vez más ninguneado, pero tendrá que hacer de tripas corazón como muchos de sus colegas en cargos equivalentes si no quiere salir tarifando de la compañía.

La creación de un Comité de Supervisión, dirigido claro está por el propio presidente, con la justificación de vigilar el cumplimiento de los criterios de independencia y confidencialidad que se exigen al transportista único, el denominado TSO por sus siglas en inglés, supone de entrada un ejercicio de poder y un desafío en toda regla a las más grandes compañías del sector. Las Iberdrola, Endesa, Naturgy y sus antecesoras del oligopolio regulado han intentado desde siempre, cada una por su lado, influir en la toma de decisiones de Red Eléctrica, lo que en ocasiones ha llegado a provocar serios conflictos de interés con los más neutrales profesionales que han pasado por la alta dirección del operador del sistema.

Sevilla estima que se ha acabado lo que se daba y quiere hacer valer a partir de ahora el peso político de una compañía claramente estratégica para el Estado y, por tanto, para el Gobierno de turno. De ahí la audacia casi exhibicionista de unas decisiones con las que trata de encaramarse a la planta noble del sector, desbancando también si puede a Teresa Ribera como abanderada de ese pendón ecológico que ondea en todo lo alto del pabellón socialista. El BOE es indispensable, claro está, a la hora de regular el mercado energético y a sus diferentes agentes productivos. Pero la bombilla de la transición que proclama Pedro Sánchez para generar su particular rédito político sólo se enciende desde el interruptor de Red Eléctrica.

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