Viernes, 21.09.2018 - 10:53 h

Nacionalismo: ¿De campanario o cosmopolita?

Hay un nacionalismo de campanario, y hay un nacionalismo cosmopolita. El primero no solo se basa en un amor tan intenso como incondicional a la propia tierra sino, además, en la pétrea convicción de que nada puede compararse con ella y que, en consecuencia, constituye un codiciado objeto de deseo (mejor o peor disimulado) para quienes no tuvieron la fortuna de tenerla como lugar de nacimiento. De ahí que lo que el nacionalista de campanario entiende como su principal objetivo vital sea la preservación incambiada del pequeño pedazo del planeta en que vino al mundo: ha de ser resguardado, en lo posible, “como siempre”, solo “para los de siempre” (o sea, para “los nuestros”) y sin mestizaje de ningún tipo, corruptor inevitable de tan preciado tesoro.

En el fondo de su alma se dice (y a veces también lo dice en voz alta) cosas como: “El resto del mundo puede estar más o menos bien, pero como lo nuestro no hay nada. Somos únicos. Y, como todo lo único, inmejorables. Sencillamente, y por dejarnos de rodeos, somos mejores”. A esta palurda tendencia supremacista dedicó George Brassens, hace ya casi medio siglo, un texto cantado que nunca ha dejado de ser actual: “La ballade des gens qui sont nés quelque part” (“La balada de aquellos que han nacido en algún lugar”). Me atrevo a rogar a quien pueda estar siguiendo estas líneas que por un momento interrumpa su lectura y lo escuche (subtitulado en castellano) en el siguiente sitio de internet:

Por fortuna, junto a tanto “imbécile heureux”, hay muchos otros que entienden y viven el nacionalismo en clave cosmopolita. Esta variante (que es la que, por ejemplo, sirve de fundamento a un logro tan formidable como la Unión Europea) en modo alguno implica un menor grado de apego por la propia tierra: lo que ocurre es que dicho apego es sentido de forma abierta e incluyente (como corresponde al amor verdadero). El nacionalista cosmopolita no ama su tierra contra nadie, ni se siente amenazado (ni la siente amenazada) porque también otros decidan conocerla y amarla, sin por ello dejar de amar la suya. Ni por que lo hagan de un modo distinto: los afectos no tienen un carril único por el que discurrir y expresarse.

Carles Puigdemont tras una rueda de prensa en Berlín
Carles Puigdemont tras una rueda de prensa en Berlín / EFE

El nacionalista cosmopolita aborrece el concepto de pureza cultural y, no digamos, racial. Sabe que, puestas en una balanza, todas las patrias, todas las comunidades humanas, todas las sociedades, en conjunto se equivalen y arrojan balances similares de virtudes y defectos. No hay patrias con gentes superiores y otras con gentes inferiores. El nacionalista cosmopolita tiene clara conciencia de la “terrible locura” en que puede derivar el nacionalismo en su variante supremacista y excluyente. Ya en 1865, Lord Acton formuló una advertencia que la historia se ha encargado cumplidamente de confirmar y que conviene recordar: “La finalidad última del nacionalismo (en su versión más extremada) no es la libertad o la prosperidad: con tal de imponerse está dispuesto a sacrificar ambas. Su andadura estará marcada por la ruina moral y material si con ello logra prevalecer”.

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