Viernes, 19.07.2019 - 15:10 h
En mi molesta opinión
Analista político

Día Internacional de la Mujer: ¿para qué sirven los hombres del siglo XXI?

No hace falta ser un lince para darse cuenta de que estamos ante un fenómeno social que marca sin paliativos el principio del siglo XXI y que seguirá determinándolo en las próximas décadas. Un fenómeno, el de la igualdad de derechos y oportunidades, que afecta de manera directa al género femenino y convierte a las mujeres en protagonistas de unos cambios que ya se han iniciado -en leyes y en hábitos sociales- y que exigen que los hombres se conviertan en socios cómplices, para que esa igualdad acabe siendo real y efectiva. Es cierto que muchos de estos varones siguen perplejos y fuera de juego sin saber cómo reaccionar ante el fenómeno, pero deberán ponerse las pilas si no quieren ser arrastrados por la marabunta femenina/feminista que avanza con paso firme.

Dicho esto, lo segundo que hay que destacar es que en esta historia por la igualdad laboral y social entre mujeres y hombres no es oro todo lo que brilla. Me explico: existe un gran consenso, al menos en la sociedad occidental, de que hay que ponerle coto a las desventajas y abusos que sufren las mujeres. En pocas palabras, vivimos en un mundo en el que es más fácil ser hombre que ser mujer. Y no son pocas las mujeres que en momentos de sinceridad, hartas de muchas situaciones que padecen, han confesado que si volvieran a nacer preferirían ser hombres, sobre todo porque a ellos, nosotros, se nos exige menos y se nos dan más facilidades. Como dice una de estas inteligentes féminas que te abren los ojos y el cerebro con sus acertadas reflexiones: el problema está en que a la mujer se le exige que trabaje como si no tuviera hijos; y que crié a esos hijos como si no tuviera que trabajar. Es decir, a ellas siempre se les exige más que a ellos.

Este es uno de los principales problemas a los que se enfrenta hoy una mujer que decida trabajar fuera de casa, y que un hombre nunca tendrá. También hay un reverso de esta misma moneda, es el de las mujeres que deciden no trabajar fuera de casa y prefieren dedicarse a cuidar a sus hijos. Muchas de ellas lo tienen claro y lo confiesan sin pudor: no están dispuestas a que esta sociedad las "engañe", que por un lado las anime a salir a trabajar fuera y que luego también tengan que seguir trabajando en casa. Para eso prefieren un solo trabajo, el de cuidar a sus hijos y gobernar la casa. Una opción que muchas feministas radicales critican, denostando la libertad de las mujeres a decidir el modelo de vida que prefieren.

Hay muchos ángulos para analizar y ver cómo se desarrolla el papel de la mujer en este siglo XXI. Nadie, en su sano juicio, puede negar que tenemos un problema real: existe una desigualdad sistémica entre la mujer y el hombre; en salarios, trabajos, oportunidades, roles, etc… Lo más complicado es decidir cómo se afronta y cómo se solucionan estos graves problemas. Y aquí entran en juego los diversos tipos de feminismo que la sociedad occidental ofrece.

Según los tratados de feminismo que existen, hay más de diez tipos de movimientos que piden para la mujer un reconocimiento y unos derechos, desde le feminismo radical, al feminismo de igualdad, el humanista, pasando por el transfeminismo, el ecofeminismo, el feminismo filosófico, incluido el feminismo anarquista. Aprovechando este término, anarquista, me viene a la memoria lo que dijo Federica Montseny, la primera mujer en ocupar un cargo ministerial (noviembre 1936) en España y una de las principales anarquistas sindicales, murió en 1994. Siempre que se le preguntaba sobre el feminismo contestaba: "¿Feminismo? ¡Jamás! ¡Humanismo siempre!" Casualmente, otra mujer, en este caso más contemporánea, la actriz Meryl Streep, respondía de manera parecida, a pesar de la diferencia de edad y de ideología: "No soy feminista, soy humanista".

Dejo estos ejemplos para que sirvan de modelo de reflexión. Y me adentro en el debate más peliagudo de entender y saber qué representa hoy el término feminista. Actualmente nadie cuestiona que las reivindicaciones socioeconómicas del feminismo han sido "secuestradas", o al menos atraídas y captadas por el discurso ideológico de la izquierda. Y no porque la derecha o el centro derecha no reconozca el problema o no tengan soluciones para resolverlo, sino porque la izquierda ha sido la más hábil a la hora de politizarlas a su favor. Basta oír los manifiestos que se han leído estos días o escuchar las consignas que se han coreado, todas denuncian el modelo capitalista o las políticas neoliberales. Olvidando que es en la sociedades liberales y capitalistas donde las mujeres disfrutan de un mayor grado de libertad y derechos.

Es más, el feminismo comunista, muy activo en estos tiempos, quiere convertir a la mujer en una nueva clase proletaria para tener un motivo de lucha. Aplican el sistema de enaltecer a la mujer y a la vez utilizarla para cambiar las estructuras sociales. Hay que modificar bastantes cosas para que la mujer juegue el papel que le corresponde en una sociedad igualitaria, pero ello no significa cambiar el modelo socioeconómico y aprovechar la ocasión para intentar implantar un neocomunismo. El verdadero cambio viene de la mano de nuevas leyes que protejan los derechos de la mujer, de una mayor concienciación social y, sobre todo, de una educación a todos los niveles para que en un futuro la igualdad entre personas no venga determinada por el sexo de estas. Tampoco se trata de pasar del machismo recalcitrante al hembrismo furibundo, y reproducir los defectos del hombre en la mujer.

Por si quedaba alguna duda, el feminismo humanista, que es el más certero y abierto a todas las ideologías, no es patrimonio de ningún partido. Y este es uno de los problemas, no querer tanto conseguir una sociedad igualitaria sino sacar rédito político y electoral ante un problema social que todos reconocen y todos quieren cambiar. El feminismo politizado no es un feminismo inclusivo y lo que pretende es que el problema persista para dividir a la sociedad entre buenos y malos. La izquierda debe seguir trabajando para mejorar la vida de las mujeres pero sin excluir a otros partidos de ideologías distintas que luchan por el mismo objetivo. Se nota que estamos en campaña y que cualquier cuestión es útil para hacer electoralismo.

Para terminar, hay que apuntar cuál debería ser el papel del hombre en esta difícil cuestión en la que las mujeres son las protagonistas. En pocas palabras: ¿Para qué sirven los hombres del siglo XXI? No es fácil aceptar de repente el papel de príncipe destronado, dejar de ser el "rey" de la casa y de la empresa para ocupar un papel de copiloto o compañero de viaje. Por diversas circunstancias antropológicas que ahora no podemos analizar, el hombre ha sido el ser predominante en la historia del la Humanidad. Esa preponderancia ha llegado a su fin. A partir de ahora, nos guste o no, con más o menos matices, los hombres deberemos encontrar también nuestro nuevo papel en la sociedad.

Un papel que pasa por aceptar y cooperar en el advenimiento y empoderamiento de una nueva mujer que está llamada a realizar las mismas funciones que el hombre. Y viceversa. No se trata sólo de que la mujer pueda llegar a ser presidenta del Gobierno o de una empresa, sino que el hombre acepte y se empeñe en ser el responsable de las tareas del hogar y de la familia. Hombres y mujeres debemos seguir siendo distintos en nuestras cualidades que enriquecen la vida, pero a la vez debemos ser iguales ante los derechos, las oportunidades y las posibilidades de actuar en este mundo que hasta ahora ha sido más ventajoso para el hombre que para la mujer. El futuro será más femenino, sin duda alguna, y hombres y mujeres deberemos atravesarlo cogidos del mano. Como dijo la psicóloga Estella Ramey: "La igualdad llegará cuando una mujer tonta pueda llegar tan lejos como hoy llega un hombre tonto".

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