Martes, 17.09.2019 - 01:53 h
En mi molesta opinión
Analista político

Las claves de los pactos políticos que se cuecen a nuestras espaldas

Como dijo el financiero Bernard M. Buch, “Vota a aquel que prometa menos. Será siempre el que menos te decepcione”. Hemos pasado de las promesas preelectorales a las promesas prepactos, y tanto unas como otras están cargadas de buenas intenciones pero genuinamente embalsamadas en meras palabras que siempre tienen una interpretación variable según los pactos que convengan.

Los próximos días -el plazo de elección de alcaldes se cierra el 15 de junio mientras el autonómico varía según la Comunidad- escucharemos todo tipo de teorías que justificarán que un partido apoye a otro, o simplemente haga lo contrario. No olvidemos ni por un minuto que lo que se cuece a nuestras espaldas no es por el bien general de la sociedad o de España, sino por el interés exclusivo de cada partido.

Por ejemplo, el PSOE y buena parte del aparato mediático progresista intentan condicionar por no decir coaccionar a Ciudadanos para que se aleje de los pactos con el PP para lograrlos con los socialistas, tanto en Madrid, como en Castilla y León, Murcia o Zaragoza. Hasta ahí todo normal. Hay que enredar y luchar hasta el minuto final. Lo que no parece tan razonable es que sigan agitando el espantajo de Vox como la gran excusa antipactos, y así influir en C’s para que mantenga su miedo a salir retratado junto a alguien del partido verde. Hay que reconocer que la izquierda ha logrado demonizar al partido de Santiago Abascal y, sin embargo, la derecha no ha logrado lo mismo con los de Pablo Iglesias.

Acusan a Vox de partido de extrema derecha por ser anticonstitucional y antieuropeo, dos “delitos” que siempre han negado los del partido verde, que sólo exigen, entre sus preferencias y según ellos, la unidad de España, el apoyo a la familia y revisar el funcionamiento de las Autonomías, ya que consideran que hay cierto despilfarro por falta de un buen control político. Frente a ellos está el partido de Unidas Podemos, asociado al partido comunista de Izquierda Unida, y entre sus grandes objetivos destaca cambiar el modelo de Estado, pasar de la Monarquía parlamentaria a una República; dar su apoyo explícito a los referéndums de autodeterminación en Cataluña o País Vasco; conseguir un modelo económico estatalista que choca frontalmente con el modelo europeo; sin olvidar su apoyo al dictador Maduro y su reciente polémica con las donaciones sanitarias de Amancio Ortega. Y a pesar de ello, casi nadie subraya que son un partido de extrema izquierda asociado a otro comunista, y nadie plantea que sea un peligro pactar con ellos por sus extremas e inconstitucionales ideas. Son los incomprensibles privilegios de una izquierda a la que se le aplica una gran condescendencia y un doble rasero.

La gran batalla del PP pasa por Madrid. Si Pablo Casado no logra la alcaldía y la Comunidad -no le basta sólo una- habrá fracasado y se complicará su futuro, aunque se abriría un punto y aparte para determinar responsabilidades de este gran destrozo político. El juego va de conseguir un acuerdo entre las tres derechas, pero Vox y Ciudadanos se están poniendo estrechos. Todo hace suponer que es el típico postureo antes del acercamiento final. Los de Abascal quiere ser tratados con dignidad, y piden una foto con Rivera. Y este parece que de momento no está por la labor de posar. Aunque José Manuel Villegas ya ha dicho que se pueden sentar con Vox pero no para negociar, sino para informales. En todo este embrollo de pactos, el factor orgullo y el ego de los líderes juegan un papel relevante, aunque se intenten justificar apelando a la dignidad o a la imagen del partido.

Sin embargo, a la hora de la verdad PP, C’s y Vox deberán ponerse de acuerdo como sea. Si volviera a gobernar Manuela Carmena el ayuntamiento o Ángel Gabilondo alcanzara la Comunidad, el electorado de Vox y de Ciudadanos no lo entendería y no se lo perdonarían fácilmente por muchas explicaciones que ofrecieran. Estos tres partidos, cada uno con su peso electoral, tienen suficiente inteligencia política para llegar a acuerdos, no sólo en Madrid. Ahí está el ejemplo de Pedro Sánchez, que para lograr la moción de censura que derribó a Rajoy supo pactar con todo tipo de partidos, entre ellos los separatistas catalanes y Bildu; situación que se repetirá en breve, aunque con la necesidad de menos apoyos “incómodos”, para alcanzar la investidura de Gobierno.

Es cierto que el presidente en funciones lo tiene mejor ahora que antes de las elecciones del 28-A. Pero no lo tiene todo hecho para renovar su cargo, con sus 123 diputados, ya que la sombra escasa de los 42 votos de Podemos no le soluciona el problema pero los necesita para alcanzar, al menos, la mayoría simple. De todos modos, sigue sin estar nada claro el papel que jugará el partido de Iglesias, y él mismo. Sánchez no quiere un Gobierno de coalición, a lo sumo aceptaría en el Ejecutivo algún independiente del agrado de Iglesias. Podemos está cada día más depauperado por los resultados, pero sigue siendo el salvavidas de Sánchez. Al final, están obligados a alcanzar un acuerdo ya que ninguno de los dos se puede permitir un órdago que obligue a repetir las elecciones.

Por su parte, Ciudadanos tiene claro que el “no” a Pedro Sánchez sigue vigente. Y que los pactos, que se han convertido en vasos comunicantes, ya que se juegan en varias plazas, tienen que mantener para C’s el rechazo a los planteamientos “sanchistas”. Algo difícil de cambiar tras los posibles acuerdos en Navarra entre PSOE, nacionalistas y Bildu. Además, Rivera piensa que Sánchez ya ha logrado mucho poder institucional y no es bueno para el funcionamiento democrático concederle aún más. Que lo más practico es repartir ese poder. En definitiva, Ciudadanos sigue siendo la “novia” más deseada y el partido que determinará la mayoría de pactos, aunque los más votados hayan sido PSOE y PP. Esto sucede por no tener un sistema electoral que tenga una segunda vuelta y deje bien claro cuál es el partido que quieren los ciudadanos que gobierne. Todo lo demás, es puro mercadeo en beneficio de los menos votados y en detrimento de la estabilidad. Y si no, que se lo pregunten a los italianos, y dentro de poco a los españoles.

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