Martes, 13.11.2018 - 06:45 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Atacar al Estado: la palabra y el silencio cómplice

El presidente de la Generalitat ha enervado ánimos y voluntades al expresar el deseo de atacar al Estado. Para Carmen Calvo, vicepresidenta del Gobierno de España, esta frase es irrelevante, poca cosa, palabrería vacua e inofensiva, vamos. Inaceptable, eso sí, matiza, para atacar a continuación a quienes, como el PP y C,s, le piden que reaccione ante amenazas y provocaciones de este tipo. Radicales, los ha definido. Y se ha quedado tan tranquila. Para el Gobierno de España, al parecer, los radicales son el PP y C,s, y no los que, desde las instituciones, jalean y animan los ataques al Estado. Inexplicable. Irresponsable. Peligroso.

Inexplicable, irresponsable y peligroso el silencio cómplice de nuestro gobierno ante la tempestad segura por venir. Inexplicable, irresponsable y peligrosa su pasividad comprensiva ante quiénes se rearman para una nueva ofensiva sediciosa, más dañina, mejor organizada. Fallaron en la ocasión primera y han aprendido de sus errores. Programan un ataque masivo: desde la calle, desde la escuela, desde las instituciones y con el brazo armado de los Mossos, cada vez más escorado por simple evolución darwiniana: apuntan y expulsan al que no es de los suyos. Al parecer, Sánchez y Calvo creen que podrán apaciguar a quienes planean destruirnos con palmaditas en la espalda y pellizquitos de monja, sin ser conscientes de que, en verdad, alimentan con su silencio y ceban con su pasividad al tigre que tratará de devorarnos sin compasión.

Pilar Rahola, su portavoz oficiosa, lo proclama a los cuatro vientos. “Este Govern será el que traiga la República. Va en serio”. Y claro que va en serio. Calibran estrategias, pulen tácticas, purgan a tibios, insuflan vientos de insurrección, organizan a ojos vista el Golpe de Estado definitivo. Y mientras, nuestro gobierno se limita a aplicar paños calientes y a guardar un comprensivo y respetuoso silencio ante los preparativos ciertos del terror por venir. Torra pide atacar al Estado y Sánchez, en respuesta, lo visitará en septiembre para relajar tensión. Normal, al parecer, para la estrategia suicida del PSOE-Sánchez, para la que los radicales serían el PP y C,s y no Torra y compañía. Inexplicable. Irresponsable. Peligroso. 

¿Cómo es posible tamaña sinrazón? Tres serían las posibles explicaciones. La primera, la más obvia. Permiten los desatinos porque así pagan los servicios prestados y devuelven el favor por el poyo indispensable que recibieron en la moción de censura. La segunda, la más adánica. Creen, de verdad, que podrán apaciguar al monstruo de la sedición con gestos de distensión y cesiones matizadas. La tercera, la más inquietante. Parte del PSOE-Sánchez, o del PSC, en el fondo, se siente cercana a los que conspiran contra el Estado y la constitución, como si, en verdad, les hubiera gustado estar al otro lado de las barricadas. Sea por algunas de estas razones, obvias, adánicas o inquietantes, o por la combinación de todas ellas, la verdad es que el gobierno ha decidido no enfrentarse a los Puigdemont a los Torra y a sus socios. A veces, hasta parece que los apoyan, de tan mimoso y cariñoso es el trato que les conceden, mientras tachan como radicales a los que piden más energía en defensa de la Constitución y de la unidad de España. Puigdemont, Torra y sus socios golpistas aprovechan la tregua necia que el PSOE-Sánchez les ha regalado para rearmarse con celeridad e inteligencia. El ataque será brutal y esta vez, piensan, no fallarán.

Con una frase no se ataca al Estado, ha pontificado nuestra vicepresidenta. ¿Son importantes las palabras?, nos preguntamos. Las palabras son importantes, muy importantes, nos responde el eco de la historia, porque determinan, condicionan, justifican e impulsan la acción que vendrá a continuación. Atacar, según la RAE, significa acometer, embestir con ánimo de causar daño. En un combate, emprender una ofensiva. También actuar contra algo para destruirlo. Más claro, agua. Torra anuncia que atacarán al Estado y el PSOE-Sánchez le ríe la gracia. Terrible.

El silencio cómplice de hoy se trocará en dolor, violencia y miedo, pronto. Se equivocaba Chamberlain al creer que podría apaciguar al nazismo, se equivoca gravemente el PSOE-Sánchez al pensar que podrá apaciguar a un independentismo irredento, totalitario y supremacista. Obvio adanismo inquietante, quizás, pero los pasos pusilánimes del gobierno conducirán, de manera irremediable, a la confrontación total. Con el totalitarismo que representan Puigdemont, Torra y demás socios, no se negocia. A ese totalitarismo hay que derrotarlo con las armas que la democracia concede, permite y ordena.

Como nuestra vicepresidenta, mujer culta, bien conoce, las palabras son poderosas. La fuerza inmanente de las palabras dobla el acero, quiebra el hormigón, derrota a los tanques. Por eso, el Gobierno está obligado a hablar contra los desmanes del independentismo. Sus palabras deben sonar firmes y categóricas en defensa de España y de su constitución. El silencio, la no-palabra, también es poderoso porque anima, permite y tolera. Nuestro gobierno usa la palabra – radicales – contra quienes les piden que reaccione, mientras que guarda un silencio cómplice con quiénes traman abiertamente nuestra destrucción.

Gobierno de silencios. Silencio ante las fuertes sanciones para quienes retiran lazos amarillos. Silencio ante la utilización de los Mossos como policía política. Silencio ante las amenazas que han exiliado al juez Llarena de su Cataluña este verano. Silencio, siempre silencio, ante el brutal adoctrinamiento en el odio a España que se imparte en las escuelas catalanas. Silencio. Gobierno de silencios ante la barbarie. Silencio que será quebrado, en breve, por los gritos del terror totalitario gestado bajo su pasividad. Gobierno de silencio que pudo hacer algo y no hizo nada. Que pudo hablar y calló. Que pudo ejercer la fuerza de la palabra y que, sin embargo, prefirió el silencio cómplice. Silencio que allana el camino para el dolor inmenso que se anuncia impune.

Que la historia juzgue la barbarie independentista. También, al silencio cómplice de quiénes se la permitieron.

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