Martes, 15.10.2019 - 02:09 h
Vicepresidente de la Fundación Renovables

Cambio climático: la urgencia de actuar de forma inmediata

Ahora que comenzamos un nuevo curso académico y dejamos atrás las vacaciones de verano, que no el calor, es un buen momento para reflexionar sobre las certezas, incertidumbres y consecuencias del cambio climático.

Terminamos un verano donde los incendios generalizados en la Amazonia, Ártico, Siberia, Alaska y Canadá, así como las olas de calor extremo con récords históricos de temperaturas en toda Europa o los efectos devastadores del huracán Dorian, nos recuerdan continuamente la realidad del cambio climático. Los primeros datos disponibles sobre temperatura global indican que julio de 2019 ha sido probablemente el mes más caluroso desde que se tienen registros, siendo los cinco veranos más calientes en Europa, desde 1500, los de 2002, 2003, 2010, 2016 y 2018. El periodo 2015 al 2018 se considera ya el más caluroso de la historia. Los episodios climáticos extremos, que antes eran episodios ocasionales, se están convirtiendo en habituales.

Además de todas estas evidencias, en la comunidad científica no existe debate sobre la ciencia básica del cambio climático, cuyos estudios y análisis son acepados por la práctica totalidad de los científicos. Y no siempre ha sido así. Esta aceptación y unanimidad del cambio climático, sus causas y sus consecuencias, ha sido, como ocurre en el desarrollo de toda actividad científica, un largo proceso plagado de estudios, evidencias y debates, que comenzó hace cuarenta años, cuando se estableció la relación directa entre emisiones de dióxido de carbono y cambio climático y que predecían un aumento de la temperatura global del planeta debido a estas emisiones. Cabe destacar, que aquellas previsiones, se han cumplido rigurosamente. Durante estos cuarenta años la concentración media anual de CO2 en la atmósfera se ha incrementado un 21% y la temperatura global media de la superficie de la tierra se ha incrementado en un valor muy próximo a las predicciones científicas.

Mientras que antes de la era industrial la concentración de CO2 en la atmósfera se situaba en 288 partes por millón (ppm), en la actualidad hemos alcanzado las 415 ppm. Durante el año 2018 el dióxido de carbono atmosférico creció 2,87 ppm. Nos acercamos, por tanto, a la barrera de 450 ppm donde muchos estudios consideran que los efectos serían catastróficos. Estos estudios estiman que la fecha límite para evitar una catástrofe global se sitúa en el año 2030.

La ciencia del cambio climático ha evolucionado y con ella la comprensión de cómo el aumento de la concentración de CO2 afecta al clima y su impacto en fenómenos meteorológicos extremos.

Pero los estudios científicos actuales van mucho más allá, y nos hablan tanto de la fragilidad de los ecosistemas naturales como de su interconexión, que es mucho más profunda de lo que a simple vista pueda parecer, por lo que pequeños cambios en la temperatura, tienen fuertes impactos en todos ellos. Advierten los científicos que los procesos climáticos no tienen un comportamiento lineal y que, si sigue aumentando la temperatura del planeta, existe el peligro cierto de que la situación sea irreversible.

Cuando hace 40 años los científicos presentaron las conclusiones de sus estudios, la aceptación general fue tan baja que no produjo ningún cambio significativo en el comportamiento ni de los ciudadanos ni de los políticos. Afortunadamente, la actualidad es bien distinta: nadie cuestiona ni el cambio climático ni la gravedad del problema. Ahora bien, seguimos sin tomar las medidas adecuadas para frenarlo.

Según el último informe del IPCC el tiempo para actuar se nos está acabando y vamos camino de escenarios donde la temperatura aumente 3ºC, cuando en los Acuerdos de París se estableció un valor máximo de 2ºC y un objetivo deseable de 1.5ºC.

Este informe afirma que deberíamos reducir las emisiones de dióxido de carbono en un 45% para el año 2030, si queremos cumplir con la meta de 1.5ºC de aumento de la temperatura. Esta enorme tarea requiere acciones urgentes a nivel global. El propio informe estima que habría que dedicar el 2.5% del PIB mundial durante dos décadas para hacer frente a este problema.

Las energías renovables están llamadas a ser la alternativa a los combustibles fósiles. A pesar del gran aumento de las inversiones en energías renovables en el mundo, la realidad es que el consumo de combustibles fósiles a nivel mundial no disminuye y representa alrededor del 82% del consumo mundial de energía, con lo que las emisiones de gases de efecto invernadero siguen creciendo.

Está demostrado que existe una relación directa entre emisiones y aumento de la temperatura global del planeta, por la que la mejor medida para frenar el cambio climático es dejar de consumir combustibles fósiles, lo que va a suponer un cambio profundo, tanto en nuestra economía como en nuestro modo de vida.

En resumen, tanto los estudios científicos como las evidencias climáticas diarias, nos indican de manera absolutamente cierta que los seres humanos, con nuestra manera de consumir energía, con nuestro comportamiento, estamos modificando negativamente el clima global de la Tierra.

Las consecuencias de este impacto, que predicen los modelos científicos, nos presentan un futuro muy preocupante para la supervivencia de la especie humana. Los científicos no se equivocaron en sus predicciones hace 40 años y volverán a acertar en sus previsiones para los próximos años. Paradójicamente, una sociedad construida en base al conocimiento científico y al desarrollo tecnológico hace oídos sordos a las previsiones de los científicos, tal vez con la esperanza de que estén equivocados.

Las iniciativas que desde la sociedad civil se están articulando como las declaraciones de emergencia climática que desde diferentes colectivos y organizaciones sociales se están proponiendo para su aprobación en ayuntamientos y universidades, las movilizaciones y marchas por el clima previstas este mes de septiembre, son una valiosa iniciativa para que la sociedad tome rápida conciencia del problema y podamos actuar en consecuencia. Ante un problema de esta magnitud sólo caben soluciones globales, lo que significa la implicación y participación directa de todos, políticos y ciudadanos. La lucha contra el cambio climático debe ocupar un lugar prioritario en la agenda de nuestros gobiernos.

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