Jueves, 09.04.2020 - 23:59 h
La muerte también ha cambiado

El coronavirus satura las funerarias: así nació la gran morgue del Palacio de Hielo

En Madrid, ante el aumento del número de fallecidos y la imposibilidad de enterrarlos en el plazo  establecido, el Palacio de Hielo será una morgue. 

Almeida avisa que la Funeraria de Madrid no podrá enterrar sin equipos de protección
El coronavirus satura las funerarias: así nació la gran morgue del Palacio de Hielo. / EFE

Muchas cosas están cambiando por el coronavirus. Incluso la muerte. Las funerarias madrileñas se enfrentan a un escenario de colapso que ha llevado a la ciudad a crear una gran morgue en un centro comercial con pista de patinaje: el Palacio de Hielo. No se pueden enterrar a los difuntos en el plazo establecido. Un nuevo golpe de este Covid-19. Por desgracia, la muerte se hace aún más cruel en esta enfermedad por culpa del aislamiento que sufren los pacientes, que fallecen solos mientras las familias tienen que aprender a despedirse de ellos... sin ellos. Sin darles un último abrazo, sin poder decirles te quiero, sin velarlos y ahora con la incertidumbre de saber cuándo podrán inhumar o incinerar sus cuerpos. 

Madrid no pueden más. La capital de España registra ya más de 1.200 muertos por coronavirus -242 en las últimas 24 horas- y la gota que colmaba el vaso lo dio ayer el alcalde, José Luis Martínez-Almeida. La funeraria municipal no asistirá más fallecidos muertos por coronavirus por falta de material para sus trabajadores. Habló de un cierre parcial de los servicios, y puso así de manifiesto la imposibilidad de cumplir con los plazos legales para dar sepultura a estos fallecidos. La listas de espera no se reducen, sobre todo la de las cremaciones, saturada. Fuentes cercanas aseguran a La Información que por ahora pueden seguir guardando en sus cámaras los cuerpos que van llegando hasta ser enterrados pero, ¿hasta cuándo? Para evitar este colapso el Ayuntamiento de Madrid va a limitar de forma gradual la incineración de difuntos en sus dos crematorios, el del cementerio de la Almudena y el crematorio Sur.

El virus no da tregua y con el colapso acechando el consistorio madrileño confirmaba a este medio la cesión de estas instalaciones deportivas con una pista de patinaje olímpica de 1.800 metros cuadrados que se sitúan en el madrileño distrito de Hortaleza, cerca de Ifema, donde se está ultimando un hospital de campaña que será el mayor centro de España con 1.300 plazas para convertirlo en una gran morgue. La Dirección General de Salud Pública hará el traslado de los cuerpos junto al Ejército, a un recinto que empezó a funcionar ayer por la noche. En la pista se almacenarán los difuntos mediante féretros cerrados, considerando que de esta manera se obtendrá el frío necesario para el mantenimiento de los cadáveres sobre una superficie de material polimérico para evitar el contacto con el hielo. 

El depósito provisional se organizará por sectores y la entrada y salida de féretros se realizará por un único acceso. El Ayuntamiento da así un respiro a una funeraria municipal cuyos cuatro crematorios trabajan las 24 horas al día y que ayer anunciaba este cierre parcial que no afecta al resto de servicios, a la espera de que lleguen los Equipamientos de Protección Individual (EPI) que exige el protocolo de Sanidad Mortuaria para seguir dando sepultura a los fallecidos por el virus sin poner en riesgo a los funerarios y evitando así la potencial propagación. El panorama en las funerarias privadas no difiere demasiado. Ellas aseguran que seguirán recogiendo a los fallecidos por el Covid-19 pero tampoco saben hasta cuándo podrán hacerlo, al igual que sus instalaciones. Los funerarios son otros héroes sin capa en esta crisis.

Ni sus jornadas maratonianas ni trabajar siete días a la semana son suficientes para hacer frente al número de víctimas que está dejando el coronavirus en Madrid. Los funerarios son las personas a las que los familiares gritan, suplican y sollozan cuando les impiden despedirse de su fallecido como se hacía hasta hace tan solo dos semanas. Y la crueldad es tal que en numerosas ocasiones la conversación la mantienen por teléfono. Desde que se conociera que una persona que muere por coronavirus puede transmitirlo aún después de perder la vida, únicamente el personal de la funeraria, ataviados con sus trajes, podrán ponerle el sudario, meterlo en una bolsa sanitaria estanca biodegreadable y en un ataúd resistente a la presión de los gases e impermeable que ellos cerrarán para siempre. Los familiares podrán despedirse desde la lejanía y sin tocar al fallecido... ni sus pertenencias. 

El coronavirus nos obliga a cambiar hasta nuestra forma de llorar la muerte. Toca hacerlo en casa, sin los más queridos, lejos de ese ataúd que ahora además podrá estar en esa morgue improvisada el tiempo que sea necesario hasta que las listas de espera de las funerarias dejen hueco. Hasta quince días puede que tarden los familiares en tener sus restos si ha querido incinerarlo. Y son muchos los que en estos días optan por esta opción por miedo a que el coronavirus siga al acecho. 

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