Jueves, 24.05.2018 - 17:47 h
Telediaria

Oscars 2018: lo que tal vez no te has fijado y es clave para que no te duermas con la gala

Jimmy Kimmel en los Oscar
El tranquilo maestro de ceremonias.

La primera gala de los Oscars duró 15 minutos. Han pasado 90 años de entonces y los galardones más famosos del cine duran un poco más. Un poco bastante más. Pero la emisión televisiva pone todos los instrumentos a su alcance para disimular al máximo lo tedioso del sarao.

Un objetivo que, para empezar, la retransmisión pone remedio gracias a una trepidante realización. La coreografía de cámaras no da tregua al ojo del espectador. De hecho, el espectador siente que no se está perdiendo nada de lo que ocurre en el auditorio de los Oscars, poniéndose siempre el foco en la expresividad de las estrellas colocadas estratégicamente en el patio de butacas.

Plano de reacción
Meryl Streep siempre consciente de que no hay que bajar la guardia en el patio de butacas. Durante toda la emisión está atenta,.

Estrellas que saben que son las principales protagonistas y aguantan expresivas todo el rato. Comprenden que son figurantes de lujo. Sonriendo mucho, aplaudiendo mucho, abrazándose a su acompañante mucho o poniendo cara de circunstancia si hace falta. En este cometido, en el de poner caras, Meryl Streep no decepciona año tras año. Es más, debería tener un Oscar al mejor plano de reacción de los Oscar. Otro más.

Los Oscars son tediosos, pero fluyen. Todo va minuciosamente hilado y, además de la rítmica realización -habitual en todos los programas norteamericanos-, la gala también utiliza la escenografía como imprescindible aliada. El decorado no es secundario en los Oscars.

La puesta en escena y la iluminación va evolucionando durante la noche para frenar cualquier atisbo de monotonía visual que fomente cansancio en la audiencia. Como consecuencia, la gala no se queda sólo en las planas pantallas de Leds e incorpora decorados teatrales tradicionales, que van moviéndose y colocándose de una manera escrupulosamente planificada y coordinada con el propio equipo que graba la emisión por televisión. Así, el espectador no se pierde tampoco la aparición estelar de la escenografía. Si entra un decorado importante, está contextualizado su posicionamiento. Es decir, se ve en imagen. Y se ve bonito.

escenografía Oscars.
Y, de repente, aparecieron unas glamourosas columnas en escena.
El teatro no es monótono visualmente.

El público ve si baja del techo un panel, una gran pantalla, un bosque de columnas o si se mueve un floripondio de atrezo. Lo que otorga más diversidad y más espectacularidad a una noche que va de eso, de espectacularidad. Y nada de atriles, que son sólo una barrera entre las estrellas y el espectador.  Un simple micrófono marca el punto en el que se tienen que colocar entregadores y premiados. 

Recapitulemos: realización que no se duerme, planos constantes de los asistentes que protagonizan su propio reality en el patio de butacas, decorados que van cambiando como antídoto contra la monotonía... y, por supuesto, el papel que da unidad a toda la emisión: el presentador.

Jimmy Kimmel, como maestro de ceremonias repetidor, ha conseguido un equilibrado monólogo. En este 2018, el texto era complejo, pues tenía que hilar la celebración del noventa aniversario de los premios, la explicación del cine del último año -los Oscar venden muy bien sus películas- y, sobre todo, afrontar el compromiso de la Academia con su tiempo: denunciando el abuso, defendiendo la igualdad y diversidad y, en definitiva, representando a una sociedad que clama cambios reales. También dentro de Hollywood. "Recuerdo una época en la que los principales estudios no creían que una mujer o una minoría pudieran abrir una película de superhéroes y la razón por la que recuerdo esa época es porque era marzo del año pasado", sentenció Jimmy.

Kimmel no ha necesitado grandes efectos especiales, ha optado por la sencillez del dardo inteligente. Presenta como si no le costara esfuerzo. Incluso riéndose de la propia ceremonia, y de la sonada metedura de pata del pasado año. "Cuando oigan su nombre, no se levanten directamente. Esperen un momento", soltó a los nominados.

Un monólogo en un punto de equilibrio muy medido para una noche donde, tal vez, han pensado que el humor no tocaba ser tan corrosivo como otras veces.  Kimmel ha sido un presentador sigiloso, que ha alcanzado su cometido de convertir en un programa de TV una sucesión de diferentes premios. Porque, sobre todo, los Oscars no olvidan que son una ceremonia de premios. Y cada elemento -realización, escenografía, presentaciones -del presentador y de entregadores-, música climática de fondo y brillante iluminación del auditorio- está sincronizado para impulsar el glamour de la emoción de descubrir qué nombre se lleva a casa al Tío Oscar.  La emoción, lo más importante en televisión. Pero la curva de la emoción también flojea ante cuatro horas de emisión.

El punto de inflexión que irrumpe cuando la gala flaquea

Así que, a mitad de gala, cuando la cosa empieza a decaer, la ceremonia coloca un buen golpe de efecto que, además, intenta ser viral y generar conversación en redes sociales. Este año, Kimmel ha ido a sorprender, en directo, a los espectadores que estaban viendo una película en un cine  vecino. Y allí se llevó a Guillermo del Toro, Gal Gadot, Margot Robbie o Lupita Nyong'o. Como Isabel Gemio en Sorpresa, sorpresa se paró la proyección y las celebrities entraron en la sala con gominolas -y perritos calientes- para asombrar al alborotado personal.

Oscars 2018, sorpresa, cine
Sorpresa en el cine frente a los Oscars. No salió en la pantalla la Gemio, pero casi.

Es el embate para romper el ritmo de la ceremonia y despertar, de nuevo, el interés de la expectación de la audiencia. Aunque, en estos menesteres, nadie ha igualado aún la astucia de los Oscars de Ellen DeGeneres y su equipo de guionistas. Cada año se quiere repetir el resultado de su magistral 'selfie', pero 'selfie' sólo hubo uno. 

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