Domingo, 18.08.2019 - 01:22 h

¿Ningún político ve el hartazgo que tiene la gente normal?

En la última etapa de Rajoy, con esos largos silencios y el dejar que las cosas pasen que nos llevó a estar un año sin gobierno hasta que la sentencia de la Gurtel noqueó al PP y dio paso a la moción de censura de Sánchez, una de las grandes quejas sociales que se podían palpar en la calle era aquello de ¿qué pasa con la gente, la gente normal, la que va a su trabajo cada día? ¿Qué hacen los políticos que gobiernan si no gobiernan? Aunque la sentencia fue el golpe de efecto final, el hartazgo social por la falta de gobierno y un presidente que hablaba desde una pantalla de plasma tuvieron también su gran parte de culpa en la caída de del PP y, con él, el desmoronamiento de un partido que ha acabado teniendo los peores resultados de su historia.

Pues bien, esas preguntas han vuelto a ponerse encima del tapete social y vuelven a oradar el ánimo de los ciudadanos, que después del tremendo esfuerzo de votar cuatro veces en 28 días, ven que los políticos de este país no son capaces de llegar a nada, dejan abiertas las puertas a su mediocridad cada vez que hablan y carecen de la amplitud de miras necesaria para poner lo importante por delante, que son las personas, la gente normal y su día a día, y dejarse lo del reparto de poder, en el gobierno o en la oposición, para más adelante.

La palabra que más veces sale de la boca de cualquier ciudadano en España en estos momentos cuando se pone a hablar de política es hartazgo, una sensación de rabia y desesperación contenidas por ver como quien dice haber ganado las elecciones prefiere que se repitan, para tener más escaños, y los que dicen ser los líderes de la oposición (los dos), prefieren insultarse a entenderse, espoleados por un partido minoritario y sin escrúpulos políticos, como Vox, que está provocando los episodios mas vergonzantes de la corta historia autonómica de este país en Madrid y en Murcia. El ansia de poder de unos y la falta de inteligencia y humildad de otros para reconocer su propio fracaso, vuelve a colocar la situación en la casilla de salida, la de la última etapa de Rajoy y la sensación de desamparo social que había en la gente porque nadie hacía nada para avanzar y progresar. Entonces era por tener el agua al cuello con la corrupción; ahora es por pura codicia política.

No me cabe la menor duda de que la estrategia del equipo de Sánchez de estirar la cuerda hasta el límite y dejar para el último momento un pacto con Unidas Podemos que le permita la investidura es de una gran astucia. Sobre todo porque cuando más se tarde en tener las cosas claras en la izquierda, más se pegan y se destruyen entre ellos mismos los de la derecha, PP, Cs y Vox. Pero van a pasar casi tres meses entre las elecciones y la maldita investidura, y ese chicle que Moncloa estira, con la mera posibilidad de que se repitan las elecciones, es el que demuestra que, de nuevo, no se tiene en cuenta a la gente normal (insisto), la que lucha cada día por salir adelante. Cada vez que a Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias o cualquier otro con opciones de gobernar o cooperar en ello, ya sea a nivel nacional o autonómico, se les llena la boca echándose las culpas uno a otro del caos político que reina en España, con el ‘inri’ de que todos se acusan mutuamente de no tener en cuenta las necesidades de los ciudadanos, dan ganas de echarlos a todos al paro y ponerles a sueldo en una fábrica de mano de obra intensiva, para que no tengan que pensar más.

La celebración de unas nuevas elecciones generales, o de otras autonómicas en Murcia o en Madrid, sería un fracaso político de dimensiones bíblicas. Tal vez el mayor de nuestra democracia. Seguro que PSOE y PP mejorarían sus escaños (no hace falta Tezanos para saberlo) y que Cs, Podemos y Vox perderían peso. Pero eso no sería lo más preocupante. Y seguro que nadie iba a tener los peores resultados de su historia otra vez. Lo grave sería el tremendo nivel de abstención que se iba a generar, porque la gente normal está harta ya de que los políticos no se entiendan, de que no sean capaces de ver más allá de su pura estrategia y poder, de que amenacen con más elecciones y se laven las manos como Pilatos, en lugar de dedicarse a solucionar (bien o mal, que más da) los problemas de la gente, la gente normal (insisto).

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