Miércoles, 18.09.2019 - 08:14 h
Capital sin Reservas

La crisis bancaria y los 'manuales de resistencia’ que inquietan al BCE

La repentina disolución de Las Cortes ha dejado en agua de borrajas los principales programas en materia financiera que Pedro Sánchez ha estado promoviendo en su embarazosa precampaña electoral al frente del Gobierno. Salvo que la ministra Calviño meta el acelerador en estos minutos de la basura legislativa, al final del tortuoso camino emprendido hace nueve meses se habrán quedado en el alero proyectos tan emblemáticos como la Autoridad Macroprudencial para prevenir futuras crisis, el pretendido Defensor del cliente bancario o el célebre ascenso a esas montañas gemelas del llamado ‘Twin Peaks’, orientado a separar el control de solvencia de la supervisión de unas conductas que, como se ha demostrado, amenazan con inspirar la peor leyenda negra del mercado financiero en nuestro país.

Ni siquiera ha dado tiempo a que el Congreso alumbre definitivamente el dictamen de la comisión de investigación que desde mediados de 2017 ha interrogado a casi un centenar de comparecientes en una especie de juicio final para depurar las culpas, entre todos las mataron y ella solas se murieron, de las extintas cajas de ahorros. Las señorías comisionadas, bajo la presidencia de la diputada de Coalición Canaria, Ana Oramas, terminaron sus deliberaciones el 29 de noviembre poniendo a caer de un burro al Banco de España como objetivo neurálgico de todos los males. Pero a día de hoy, el Pleno de la Cámara Baja todavía no ha dado luz verde a un dictamen que, en el mejor de los casos, quedará convertido en un incunable más de la duodécima y fallida legislatura.

Los políticos se han sacudido el polvo de las sandalias y han decidido luego echar tierra sobre los males del sistema financiero en una práctica similar a la que está empleando el BBVA para pasar página al luctuoso escándalo de las escuchas de Villarejo. La estrategia del olvido exige montar el número con exquisito esmero procedimental para tirar después por la tangente con una larga cambiada que traslade la carga de la prueba sobre el eslabón más débil de la cadena de responsabilidades o, si fuera menester, invoque la socorrida prescripción aprovechando que el tiempo lo cura todo. Lo de Rato y compañía es harina de otro costal porque, aparte de hacer leña del árbol caído, alguien tenía que pagar los 60.000 millones largos del rescate financiero, incluyendo los 24.000 de Bankia.

España; tanto los últimos dos gobiernos del PP y del PSOE como el propio sector bancario, no ha aprobado todavía ni de lejos las asignaturas pendientes de la gran crisis que asoló el mercado de crédito a finales de la pasada década, lo que está provocando el recelo de las autoridades de Fráncfort. El Banco Central Europeo (BCE), no hay peor cuña que la de una misma madera y ahí está Luis de Guindos para demostrarlo, observa con especial preocupación los últimos desvaríos de un sector al que de un tiempo a esta parte parecen haberle crecido los enanos y cuyas grandes marcas no terminan de superar el déficit de reputación y confianza inmanente al más elemental negocio bancario.

El traspié de Ana Botín con el fichaje abortado de Andrea Orcel ha generado la decepción de los reguladores europeos que ahora están esperando con cierta ansiedad algún tipo de rectificación, en forma de compensación económica, como alternativa para evitar un pleito en los tribunales. El Banco Santander tendrá que rascarse el bolsillo y lo malo no será el coste del fiasco, sino tener que reconocer ante la comunidad internacional la bisoñez de la primera corporación financiera del país a la hora de gestionar su organización interna y su gobierno corporativo. Peor lo tiene Carlos Torres, obligado por imperativo legal a perseguir las sombras del pasado sin importunar más de la cuenta a Francisco González, el hombre que le dio el ser y el estar en la presidencia del BBVA y que todavía maneja los hilos desde su honoraria atalaya en el banco.

Nuevos conflictos de agencia en las viejas cajas de ahorros

El tercero de los episodios nacionales está todavía por descubrir al gran público pero empieza a generar tensiones en el seno del BCE por cuanto afecta a la espina dorsal de la nueva regulación que se trata de imponer desde Europa. La separación de poderes en el seno de las viejas cajas de ahorros ha sido ‘casus belli’ para los supervisores de Fráncfort. De ahí la obligación de las flamantes fundaciones bancarias de reducir su posición accionarial por debajo del 50% en el capital de las entidades que se han ido creando a partir de las fusiones de las antiguas entidades confederadas. Esa es la razón por la que Ibercaja tiene que salir a bolsa antes de finales de 2020 y la que ha inducido a las fundaciones de Liberbank a buscar un caballero blanco en Abanca para tratar de evitar la  fusión con Unicaja.

Más allá de estos dos procesos en ciernes lo que está empezando a inquietar ahora en Fráncfort es el tira y afloja que mantienen los altos mandos de la Fundación Bancaria La Caixa, entiéndase Isidro Fainé, con el equipo directivo de CaixaBank que teóricamente lidera Gonzalo Gortázar. El consejero delegado y primer ejecutivo del banco se ha creído lo que dice su tarjeta de visita y eso es algo que no termina de entender el principal accionista de referencia y se supone que dueño de la entidad financiera. El BCE teme que los afanes de poder den lugar a uno de esos típicos y desagradables conflictos de agencia, pudiendo trastocar la hoja de ruta de la única heredera de caja de ahorros que realmente se ha salvado de la quema en España.

Fainé no está dispuesto a ceder la cuchara fácilmente como han venido haciendo otros de sus coetáneos del Ibex y ese es un problema serio cuando se trata de promover un cambio generacional en todo un sector de actividad estratégico. El gran 'mandarín' de la torre negra ha salido 'triomfant' en el juego de tronos de La Caixa desde el mismo día en que consiguió descabalgar del cargo a Josep Vilarasau. Desde entonces nadie se ha atrevido a toserle y los que han tenido la tentación de hacerlo han sido oportunamente licenciados de sus puestos como le ocurrió a Juan María Nin o incluso antes al propio Antonio Brufau. Ahora los tiempos han cambiado y las fuerzas, físicas y políticas, no son las mismas pero el que tuvo retuvo y guardó para la posteridad. Por eso está inquieto el BCE. Por eso FG sigue siendo todavía presidente de honor del BBVA.

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