Domingo, 18.11.2018 - 07:50 h
Telediaria

Así es la caravana de Paquita Salas: mucho más que un casting para el impulso de Netflix en España

Viernes. 12.30 del mediodía. Una larga cola crece en la madrileña Ciudad Universitaria. El Sol aprieta. 30 grados. Sin sombra. Pero da igual, no importa, los asistentes están esperando con la ilusión de poder ser descubiertos como artistas. De hecho, de eso va la audición: de hacerse un agradecimiento de un Goya. Sentirse Isabel Coixet, Belén Rueda, Alfredo Landa o Concha Velasco. O, mejor aún, sentirse uno mismo.

Algunos, en la cola, mueven los labios, como repitiendo un texto en bucle. Otros no pueden dejar de tambalear sus piernas, como si estuvieran esperando su turno para entrar en un WC cualquiera. Todos mirando hacia una caravana de una plateada chapa sobre la que rebota la luz.

Dentro, se está realizando la audición. Aunque, en realidad, a los aspirantes en el interior se les quitarán muchos nervios, pues no está Noemí Galera. Ni nadie. Los candidatos están solos frente a una pantalla que, como si fuera un fotomatón, graba la prueba tras unas instrucciones virtuales de Javi Calvo y Javier Ambrossí, que buscan a un actor 360 para una aparición estelar en Paquita Salas.

De ahí el fervor, de ahí la larga cola, la multitud ha acudido a Ciudad Universitaria para tener una oportunidad con la representante más popular de la ficción española, Doña Paquita Salas, que ha fichado por Netflix. Y, por allí, a las puertas de su caravana están Los Javis, que atienden a la prensa con su habitual espontaneidad. Son los creadores de una producción que habla de ellos mismos, pero también de toda esa gente que espera a la cola. Por eso ha triunfado Paquita entre un público que se ha identificado poderosamente con sus andanzas, ya que su vida es una radiografía emocional de la imperfección de lo cotidiano, con sus micro-avaricias, con sus macro-emociones. Con sus ilusiones que parecen irrompibles pero que, a la vez, llevan el cartel de “muy frágil”.

Aspiraciones, que se rompen, que se recomponen, y que sentirán esos aspirantes que pisan una caravana que ha viajado por Barcelona, Sevilla y, por último, Madrid. Una caravana con la función de encontrar una única estrella auténtica, que descoloque la intuición de Los Javis. Pero también una caravana que sirve para calentar motores de cara a la segunda temporada de la serie que llega el próximo 29 de junio a Netflix.

Pero, de momento, Paquita ha salido a la calle con esta roulotte de en el que pone su nombre bien grande, haciendo a los espectadores partícipes de la producción. Aunque, al final, cojan a otro. En eso consiste la vida, en elegir. Y en Netflix lo saben. Y, por eso mismo, han escogido a Paquita Salas. Un personaje -literalmente- 360, pues su contenido crece más allá de la serie. Incluso tiene capacidad para impulsar la personalidad de la identidad empresarial de Netflix en nuestro país.

Los responsables de Netflix son expertos en crear vínculos con su espectador potencial que, como consecuencia, siente a esta compañía como una aliada que habla su mismo lenguaje, especialmente a través de las redes sociales. En este cometido, Paquita Salas, con su habilidad para representar a la España perdida, esa España que intenta avanzar hacia algún lugar -sabiendo muy bien lo que no quiere ser- , está siendo un personaje perfecto para fomentar aún más esa imagen de cercanía que desprende Netflix con sus usuarios.

Las promociones previas de Paquita valen un potosí para amplificar en el público español el sentimiento de complicidad con el sello Netflix. Hemos visto a Paquita con Amaia y Alfred antes de salir a escena en Eurovisión, intentando fichar a los protagonistas de Stranger Things, liándola en la sede de Netflix... Paquita como si fuera una versión remozada de aquella ingenua Lina Morgan que llegaba del pueblo a la capital. Porque Paquita representa esa televisión que aprende del folclore del espectáculo de varietés español de siempre, ese folclore que es tan actual porque -en este momento de tantos complejos- nunca tuvo complejos a la hora de remangarse para superarse.  De hecho, todas estas píldoras previas de Paquita Salas hacen que nos riamos de nosotros mismos, de nuestra idiosincrasia e incluso del propio Netflix.

Así, sembrando lazos con corrosivas acciones que generan identificación autóctona, Netflix se hace querible y huye del cliché de fría plataforma de pago a la caza de abonados. Porque las audiencias tradicionales están sobrevaloradas, la gran rentabilidad se asienta en el poder de la marca. Esa marca de la que mola fardar que eres socio, porque te distingue del resto, porque te hace sentir en el epicentro de lo que es tendencia por encima de su catálogo de mejores o peores series.

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