Viernes, 06.12.2019 - 04:37 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Diferencias entre un gurú y un estratega político

Las elecciones del pasado domingo nos han puesto un interesante y debatido tema sobre la mesa, como es el papel que juegan los denominados gurús políticos en la toma de decisiones del gobernante o aspirante a ello y la contraposición técnica con respecto al estratega en una campaña electoral.

Desde luego que son perfiles totalmente diferentes. Un gurú es aquella persona a quien se considera maestro o guía espiritual, o a quien se le reconoce autoridad intelectual, mientras que un estratega es una persona versada en la ciencia que le da nombre, la estrategia, el arte de dirigir las operaciones militares y, por lo tanto, vencer.

Aplicado al mundo de la política, el estratega gana elecciones. Es su objetivo máximo y para ello utilizará todos los medios a su alcance. No se engañen. La política tiene como fin último llegar al poder y conservarlo una vez en él. Da igual el medio. Tan político es un programa económico revolucionario como uno conservador. Son los electores los que deciden cual triunfará y, por lo tanto, qué partido o candidato alcanzará el poder supremo. Si es mejor o peor, más o menos beneficioso para el bien común, lo dictará la historia y con total seguridad las siguientes elecciones.

El estratega político está en la cúspide de la organización. Es el responsable directo de sus acciones puesto que decide directamente sobre el todo. A menudo coincide con la figura del líder, del candidato, de aquel llamado a ejercer el poder una vez que lo obtenga y, consecuentemente, conlleva una gran parte de responsabilidad en el éxito o en el fracaso.

Por su parte, el gurú político opera únicamente en lo táctico. Representa más el olfato político durante la campaña electoral que la sistematización de la misma. Piensa hacia dónde pueden ir los movimientos previos a la celebración de las elecciones y diseña acciones para captar el voto instantáneo. Su lugar se sitúa en el círculo del líder, pero no es responsable como el primero. Solo conoce el éxito político, puesto que la supervivencia es su medio natural. El fracaso suele cobrar su factura en el otro, en su representado o jefe. Nunca en él, ya que está fuera del alcance mediático e incluso público.

En las elecciones del pasado domingo hemos tenido proliferación de gurús y escasez de estrategas en prácticamente todos los partidos. Dicho de otra manera, los memes han superado a los argumentos y es una pauta que se está repitiendo cada vez más en las contiendas electorales. Es el premio a la anécdota frente a la categoría y así nos va.

Esto se ha visto en elementos tan esenciales en política como la elección del adversario. Conocerlo y anticiparse a sus acciones es vital en campaña. Un buen adversario nos procurará una victoria segura. La mala elección derivará en consecuencias de impredecibles efectos, tanto para el político como para la política.

Muchos consideran a Sun Tzu como el paradigma de estratega. El general y filósofo chino ya señaló que era un error presionar a un enemigo desesperado. Como cualquier otro animal acorralado seguirá luchando, pues esa es la ley de la naturaleza. Esto mismo ha ocurrido en nuestro país con Albert Rivera. Los ataques continuos, en muchos casos personales y de una bajeza moral absoluta, han supuesto su fin político, pero las secuelas de este asesinato político se han desviado a prácticamente todos los partidos.

Albert Rivera Ciudadanos
Albert Rivera analiza los resultados de las generales. / EFE

La pérdida de los dos millones de votos que en abril se destinaron a la formación naranja solo tienen su explicación en la desnaturalización de sus seguidores alentada por sus adversarios. Unos han optado por votar directamente aquello que prometía Cs en las elecciones, que no era otra cosa que apoyar al Partido Popular. ¿Para qué vamos a votar a un intermediario cuando podemos elegir directamente al líder? Esta es la pregunta que parecen haberse hecho una buena parte de sus partidarios.

El resto probablemente hayan optado por la abstención, sumándose a los diez millones de españoles que optaron por no elegir entre algo y la nada. Esta reflexión es aplicable a otros ámbitos, puesto que muchos votantes del Partido Popular podrían preguntarse lo mismo con respecto a Vox si no existe cuanto antes una diferenciación clara y nítida entre ambos partidos.

El estratega, en caso de que lo hubiera, habría visto la relación directa de la desaparición del mapa de un contrincante. ¿Qué ocurre cuando acorralamos al macho alfa? Su puesto es ocupado inmediatamente por otro animal político, al igual que ocurre cuando un león desaparece de la sabana. Su lugar lo ocupa el siguiente en el orden de jerarquía. Muerto Ciudadanos, Vox aparece como sustituto aritmético casi exacto, si bien sus dientes son mucho más afilados que los del sustituido. Y todo en apenas unos meses.

Y es que, como escribió el ajedrecista Savielly Tartakower, la táctica consiste en saber qué hacer cuando hay algo que hacer, así podremos juzgar al gurú en función de la ejecución más o menos exitosa de su labor. Tiene que saber qué hacer y hacerlo de una manera triunfante para su superior, para quien a fin de cuentas trabaja y le paga.

Añadía Tartakowe que por el contrario la misión de la estrategia es saber qué hacer cuando no hay nada que hacer. Este es el campo de juego del estratega. No debe perder la orientación y tiene que dominar el escenario, al margen de fuegos de artificio tácticos que solo ayudan a distraer la atención del objetivo primario: ganar unas elecciones.

La estrategia política, o la falta de ella, explica muchas cosas. Desde el aislacionismo en los reductos de poder a la desconexión entre política y sociedad. El tiempo es otro de los factores diferenciadores entre ambas figuras. El estratega comienza a ganar las elecciones hoy con la vista puesta en cuatro años, mientras que el gurú esperará para ejercer su labor apenas unas semanas antes de la fecha elegida. Luces largas frente a cortoplacismo político. Sin las primeras, poco o nada podrán hacer las segundas.

El gurú debe servir al estratega. Sólo de la perfecta conjunción de sus artes se obtendrá el éxito electoral. Es la confluencia entre el todo y las partes. De no existir esa comunión el fracaso asomará por las urnas, extendiendo sus efectos a un país que lleva más de cuatro años en situación de interinidad continua.

Desgraciadamente, la estrategia se parece mucho a Dios. Únicamente es válida para quienes creen en Él y es que, parafraseando al maravilloso Cesare Pavese, sabemos utilizar la estrategia amorosa sólo cuando no estamos enamorados. Pues bien, sabemos utilizar la estrategia política sólo cuando no estamos en política.

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