Domingo, 15.09.2019 - 13:04 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

¿Necesita Europa que a Reino Unido le vaya mal?

Es complicado defender este argumento, pero realmente la Unión Europea necesita mostrar que a un país no puede salirle gratis una retirada unilateral del mayor espacio comercial del mundo. Una entidad supranacional que había nacido para sumar poder frente a la globalización económica bajo la premisa “la unión hace la fuerza”.

Durante varios años hemos escuchado e incluso asimilado todos los perniciosos efectos que ocasionará en el Reino Unido la salida de Europa. Desabastecimiento de productos básicos, pérdida de varios puntos sobre el PIB del país, desempleo, fuga de empresas… Todo un elenco de plagas que caerán de manera inmediata sobre el tormentoso futuro de las Islas.

No está mal que así sea. En cierto modo, para el bien y la pervivencia de Europa, es necesaria una salida dolorosa. De otra manera, el precedente podría suponer que otros países vieran que el ejemplo británico no tendría consecuencia alguna para su economía. Hungría, Bulgaria o Italia - país fundador de la UE - cuestionan el inmovilismo bruselense en materias tan importantes como la economía, la inmigración o la política exterior. Es el principio del germen del antieuropeismo, que caló en la Inglaterra de Gordon Brown y posteriormente en la de David Cameron.

La amenaza de abandono unilateral de otros países está ahí. Este hecho, unido al auge de los populismos euroescépticos que empiezan a ser dominantes en el continente, hace que el infierno prometido a los países que osen ir en contra de la Unión sea necesario.

En realidad, el argumento comunitario de las siete plagas necesita un divorcio caótico y dañino para el Reino Unido, para evitar que cunda el ejemplo entre el resto de socios.

En este contexto, Boris Johnson, el nuevo primer ministro de Reino Unido e Irlanda del Norte, ha entrado con pies ligeros en el 10 de Downing Street. Su mandato es claro y hasta cierto punto fácil. Lograr lo que su predecesora no consiguió: sacar a UK de la UE. La diferencia con respecto a Theresa May es que Johnson puede hacerlo al precio que sea. Es más: se espera que así sea.

Para ello se ha rodeado de las mismas personas que metieron en este gran berenjenal a su país y por extensión a toda Europa. Destaca la figura de Dominic Cummings. Basta revisar el docudrama “Brexit, the uncivil war” para darse cuenta de la mente lúcida y a la vez maquiavélica de este asesor político.

Cummings representa la realidad de una profesión en la que el asesor muchas veces supera intelectualmente al asesorado. En cierta manera el político es él, aunque la cara la den otros como el ahora premier británico. Elegir el momento exacto para la toma de decisiones ha sido, hasta este momento, la principal virtud del artífice de la victoria del Brexit en Inglaterra.

Con el tándem Cummings-Johnson en la capital del Támesis, el panorama de un Brexit duro, o si lo quieren denominar de otra manera, una salida no negociada de Gran Bretaña del espacio UE, toma cada vez más fuerza.

Es más, sobre la mesa puede ponerse incluso la cuestión de que una decisión así pueda ser positiva para un país. No seamos ciegos. Al margen de los impactos mediáticos, el hecho de que la libra caiga en los mercados no es más que una preparación para que el Reino Unido pueda operar mas eficientemente en el mercado de las exportaciones, especialmente en las de servicios donde destaca por su calidad.

Independientemente de sus efectos sobre los salarios o el poder adquisitivo de la nación, lo cierto es que en el fondo no supone más que una pequeña devaluación de la moneda, que hará más barato hacer negocios desde el extranjero con el país isleño. Aun con un efecto pequeño sobre su PIB, mejorará potencialmente su balanza comercial. Lo que puede parecer una mala noticia se convertirá en una ventaja competitiva en el ya de por sí exigente mundo de los intercambios comerciales.

Es precisamente en el ámbito del comercio exterior en el que el Reino Unido puede salir beneficiado con el Brexit. Se cuentan por años, incluso lustros o decenios, el tiempo que la Unión Europea suele emplear para cerrar acuerdos comerciales con terceros países o bloques económicos multilaterales. Es una consecuencia lógica de la unificación, primero de los intereses de 28 socios, que deben encontrar los puntos comunes intracomunitarios, para después pasar a renegociarlos con terceros.

En algunos casos, esta práctica supone todo un ejercicio de ineficiencia económica a la par que una pérdida de poder de negociación en un ámbito en el que la debilidad suele ser aprovechada por la contraparte para sacar beneficio de la situación.

En términos absolutos, la salida del Reino Unido de la UE implicará la aparición de una nueva potencia en el mercado del comercio exterior, es decir, Europa tendrá que competir con un nuevo actor mundial, salido de sus propias filas, que además estará en una posición privilegiada para alcanzar tratados con otros países.

Gracias a la comunidad internacional anglosajona, Gran Bretaña podrá cerrar acuerdos beneficiosos para su economía y, sobre todo, dejará de estar sometida a la rigidez comunitaria a la hora de cerrar acuerdos comerciales.

Australia, Canadá, Estados Unidos y toda la Commonwealth saben y asumen que el Brexit ofrece una gran oportunidad para firmar acuerdos de libre comercio con Reino Unido. Tampoco nos engañemos. Esto ya está sucediendo y lo hace especialmente en el campo de la defensa, un campo en el que nuestro país compite directamente con la maquinaria industrial británica.

Exposición de las empresas del Ibex 35 al Brexit de Reino Unido.
 

Hace apenas unas semanas, Australia confirmaba la concesión del programa SEA 5000 a BAE Systems, el segundo mayor contratista militar del mundo, la heredera de la fusión entre British Aeroespace y Marconi Electronic Systems.

Estamos hablando de un contrato que supera los 22.000 millones de dólares, uno de los mayores del mundo y que consiste en la construcción de nueve fragatas para la marina australiana. La española Navantia competía en este megaconcurso con claras aspiraciones de victoria, dado su expertise y conocimiento en la construcción de este tipo de buques.

La negociación de un Tratado de Libre Comercio entre Camberra y Londres ha estado presente durante todo el proceso de adjudicación. Evidentemente, las razones políticas siempre han sido importantes a la hora de adjudicar a uno u otro país los contratos de ventas de material de defensa, pero en este caso el Brexit se ha cobrado directamente su primera víctima, y lo ha hecho en detrimento de una empresa española - y a todos los efectos europea - frente al nuevo competidor que surge desde el mar del Norte.

Indudablemente, todos perderemos con la salida de la segunda economía más fuerte de la Unión Europa. La resta, por definición, nunca suma, pero que a Reino Unido le vaya bien, más allá de los efectos lógicos de una retirada abrupta, no es una buena noticia para el proyecto europeo. Un objetivo que no puede permitirse más deserciones si quiere seguir siendo una realidad y no convertirse en una utopía. 

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