En el sur de Andalucía

Jerez, una ciudad para conocer el duende de sus bodegas, tabancos y el flamenco

Es una ciudad con duende en cuyos tabares se combina la alegría de disfrutar de uno de los mejores vinos del mundo con el quejío del flamenco.

Jerez
La Catedral, levantada sobre una antigua mezquita, mantiene la torre del campanario de la primitiva iglesia del Salvador. / Pixabay

Jerez es una ciudad con mucha solera, de bodegas horadas donde se esconden toneles y botas que reposan en silencio para dar el mejor vino del mundo. Es tierra de penas y alegrías; de penas que se cantan con el ‘quejío’ que forma el alma del flamenco, esencia de la cultura de esta ciudad; y la alegría que desencadena el beber y disfrutar sus vinos únicos. Jerez es tierra histórica que guarda lugares y rincones especiales y edificios con una monumentalidad expresiva singular. Es tierra que ha dominado el rugido de los motores de las motos que corren en su circuito y que contrastan con el silencio rítmico y artístico del baile de sus caballos.

Jerez es espiritual, profunda y con el duende que ha logrado que una ciudad de pequeñas dimensiones, trascienda su territorio limitado, para hacer de ella una lugar universal que ha adoptado el mundo como sinónimo de buen vino. Su bodega más representativa es la de González Byass, a cuyo interior accede paseando la calle Ciegos, una de las más bonitas del mundo, estrecha y blanca y de suelo empedrado y cubierta de parras. Impresionante La Concha Real erróneamente atribuida a Eiffel por su techumbre de hierro, que simula el albero de una plaza de toros. Además, se guardan las botas de los 12 apóstoles y el tonel de Cristo.

La monumentalidad de la iglesia de San Miguel compite en belleza con la propia catedral a quien le roba cierto protagonismo y de donde cada Semana Santa parte una de las procesiones más seguidas, la del Cristo de la Salud. La Catedral, levantada sobre una antigua mezquita, mantiene la torre del campanario de la primitiva iglesia del Salvador en una estructura independiente al estilo de los campaniles italianos del Renacimiento. El Alcázar y la Alameda Vieja, resumen el pasado de una ciudad, la Plaza de la Asunción muestra el antiguo poder de Jerez, una ciudad que vierte toda su vida en los aledaños de la Plaza del Arenal.

En Jerez se hacen populares los Tabancos, establecimientos únicos en el mundo. Una versión de una taberna a los que acudían a beber los trabajadores que elaboraban el vino y donde hoy en día, además de los olorosos y generosos se escucha buen flamenco en directo. En Tabanco Plateros se aúna el buen vino de la tierra con la cultura y buenas exposiciones de fotografía. En el Tabanco El Paso, se sirven olorosos en vasos que llaman montañeses, acompañados de fiambre de chicharrón en finas lonchas sobre papel de estraza y cuentas que se apuntan en tiza sobre el mostrador.

Tanto para dormir como para comer, el Hotel Palacio Garvey con su patio interior en el que descansar tomando un vino. Aunque se encuentra escondido en los bajos del hotel, la puesta en escena de su restaurante merece la pena. A La Condesa, atribuimos el mérito de tratar de actualizar tanto el espacio como la carta. Este establecimiento ofrece la cocina más actualizada de la ciudad en la que se atreven con platos y recetas tradicionales que ofrecen en versiones modernas, como el gazpacho, reinventado y el enfoque de sus platos de pescado. Al mediodía un menú por 14€ más que notable.

Jerez puede presumir de haber sabido domesticar el rugido de las motos que en un tiempo corrían libres en la playa y que desde mediados de los ochenta se han reconducido al circuito. Esa atmósfera ha creado una serie de clubes de moteros como el Cherokee, donde se refleja un ambiente en el que sus miembros visten chalecos negros y conducen motos ‘custom’. La aparente dureza de sus miembros contrata con la elegancia silenciosa de los caballos jerezanos y su particular baile y con la fuerza de un lugar que ha sido cuna del flamenco, el cante más espiritual junto con el Gospel.

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