Lunes, 24.09.2018 - 06:15 h
Trabajar menos horas no implica un menor rendimiento

Ha liberado a sus empleados de trabajar los viernes y cree que es mejor para todos

La empresa neozelandesa Perpetual Guardian ha reducido la jornada laboral de sus empleados de 40 a 32 horas. Los resultados han sido magnificos

Andrew Barnes, CEO de Perpetual Guardian / PG
Andrew Barnes, CEO de Perpetual Guardian / PG

La empresa neozelandesa Perpetual Guardian, que gestiona fideicomisos, testamentos y propiedades, ha reducido la jornada laboral de sus trabajadores de 40 a 32 horas, dejando que trabajen solo de lunes a jueves. Y sin tocarles el suelo.

Antes de tomar la decisión, la compañía contacto con dos investigadores para que analizaran la forma en que la nueva medida afectaba al rendimiento de la compañía. Los resultados no han podido ser mejores: el cambio ha aumentado la productividad de los 240 empleados, que aseguran que, además, pueden pasar más tiempos con sus familias, haciendo ejercicio, cocinando y trabajando en sus jardines.

Jarrod Haar, profesor de recursos humanos en la Universidad de Tecnología de Auckland, que ha participado en el experimento, asegura a The New York Times que los empleados experimentaron una mejora del 24 % en el equilibrio entre la vida laboral y familiar, y volvieron a trabajar con más energía después de sus días libres.

Existía el riesgo de que la reducción de las horas de trabajo aumentara la presión sobre el personal para lograr los objetivos y al mismo tiempo condujera a niveles más bajos de producción, ya que el tiempo de trabajo se redujo en una quinta parte. Pero, a medida que la prueba avanzaba, los investigadores vieron que estaba ocurriendo todo lo contrario.

“Los supervisores dijeron que el personal era más creativo, que su asistencia fue mejor, que llegaron a tiempo, y no se fueron temprano ni tomaron descansos largos”, asegura Haar. “Su desempeño laboral real no cambió al trabajar cuatro días en vez de cinco”.

Trabajar menos horas no es producir menos

Las empresas pagan a sus empleados por lo que producen, pero, como atestigua este experimento, la jornada laboral que nos hemos impuesto es tan arbitraria como cualquier otra, y no parece ser la mejor desde el punto de vista del rendimiento.

“Nuestro equipo de liderazgo informó que en general no hubo cambios en los resultados de la compañía antes y durante el ensayo”, explica en The New Zeland Herald Andrew Barnes, el CEO de la empresa. “No percibieron una reducción en el rendimiento laboral y los datos de la encuesta mostraron un aumento marginal en la mayoría de los equipos".

Para hacer el mismo trabajo en menos horas los empleados de Perpetual Guardian hicieron algunos cambios en su día a día: las reuniones, que solían durar hasta dos horas, se acortaron a 20 minutos y todo el mundo se concentró más en su trabajo. Cuando se trabaja un día menos hay menos cháchara de cafetería, pero a cambio tu fin de semana empieza el jueves por la tarde.

Barnes está convencido de que el cambio es positivo y quiere convencer al Consejo de Administración de la compañía para que sea permanente. El ejecutivo cree, además, que una medida como esta ayudaría a promover la perseguida conciliación familiar pues si un nuevo padre o madre puede cumplir con lo que se espera de él en el trabajo en un tiempo reducido no hay ninguna razón para recortarle el suelo.

Barnes cree que, a la hora de contratar, las empresas deben negociar sobre la base de las tareas que deben realizarse y no en torno a las horas que una persona pasa en la oficina, donde puede estar sin hacer nada. “De lo contrario, estás diciendo: 'Soy demasiado vago para descubrir lo que quiero de ti, así que solo te pagaré por aparecer”, apunta el empresario en The New York Times.

¿Llegara la medida a otras compañías?

Perpetual Guardian no es la primera empresa que realiza un experimento de este tipo. En Suecia, un tribunal de la ciudad de Gotemburgo redujo la jornada laboral de los trabajadores a seis horas: los empleados completaron la misma cantidad de trabajo o incluso más. Ahora bien, es más difícil aplicar este tipo de cambios a gran escala. Cuando Francia implantó la semana laboral de 35 horas en 2000 las empresas se quejaron de que la medida llevaba a una reducción de la competitividad y un aumento en los costos de contratación. Poco a poco se fueron realizando excepciones y hoy por hoy no queda nada de lo que fue la medida estrella del Gobierno de Lionel Jospin.

En Nueva Zelanda el experimento ha tenido una gran repercusión y ha sido aplaudido por el Gobierno. El ministro de Trabajo, Iain Lees-Galloway, ha reconocido que sus compatriotas trabajan demasiadas horas y “es genial ver cómo una compañía encuentra una forma de hacer mejor las cosas”.

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