Miércoles, 19.09.2018 - 21:13 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Bienvenido Mr. Salman

La corte de más de 600 personas atravesaba expedita el carril central de la Castellana. Mientras, pequeños transeúntes anónimos enfundados en sus trajes y corbatas preguntaban al unísono quién era el propietario de las decenas de coches y furgonetas negras que eclipsaban las pálidas caras de los agentes de movilidad. 60 años antes, probablemente, sus padres y abuelos habían servido de extras para la célebre película de Berlanga. Hoy les tocaba ser comparsa de un príncipe venido de tierras lejanas.

La promesa para el cambio de Oriente Medio llegó a España. Con apenas 32 años, el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman parece el hombre destinado a marcar los tiempos en el siempre complicado escenario de Oriente Medio, tan convulso como prometedor.

Al estilo de los primeros ministros del mundo occidental, tras pasar un periodo de tiempo centrado en cuestiones internas, bin Salman está dirigiendo toda su actividad diplomática y política al exterior. Egipto, Reino Unido, Estados Unidos, Francia, España son los centros de operaciones del despliegue de su estrategia internacional basada en ofrecer una cara amable de un régimen del que nos vamos a acostumbrar a hablar como una potencia regional y que tendrá mucho que decir en la configuración de la geoestrategia del siglo XXI.

El heredero del rey Abdulaziz ha apostado por un arriesgado plan que tratará de modernizar tanto económica, como política y culturalmente el país de la Casa de Saud, contraponiéndose a su némesis que no es otra que Irán. El resto son – somos – víctimas colaterales. Su visión de una Arabia postpetroleo es acertada y realmente visionaria, pero también está próxima a la obstinación en un país en el que el petróleo llega a estar a apenas unos centímetros de la superficie y esto no es una exageración. El coste de extracción y producción del crudo árabe podrá competir, hasta que se acabe si lo hace alguna vez, con cualquier otra fuente de energía, incluidas, por supuesto, las energías renovables.

El príncipe Mohamed bin Salman junto al primer ministro libanés, Saad Hariri, el rey de Marruecos, Mohamed VI en París.
El príncipe Mohamed bin Salman junto al primer ministro libanés, Saad Hariri, el rey de Marruecos, Mohamed VI en París.

Su política económica no corresponde con el de una monarquía absoluta como la saudí. Lejos de guarecerse en las garras del proteccionismo, su plan Visión 2030 promete reconvertir una política y economía feudal en una sociedad con ciertas libertades controladas. Bin Salman trataría de ofrecer algo que nunca ha sido posible en Oriente Medio: combinar democracia (o algo parecido) y monarquía.

Ahora bien, durante su implantación bin Salman ha olvidado uno de los problemas que tan acertadamente advierten los economistas – una vez que ya ha sucedido – que no es otro que la demografía. Cada año son miles los saudíes de nuevas generaciones educadas en la opulencia que ingresan en un mercado laboral protagonizado por el papel del Estado.

Con una población autóctona de unos 33 millones de habitantes y un PIB de unos 650 billones de dólares, la bajada en el precio de petróleo no ha hecho sino cuestionar el plan del príncipe al tener que dar cabida en el tejido laboral público de su nación a toda esta ingente de masa de obra que, independientemente de su cualificación, reclama unas condiciones económicas que no pongan en peligro la paz social. Arabia Saudí sufre como pocas naciones la inestabilidad de los precios del petróleo, por no decir los problemas que genera a la economía del país un barril que se ha llegado a situar en los 50 dólares hace apenas unos años.

En contraposición a la gerontocracia, que puede convertirse en un mal endémico de nuestras sociedades, su juventud y la de su pueblo le proporciona un halo de ambición y fortaleza que puede convertir un simple estornudo en una pulmonía.

Sin embargo, lo que en Europa podemos entender como una falta de experiencia, en el desierto saudí se entiende como veteranía. Siete de cada 10 saudíes tienen aún menos edad que su príncipe. Este es un dato que condicionará en gran parte la evolución y desarrollo de Arabia Saudí.

En el plano político, bin Salman es consciente del daño que el yihadismo wahabita ha producido en forma de pérdida de reputación internacional a una sociedad cada vez más cansada de su identificación automática con Osama bin Laden. En algunas ocasiones ha llegado a calificar de auténtico cáncer a aquellos que han secuestrado el Islam desde 1979, por lo que su compromiso en la lucha contra el terrorismo parece al menos más claro que en el pasado.

Desde que llegó al poder, cientos de clérigos, imanes y religiosos han procesionado por las cárceles saudíes, en un guiño, quizá más hacia el exterior, de una estrategia de contención hacia la peligrosa deriva que estaba tomando la política de apoyo incondicional a la extensión del wahabismo como única concepción del Islam. Está por ver aún si el poder de bin Salam se extiende también a la financiación exterior de mezquitas y centros de oración de esta corriente. Cuestión de vital importancia para Europa y también para España.

Su plan de modernización social incluye pequeños atisbos de integración del papel de la mujer, acabando con el secular sometimiento de género que azota Arabia. Distinto es el papel de la población inmigrante que, procedente de las zonas más deprimidas del planeta, busca un hueco en una sociedad aun de castas en el que la diferencia entre el esclavismo y la marginación es tan solo una cuestión de matices.

La situación explosiva interna explica su afán desmedido por convertirse, sea como sea, en una potencia militar en la zona. La situación en Yemen ha provocado que la guerra se haya instalado en Riad. Aunque silenciados, cada día la capital saudí sufre los efectos de los misiles Burkan lanzados desde Yemen por milicias pro iraníes.

Los hutíes, apoyados por Teherán, están suponiendo la china en el zapato de la monarquía árabe que, de momento, tiene como “logro” fundamental que el reino sea el destino de los proyectiles de sus vecinos, algo que no sucedía desde la primera guerra del golfo con el lanzamiento de misiles scud por parte del régimen de Sadam Hussein. Los protagonistas del miedo vuelven a ser los mismos de la década de los 90. Scuds Vs. Patriots y no es, precisamente, un partido de fútbol americano.

Quizá este factor explique la ansiada compra de las cinco corbetas del tipo Avante 2200 prometida por los árabes a España desde hace, que no se nos olvide, dos años por un valor cercano a los 2.000 millones de euros y que servirán para que los astilleros de Ferrol y Cádiz garanticen una importante carga de trabajo durante el próximo lustro.

Unos buques que pueden servir para decantar la balanza en el control y bloqueo de la costa oriental de Yemen o incluso, posteriormente, para controlar el siempre estratégico paso del Estrecho de Ormuz, donde su presencia rivalizará directamente con las minas y patrulleras iraníes en futuros intentos de la potencia chií por bloquear o interrumpir el paso de crudo de sus vecinos.

España estará así presente en el convulso panorama árabe al igual que otros países en los que el príncipe saudí ha repartido su maná como Francia, Estados Unidos o Reino Unido, que ha autorizado la venta de 6.500 millones de euros en material militar de difícil justificación, como aviones de combate o misiles a un país en conflicto permanente en la zona. Arabia Saudí es el tercer presupuesto militar más importante del planeta, tan solo por detrás de Estados Unidos y China, lo que demuestra la apuesta de bin Salman por reforzar su papel militar sobre el terreno.

Pero que no se nos olvide. La gira de bin Salman busca también la activación de la economía occidental en Arabia Saudí a través de participaciones en sus atractivas empresas, como puede ser Aramco, que de nuevo vuelve a posponer su salida a Bolsa, o los múltiples proyectos de infraestructuras o energías renovables del mencionado plan Visión 2030.

Pensábamos que Mr. Marshall solo pasaba una vez, pero en esta ocasión la comitiva real nos ha dejado una pequeña muestra del potencial de éxito de una economía planificada y exitosa como parece ser la saudí. Un país tan atractivo como hermético y que está llamado a ejercer de contrapoder en la zona con Irán, con quien nuestro país también goza de una relación privilegiada en el campo energético. No queda espacio para ser comparsa. España debe elegir: tirios o troyanos.

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