Serendipia

Qué difícil trabajar en España en agosto

EFE
Hamacas vacías en la playa de Benidorm debido a la crisis sanitaria.
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El mes de agosto es propicio para los excesos. El calor junto al bajón de la actividad lleva a medio país a sestear o estar en remojo durante el día y, en cambio, aprovechar el fresco de la noche para todo tipo de actividades. Es un mes en el que predomina el hedonismo y este año, a pesar de la pandemia, ha seguido siendo así. Hay pocas dudas de que detrás de una gran mayoría de rebrotes de la Covid-19 han estado las celebraciones en pueblos y ciudades de las ferias agosteñas o las fiestas nocturnas de jóvenes y no tan jóvenes. Pero, como en el mito, nos hemos dejado engañar por los cantos de sirenas que nos pedían disfrutar del verano como siempre y ahora nos ahogaremos. La realidad es que nos teníamos que haber atado al mástil como lo hizo Ulises para no caer en la tentación del hedonismo. Las sirenas del mito griego regalaban los oídos de los marineros que embelesados querían acercarse más y más a las ninfas marinas para finalmente morir ahogados. Por eso el dios heleno pidió ser atado en el palo mayor, para jamás bajar al mar con las sirenas. Pero este verano parece que hasta hemos interpretado mal el ejemplo de la tripulación de Ulises que se puso tapones de cera para sobrevivir. Hemos estado sordos, pero no para la llamada al disfrute sino para escuchar los avisos que nos alertaban del peligro.

Y no han sido pocos. Primero fue el informe de coyuntura con los datos del desplome del PIB en más de un 18%, luego el adelanto de la caída de la recaudación en casi un 20%, el informe de la CEOE tasó en un millón y medio los empleos perdidos por el confinamiento y finalmente la AIREF alertó que más de 22 millones de españoles viven del Estado (3,5 millones de funcionarios, 10 millones de pensionistas, 4 millones de trabajadores en ERTE y cerca de 5 millones de desempleados cobrando subsidios o nuevas ayudas). Pero nosotros, con tapones de cera, no oíamos nada porque lo importante era divertirse en agosto.

Detrás de este comportamiento de los españoles este verano quizás hay algo más que despreocupación, por ello convendría, a la luz de los datos de la AIREF, repasar algunas viejas teorías para entender mejor qué puede estar pasando en nuestro país. La ética del trabajo es la creencia en que el trabajo en sí es un valor moral. Desde el siglo XVIII polímatas como Benjamín Franklin o ya en el XX filósofos como Max Weber defendieron que el trabajo bien hecho es una virtud ya que tiene un beneficio social y una capacidad inherente para fortalecer el carácter. De modo y manera que aquellas sociedades que priorizan el trabajo y lo ponen en el centro de la vida individual y social están llamadas a lograr ambiciosas metas frente a los territorios hedonistas destinados al fracaso más absoluto. Los países con amor por el trabajo tienen ciudadanos (empleados) satisfechos y respetables que alinean sus objetivos individuales con los sociales.

Para el alemán Max Weber esa ética explica el comportamiento exitoso del empresario capitalista en territorios con fuerte implantación del protestantismo. De modo y manera que la actividad emprendedora tradicionalmente ha tenido mayor auge en aquellas áreas geográficas en las que predominaba la ética calvinista debido a que -frente a los católicos- la asunción de riesgos y la búsqueda del enriquecimiento están bien valorados socialmente. Weber lo llamó racionalismo económico que puede resumirse en el deber profesional o si se quiere en el gusto por el trabajo y por el ahorro.

El conocido como padre de la patria en Estados Unidos, Franklin, es citado en la obra de Weber 'La ética protestante y el espíritu del capitalismo' para reafirmar su argumentación. Para el fundador de los Estados Unidos actuales, la tarea de aumentar constantemente el patrimonio es un deber moral, no como un medio para obtener placer y disfrute, sino como un fin en sí mismo. Este hecho para Benjamín Franklin tiene un origen religioso, de hecho, menciona un pasaje de la Biblia para ilustrar sus ideas: "Si ves a un hombre atento en su profesión, ése puede presentarse ante los reyes". Esto explica que una profesión, como una actividad por la cual se obtiene cada vez más dinero, es vista en esta teoría "como la expresión de la entrega total no solo al trabajo, sino también como un deber revelado por Dios y como suma virtud religiosa".

Volviendo al informe de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal qué difícil será, más allá del componente religioso, promover una cultura de la ética del trabajo en nuestro país con tan pocos españoles trabajando. Lo grave no es que en agosto casi nadie haya trabajado, bien sea por las vacaciones o por la crisis del turismo, sino que la tormenta perfecta (que explica magistralmente el economista Ignacio Marco-Gardoqui) está ya aquí. A saber: desempleo masivo, pobreza máxima, envejecimiento poblacional, recaudación mínima y recesión inaudita. Si traducimos esto a números, la realidad hoy en día es que la mitad de los 47 millones de españoles viven de lo público, exactamente el Estado es el empleador/pagador de 22,650 millones de personas, que suponen el 48,90% de la población española. Mientras tanto, la población ocupada -sin contar los funcionarios- apenas son 14 millones, es decir solo una de cada tres personas trabaja en nuestro país o si lo prefieren el 70% o vive del Estado o de su familia, pero no de su trabajo. Difícil no, imposible, promover así una ética del trabajo. Difícil no, imposible lograr, en este mes de agosto de la pandemia, un país emprendedor y decente (en su cuarta acepción de la RAE). Difícil no, imposible jugárnoslo todo a la ficha del plan europeo "Next Generation". Porque el problema seguirá ahí y no es otro que cada vez es más difícil trabajar en nuestro país.

*Iñaki Ortega es director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

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