Jueves, 15.11.2018 - 16:42 h
Informe de la Cátedra BP de Energía y Sostenibilidad

Los hábitos de consumo de energía alejan a España de los países más desarrollados

Los progresos en el modelo español sólo se dan en los factores no controlables: meteorología y precios de las materias primas

Gráfico consumo energía.
Gráfico consumo energía.

España es un país rico; su economía es la cuarta de la zona euro y es uno de los 35 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Sin embargo, los hábitos de consumo de energía no se corresponden con ese estatus. Mientras en los países más desarrollados se consume cada vez menos energía para producir bienes y servicios, en España el consumo energético crece, la cantidad de energía necesaria para producir (intensidad) aumenta y la dependencia del exterior supera la media la media europea y se mantie#ne en torno al 87%.

Según  el informe elaborado por la cátedra BP de Energía Sostenibilidad de la Universidad Pontificia de Comillas, el progreso de sostenibilidad en el modelo energético español sólo se da en los elementos que no son controlables: la meteorología, que hizo de 2016 un buen año hidráulico y permitió quemar menos carbón; la caída de precios de las materias primas y la buena marcha del negocio de refino gracias a las inversiones realizadas en el pasado.

El Observatorio de Energía y Sostenibilidad 2017 elaborado, entre otros, por los profesores Ignacio Pérez Arriaga y Pedro Linares, con datos cerrados de 2016, pinta un panorama preocupante en España. Mientras que el consumo de energía primaria (gas, carbón, petróleo...) per cápita se redujo entre 2015 y 2016 un 0,1% en la OCDE y un 0,4% en la UE-15, en España creció ligeramente (0,15%). También creció la intensidad energética final (que mide el consumo de electricidad, gas, productos refinados etc) en un  1,2%. La conclusión de los expertos es que España se aleja de la tendencia en los países más desarrollados, que separan cada vez más el consumo de energía de la evolución de sus economías (PIB).

Ante tal panorama, sería necesario apostar por una mayor contribución de las energías renovables y, sobre todo, por el ahorro y la eficiencia energética, según los autores del informe. Pero de nuevo hay un problema. Hay tibieza en el desarrollo renovable y el país empeora en el uso eficiente de la energía. En 2016 se quemó menos carbón -24% menos-, pero sólo porque llovió más.

En renovables, apenas si hubo avances. En 2016, detalla el documento "las energías renovables tuvieron un peso del 11,6% en el mix primario y de aproximadamente el 40% sobre la producción de electricidad, siendo ambos porcentajes similares a los de 2015". Está por ver, según Linares, si las subastas adjudicadas en 2016 y 2017 permiten avanzar y cumplir con los objetivos de la UE en reducciones de emisiones para 2020.

La conclusión del Observatorio sobre lo analizado en 2016 es reveladora: en un escenario de largo plazo, explica "parece poco razonable fiar la sostenibilidad del sector energético de las precipitaciones, más aún en el caso español, que se enfrenta a un importante riesgo de bajada de las precipitaciones debido al cambio climático".

Cambiar la tendencia

Para cambiar la tendencia y alcanzar al resto de países desarrollados, los expertos de Comillas proponen que la futura Ley de Cambio Climático y Transición Energética concrete objetivos intermedios de emisiones, renovables y de ahorro en presupuestos; un supervisor independiente al estilo de los aprobados en Francia y Reino Unido; una reforma fiscal que considere un precio para el CO2 y otros contaminantes; estrategias de innovación energética y un diseño "apropiado" de mercados y tarifas.

El Observatorio BP se suma a los múltiples informes publicados  en los últimos meses con propuestas para encarar la transición energética en España. El más comentado -y criticado- ha sido el elaborado por los 14 expertos designados por el Ministerio de Energía que dirige Álvaro Nadal. En esencia, el documento defiende un mix de generación hasta 2030 muy parecido al actual. Mantiene la potencia nuclear y gasista, menos carbón, pagos por capacidad y apenas duplica la potencia renovable existente en 2017.

Además, la estructura renovable que se propone mira a instalaciones a gran escala, eólica y fotovoltaica, y no a la generación distribuida (pequeñas instalaciones descentralizadas), que es lo que proponen las directivas europeas.

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